Denon Artean: solidaridad y subsidiariedad

Por Pako Etxebeste - Jueves, 26 de Julio de 2018 - Actualizado a las 07:25h.

CON motivo de la celebración del Día Internacional de las Cooperativas, tuvo lugar, el pasado día 5, la concesión del primer premio Denon Artean in memoriam a José María Arizmendiarrieta (1915-1976). En el citado acto, el lehendakari Urkullu destacó que la experiencia cooperativa que Arizmendiarrieta impulsó en Mondragón “tiene como centro a la persona que promueve los valores de la solidaridad y la igualdad, apuesta por el trabajo en común y la participación, y demuestra su compromiso con la transformación social de nuestro país”.

Reconocer la aportación positiva de Arizmendiarrieta y sus colaboradores a la transformación social de nuestro país, mediante el premio Denon Artean, además de ser algo bueno en sí, nos da la oportunidad de comprender el valor de la dignidad de la persona y del bien común, desde los principios socioéticos que comprendió y practicó el hombre cooperativo: la solidaridad y la subsidiariedad.

solidaridad En uno de sus estudios sobre la necesaria reforma de la empresa, Arizmendiarrieta propone “aceptar y estimular el principio de la solidaridad, de modo que el derecho y la obligación del hombre de cooperar a la consecución del bien común se haga posible y deseable”. Para el hombre cooperativo, “la empresa cooperativa es un organismo vivo;es una sociedad de personas en una comunidad, cuyo soporte es la solidaridad, y la conciencia de esta solidaridad es la fuente impulsora en la que debemos confiar”.

subsidiariedad Tal concepto, ciertamente menos empleado en el lenguaje y en la práctica social habitual, pero sí asumido y practicado por Arizmendiarrieta, proviene del vocablo latino subsidium. Significó inicialmente algo en reserva, y más específicamente tropas de reserva, preparadas a ayudar a los que se encuentran en dificultades en el frente. El significado central de subsidiariedad es asistir, auxiliar o reforzar. Una autoridad superior o cuerpo social puede asistir a un cuerpo más bajo de dos maneras. La primera es más pasiva en cuanto que la alta autoridad no absorbe o suplanta la iniciativa de un cuerpo inferior en asuntos donde este último debería ejercer su libertad o iniciativa. La segunda es proactiva: la autoridad superior ayuda al cuerpo menor, donde el último no es capaz de alcanzar una tarea esencial por sí solo. La subsidiariedad llama, por tanto, a que la autoridad provea ayuda de una manera que no impulse la dependencia, sino la “libertad y la participación, mediante la toma de responsabilidad”.

Así pues, el principio de la subsidiariedad protege a las personas de los abusos de las instancias sociales superiores e insta a estas últimas a ayudar a los particulares y a los cuerpos intermedios a desarrollar sus objetivos y tareas. Este principio se impone porque toda persona, familia y cuerpo intermedio tiene algo de original que ofrecer a la comunidad. La experiencia constata que la negación de la subsidiariedad, o su limitación en nombre de una pretendida igualdad de todos en la sociedad, entorpece, y a veces anula, el espíritu de libertad, de iniciativa. A la luz del principio de subsidiariedad, contrastan las formas de centralización, de burocratización, de asistencialismo, de presencia injustificada y excesiva del Estado.

Arizmendiarrieta tuvo, ciertamente, una sensibilidad especial para detectar la tentación “absorbente” del Estado, que “ha tomado en nuestra época muchas funciones para sí y tiene un poder financiero tal que es capaz, con sus medidas, de desposeer a clases enteras para beneficio de otras”. De ahí que en sus escritos aparezca una llamada repetida a que los ciudadanos deben unirse y desarrollar sus propias iniciativas, sin esperar que intervenga el Estado. En este sentido, les decía a los empresarios guipuzcoanos: “Es necesario que sigamos avanzando resuelta y espontáneamente, sin esperar siempre a las imposiciones de la autoridad, ya que de lo contrario queda en evidencia nuestra falta de humanidad y consideración hacia nuestros semejantes”. El principio de subsidiariedad es así entendido: no intervenga el Estado donde los ciudadanos por sí mismos se bastan para encontrar soluciones a sus problemas. Pero para que el Estado no tenga que intervenir, es preciso que los ciudadanos desarrollen por su parte las iniciativas necesarias. “Si seguimos esperando a la batuta del Estado para todo vamos a llegar tarde, al menos en el sentido que cada día irán… ahondándose las distancias sociales”.

Creemos que estas palabras de Arizmendiarrieta son proféticas para estos tiempos, dominados por la ideología neoliberal, que hace intervenir al Estado al servicio de los altos poderes económicos. Pero también ante las tentaciones de los poderes públicos de asumir la propiedad o la gestión de actividades para las que existe una iniciativa social capaz de responder a los problemas de forma justa y eficaz.

En un contexto político centralizador, la vida y obra de Arizmendiarrieta se centró en la persona y en su dignidad. Desde tal perspectiva, comprendió y practicó que el principio de subsidiariedad tiene un valor universal: acordar tanta libertad como pueda admitir el bien común, e imponer coerciones solo en la medida en que el bien común las exija.

Denon Artean sigue siendo una llamada a la cooperación empresarial y social, que se nos hace desde la mejor tradición de nuestro pueblo, al servicio de la persona y del bien común, contando con los principios socioéticos de la solidaridad y la subsidiariedad.

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