Historias de... Markel, Salada, Julian y Saray

Gente que es la alegría de la huerta

Ni son hortelanos ni labran la tierra. A algunos les separan hasta ochenta años, pero chavales y mayores se han unido en un huerto urbano que fomenta el intercambio generacional

Por Concha Lago - Jueves, 26 de Julio de 2018 - Actualizado a las 07:25h.

Asus 96 años, Salada García da unas indicaciones precisas a Markel Ferro, de solo 15, sobre los tomates. Ella, que cultivó de todo en su Pontevedra natal, enseña con mimo los secretos de las plantas a Markel que contempla ensimismado cómo han salido los primeros pimientos rojos plantados hace unas semanas. Julián Lombraña está en capilla de los 87 años que cumplirá el 8 de agosto, pero colabora mano a mano con Saray Ighmouracene, de 16 años, que ha hecho sus pinitos con tomates, lechugas y zanahorias. “Yo no he tenido huerta pero mi cuñado tenía una en Anguciana, La Rioja, y allí hemos sembrado de todo. Muy bien abonado, ¿eh? Para que saliera hermoso”, subraya. Personas mayores de la residencia foral IMQ Igurco Bilbozar y jóvenes del Casco Viejo de la Asociación para el Desarrollo Comunitario Umeak Kalean de Bilbao se han unido en este huerto urbano de San Francisco que se dedica al cultivo de flores, plantas aromáticas, hortalizas, hierbas medicinales o frutales para fomentar el intercambio de experiencias y dinamitar barreras generacionales.

Olvidarse del móvil y cambiarlo por el rastrillo. Abandonar el supermercado para plantar las propias semillas y recoger sus frutos sin pasar por caja. Y todo ello con la colaboración de bisabuelos, abuelos y chavales que podrían ser sus nietos o biznietos. De hecho, Markel no tenía ningún conocimiento sobre jardinería o agricultura, pero cree que el contacto con personas más mayores que sus abuelos “es una buena idea”.

Cristina Martín, monitora de Umeak Kalean, aclara que esta actividad de las colonias de verano “es una experiencia lúdica y educativa. Están con los mayores y aprenden. Obtienen una visión del modo de vida tradicional, se refuerza su compromiso con la defensa del medio ambiente, adquieren responsabilidades al tener que ocuparse de los cultivos, pasan tiempo al aire libre y estrechan vínculos con personas de otras generaciones”, refleja.

Mónica Cuevas, educadora de la residencia Bilbozar, resalta los beneficios de la iniciativa para los mayores, con una estimulación psicomotriz y sensorial, a nivel táctil y olfativo. Al mismo tiempo, potencian su sentimiento de utilidad y autorrealización, lo que mejora su autoestima. “Les enseñan que hay que quitar los chupópteros a los tomates, o cómo regar o una vez que salen los calabacines qué platos se pueden preparar”.

“Me crié en un caserío y allí plantaba berzas, repollos, tomates, nabizas para el caldo. A veces los tomates salían de las propias pepitas que echábamos en la huerta y estos chavales se adaptan bien, se arreglan y por lo menos no están todo el día con las maquinitas como mi nieto”, dice Salada. ¡Y qué ricas las cosas recién cogidas, y no como ahora que todo sabe a plástico después de tanta cámara”, expresa Julián. De hecho, algunas de las hortalizas cosechadas son destinadas para uso de la residencia y otras son vendidas a un bar y a una tienda de productos ecológicos.