Críticas de cine

'Mamma Mia: una y otra vez', la fiesta no cesa

Juan Zapater - Viernes, 27 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:01h.

tAN insustancial y relamida y tan altamente peligrosa para diabéticos emocionales como la primera entrega, Mamma mia: Una y otra vez, hace honor al (sub)título castellano que luce. Una y otra vez (re)suenan las mismas canciones. Una y otra vez se desgrana la misma historia. Idénticos son los escenarios;parecidas, o peor aún, descoloridas son las copias con respecto al modelo de partida que ¿solo? se justifica por el éxito de taquilla. Comedia musical de amor, lujo y nostalgia, fue edificada con los materiales de la música de ABBA. Con ese legado se alimenta, con los hits archiconocidos de los reyes de Eurovisión, un cuarteto de melena larga y falda corta que, hace 30 años, nos trajo de la fría Suecia un pop merengado idealizado hasta la adoración en las fiestas desatadas de tacón y plumas.

Le cabe al director y guionista, Ol Parker, haber logrado la cuadratura del círculo. Con el cuento ya contado de tres padres y una hija, cabían dos opciones, imaginar lo que le antecedió o inventar lo que viene después del final de la primera película. Pues bien, Parker, en un magistral juego de manos, no hace ni precuela ni secuela. Esta segunda entrega es a su precedente ambas cosas: prólogo y epílogo. Recrea el origen y escenifica el final (por ahora) de una película que gira en torno a Meryl Streep, ella es la mamma, aunque aquí permanezca ausente durante hora y media.

Lástima de materia melodramática tan hiperromántica, tan ñoña, porque la ingeniería estructural alcanza momentos de alta fantasía. Ol Parker cose pasado y presente;estira el tiempo y lo aplana. Juega con el ayer y lo conjuga con el hoy, incluso hasta se atreve con los fantasmas. Si no fuera tan trivial el ADN de este guion, podríamos enfrentarnos a un filme de arte y ensayo. Aunque quizá por eso mismo, porque es tan radicalmente frívola y epidérmica, logra esas fusiones y maridajes de vocación cubista. El tiempo en el mismo plano se duplica. Hace bueno el tango de Gardel: “veinte años no es nada”.

Mamma mía;Una y otra vez es pasado y futuro, ayer y mañana. Con fantasmas que cantan, con agujeros en el tiempo, con fusiones y confusiones, con sobredosis de kitsch y sofocos barrocos. Con tanto en su haber, nada ofrece Mama Mia: Una y otra vez. Una nada que, sin embargo, regala a su público lo que éste le solicita. Y se lo da con creces. Con generosidad meliflua, sin medias tintas. Durante media película todo amenaza ruina, cansancio, obviedad y déjà vu. Pero en el último cuarto del filme, y hasta los títulos de crédito incluidos, todo se sublima, todo enloquece y todo se dispara.

La opción del guion, ignoro si por imposiciones externas, asume un riesgo extremo. En realidad la idea que atraviesa esta segunda cita asume filmar Mamma mía sin la mamma. Sabemos que era la mamma, o sea Meryl Streep, el factótum que sostenía en pie el filme anterior, entonces ¿a quién se le ocurrió semejante idea? Pensada o no, la estrategia funciona perversamente si el espectador aguanta hora y media de película. Así, cuando en la recta final Meryl Streep aparece, el milagro se sustancia.

Hay más talento en un mohín de Streep que en toda la histérica gesticulación de la comparsa de jóvenes estrellas. Con ella y desde ella se impone ese fenómeno que sintetiza la magia de ABBA. Un palíndromo que hacía música banal como banal es esta película. Otra cosa es que derive en signo del tiempo en el que fue hecha. O sea, hoy. Emblematiza un presente de pies de barro porque, como a ABBA, cuando pasa el tiempo, le sentarán muy mal las arrugas. O sea, pronto despedirá aromas de naftalina.