Fórmula 1

La lluvia bendice a Hamilton

vence con una remontada desde la 14ª posición, lo que nadie había logrado, y recupera el liderato del mundial tras estrellarse vettel

Eduardo Oyarzabal - Lunes, 23 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

bilbao - “Dios es amor”, dice la tinta corporal en el cuello de Lewis Hamilton, hombre de fe. Reconocido como profundamente católico. Tras la aciaga calificación sabatina, que le condenó al Purgatorio para llorar las penas de un fallo mecánico que le arrojó a la decimocuarta plaza, se subió a los hombros de Moisés para atravesar el imposible Mar Rojo. “Siempre hay que creer;he rezado ampliamente antes de la carrera”, decía orgullosamente místico, unidos alma y destino a la divinidad. “Lo he dado todo y ha sucedido. Mis sueños se han hecho realidad. Las condiciones han sido perfectas para lo que necesitaba: ha llovido”, decía con gratitud el inglés, sonreído por los cielos, con la adrenalina bulliciosa aún, vengando con la Ley del Talión en el Gran Premio de Alemania la victoria de Sebastian Vettel en Gran Bretaña gracias a una hazaña para enmarcar en la historia de los milagros del automovilismo: nadie había ganado saliendo desde la decimocuarta pintura de la parrilla de salida.

Las delicadas manos de Hamilton y la serena estrategia de Mercedes ante un arriesgado contexto de aparición de la lluvia pusieron la parte de incidencia directa en el resultado;el abandono por topetazo de Sebastian Vettel mientras pilotaba líder sólido aportó su parte correspondiente e imprescindible para el resultado de Hamilton, que apela a la causa divina, creyente en deidades como es: “Los milagros también pueden pasar;el amor lo conquista todo”. En la ceremonia del circuito de Hockenheim recibió el sacramento de la lluvia. Agua bendita para el bautismo de un récord.

“He tirado la carrera”, lamentaba Vettel, que cocinaba un nutrido bocado para su liderato en el Mundial. Se antojaba abundante banquete, nada frugal, a tenor de la posición de salida de Hamilton. Los 8 puntos de ventaja en el campeonato podían engordar considerablemente, pues antes de salpicar la lluvia, allá por el tercio final de la carrera, Hamilton era quinto y con escasas aspiraciones de mayor festín. Pero tocaba ayuno para Vettel, castigado por pelear con el asfalto mojado. Patinó su Ferrari en la vuelta 52 de las 67 pactadas. Exceso de confianza y pérdida de control. La curva 13 fue un pecado para Vettel, empotrado contra el muro de los lamentos.

Reinaba entonces el caos general, con un asfalto como un espejo que repartió sustos como panes se dan en misa. Raikkonen, a la postre tercero, fue uno de los que pagaron vestir neumáticos lisos con una salida aunque sin consecuencias. Verstappen trató de adelantarse al resto y montó intermedios, pero la pista se secó rápido y regresó para calzar slicks. Cedió así la posibilidad de podio y fue cuarto.

Aprovechando el accidente de Vettel y la aparición del coche de seguridad, el grueso de los pilotos cambiaron gomas por segunda vez. A Hamilton en primera instancia le indicaron que entrara al pit-lane, pero cuando estaba encarrilado en el pasillo de boxes, el equipo rectificó y suplicó que se mantuviera en pista. Hizo un campo a través, como las vacas, por el césped, off-road, y la maniobra comprometió su victoria, fundamentada en esa planificación de una parada para captar el mayor número de puntos.

hamilton, investigado La interpretación del reglamento amenazó a Hamilton. Al término de la carrera, el inglés fue investigado y llamado a declarar por el cuestionable volantazo, pero igualmente crucial para sus posibilidades de triunfo. Finalmente todo se solventó con una reprimenda. También debatible, puesto que pisó la línea que, en situación de salida de boxes, siempre acarrea una sanción. “No hay penalización determinada”, aseguró Charlie Whiting, director de carrera, interpretando la ley aplicada al caso concreto. “Es a juicio de los comisarios. El hecho de que no fuera una acción peligrosa y realizada durante el régimen de safety car es un dato a tener en cuenta”, añadió.

La milimétrica acción dejó a Hamilton en pista con una sola parada y líder provisional. Como no se detuvo la segunda vez que sí adoptó la competencia, y además gozaba del blindaje de su escudero Bottas en segundo lugar, pudo defender el liderato. Sin la segunda visita al garaje, el inglés rebasó a Raikkonen y Bottas, restituidos de goma, mientras que Vettel previamente había quedado anulado y a Verstappen le retrasó la imprecisa elección del momento para el recambio de los neumáticos.

Hamilton atisbaba ante sí el edén. Su paraíso terrenal. Imaginable solo en sueños, porque la imagen que transmitió el sábado, con abandono en la Q1, la encarnó Vettel el domingo, a 40 kilómetros de su hogar, Heppenheim. Hamilton encontró el éxito con la brújula de la fe. “Durante toda la carrera solidifiqué la creencia que el equipo tiene en mí. Y yo hoy creo más en mi equipo”. En las horas previas se entregó al hado;en la carrera confió su devenir al ser humano, su equipo, clave al rectificar las órdenes en milésimas de segundo.

La bendición del agua que proyectó a Vettel contra las protecciones, casada con la victoria, elevaron a Hamilton al cielo de la clasificación del Mundial. Desde allí otea a sus rivales con la perspectiva de los ángeles, que ayer tuvieron necesidades. 17 puntos le elevan sobre Vettel, que, persona prudente, advirtió el sábado: “Tenemos todos los ingredientes para ganar, pero queda la carrera”. Y en esas se obró la causa divina que atestigua Hamilton. Milagro, lo llama.