tribuna abierta

Siria, la guerra inacabada

Por Igor Barrenetxea - Domingo, 22 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

LA máxima de vencer es convencer, es la que siguen, por el momento, las autoridades de Damasco. Lejanos días son los que El Asad estuvo entre la espada y la pared, en los que la rebelión civil se convirtió en una amenaza para su gobierno y sus aliados. Era otro tiempo, en el que Occidente barajaba la idea de apoyar a los rebeldes y los reconocía como la legítima voz del pueblo sirio, pretendiendo, además, juzgar al dictador por sus crímenes. Hoy por hoy, coquetea más bien con la perspectiva de que, revertida la ola de cambio, El Asad es la clave del presente-futuro de una Siria convertida en un mar de escombros. El régimen sirio prosigue con su labor de reconquistar todo el suelo patrio del dominio de los grupos terroristas…

Tras la toma de Alepo, el control de todas las regiones más ricas y pobladas, así como la expulsión del Estado Islámico de Raqqa y de Palmira, se pretende acallar toda disidencia en el sur del país, en la provincia de Deraa. Con el apoyo de la aviación rusa, mientras Moscú celebra su paso a cuartos de final de su mundial (apología máxima del nacionalismo ruso), sus bombas provocan más de 270.000 desplazados. El ejército sirio pretende destruir la resistencia en el sur, en una provincia donde el Ejército Sirio Libre (integrado por 54 grupos diferentes), milicias de Al-Qaeda y otras afines al Estado Islámico, intentan detener un avance que resulta ser imparable. En algunas aldeas, se acuerdan pactos que traen consigo la entrega de las armas a cambio de que no haya represalias. Pero la presión militar ha traído más refugiados a las fronteras de Jordania e Israel, y ya los 1.300.000 sirios que hay en suelo de Amman es un problema para un territorio con escasos medios para ayudarles, salvo por la intercesión de la ayuda internacional.

El gobierno jordano ha solicitado un alto el fuego a Moscú, clave para que El Asad detenga dichas operaciones militares. Sin embargo, el objetivo de tomar Deraa, importante nudo de comunicaciones, ocupada, por una parte, por milicias rebeldes y, por otra, por tropas leales al gobierno, es el horizonte. Tras más de siete años de guerra, de miles de muertos y millones de refugiados y desplazados, el gobierno de Damasco no parece dispuesto a dejar que se le escape la victoria contra sus enemigos mediante acuerdos. Y no tiene que rendir cuentas a nadie, porque sabe que tiene el total respaldo de Moscú y Teherán, lo cual le da una ventaja considerable frente a unas fuerzas rebeldes que, en sus frágiles reductos, han sido abandonadas a su suerte. Apenas reciben ayuda, nadie está interesado en garantizar su supervivencia y prolongar esta lucha encarnizada. El triunfo, por lo tanto, está al alcance de la mano de El Asad, y le brinda la ocasión de aniquilar a los restos armados de la oposición interna.

La política de represalias empleada por Estados Unidos, cuando se han utilizado armas químicas prohibidas, solo ha servido para contemporizar y, al mismo tiempo, para no admitir el fracaso de una diplomacia que no ha podido, en modo alguno, concitar u obligar al consenso y la paz. No ha habido suerte y no se ha podido arrancar a Damasco ni una sola promesa de entendimiento con sus enemigos, mientras seguía avanzando en la recuperación del territorio. El fin del Estado Islámico, la intervención de Turquía en los territorios kurdos, la dejación por parte de Occidente de su apoyo al Ejército Libre Sirio, ante la desconfianza de que ganasen los integristas, y el absoluto y convencido apoyo de los aliados rusos e iraníes hacia El Asad, ha revertido hasta tal punto el colapso del régimen que le ha dado una inesperada victoria sin paliativos. Así que la dictadura se dedica tan solo a restablecer su autoridad sobre toda Siria. Ha sabido jugar bien sus bazas y está viendo que la oposición se está desintegrando, y si meses atrás parecía que las fuerzas gubernamentales, agotadas, serían incapaces de ir más allá de sus posiciones defensivas, ahora, están más cerca de recuperar su amada Siria. La firme convicción de su propósito no parece ser la única explicación tangible de este logro. Hay que considerar que los alauíes y sus aliados son una minoría en el país, y aunque han contado con mejores medios logísticos, también han sufrido muchas bajas. Sabemos de la intervención de las milicias de Hezbolá, de tropas iraníes y rusas, pero posiblemente se haya dado una deserción considerable en el bando rebelde que se ha visto sobrepasado por el arsenal pesado con el que contaba Damasco.

No obstante, ante esta perspectiva, queda saber qué hará la ONU y en qué términos se planteará la paz. ¿Qué sucederá con los varios millones de sirios refugiados en los países vecinos? Su regreso no será sencillo. Las autoridades no permitirán que regresen aquellos elementos capaces de poner en duda la legitimidad de la dictadura y muchos menos de exponer la victoria al arbitrio de la población. Siria ha visto cómo ha consumido sus propias fuerzas sin sacar nada en claro, salvo comprobar como la protesta social vertebrada ante la falta de libertades y el deterioro económico vuelve a su punto de partida. Damasco blandirá con orgullo el haber recuperado el control del país, tal vez, siendo los territorios kurdos los más inaccesibles a este respecto, pero acallando una rebelión que hubiese derribado los pilares de la privilegiada situación de la minoría alauí. En todo caso, ya no se trata de poder ni regocijarse en una falaz victoria sino de reconstruir un vasto territorio sembrado de horrores y devastación. Con un presidente que está siendo investigado por crímenes de guerra contra sus propios ciudadanos, a los que juró defender y proteger, y una sociedad golpeada por una tragedia a la que le costará interiorizar el trauma durante décadas, el balance final es catastrófico. Si encarar la muerte de familiares y vecinos es duro, el estigma para los que lo intentaron y fracasaron será aún mayor, en una dictadura que no estará abierta a la reconciliación, al perdón ni, mucho menos, al olvido…