TOUR 2018

Landa emociona al Tour

Mikel Landa, durante la subida al Aubisque, recibió ánimos de la afición, volcada con el alavés. (AFP)

El de Murgia apuesta por la épica y enloquece el cierre de los Pirineos, donde vence primoz Roglic y se refuerza Thomas, que ya ve París

César Ortuzar - Sábado, 28 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:01h.

BILBAO. Al Tour le faltaba el corazón de Landa, ese latido único capaz de tumbar montañas, para adquirir más altura. Landa se hizo gigante entre el mito del Tourmalet y la leyenda del Aubisque. No ganó el murgiarra, pero venció el Tour, más epidérmico y emotivo por la valentía del alavés, un ciclista único por su manera de entender el ciclismo. Landa nunca se rinde. No existe la bandera blanca para él. Ni después de que la caída camino de Roubaix le doblara el espinazo. Desde entonces, enrollada la espalda en el dolor, gateó por el sufrimiento. En el cierre de los Pirineos, donde venció Primoz Roglic para colarse en el podio y Thomas apuntaló el liderato, Landa puso en pie a la cuneta. Estiró su orgullo y echó a volar la ambición hasta el cielo. Morador de las cumbres, el de Murgia se agarró a la pértiga del arrojo para impulsarse entre el territorio sagrado que pisaba el Tour, atado por Thomas salvo sorpresa. El galés ve París. Aventaja en 2:05 a Dumoulin y en 2:24 a Roglic a la espera de la crono que certifique el cierre del Tour entre Senpere y Ezpeleta. Landa, liberado del dolor, corrió como si no hubiera mañana. Quería volcar la carrera. Día de fiesta. El aquí y el ahora guió su brújula, que siempre apunta a las alturas. Entre las cumbres se siente libre el alavés. “Cuando he arrancado sabía que iba a ser muy difícil. Ha habido momentos en los que he pensado que era posible y en otros que no”, dijo Mikel, el hilo conductor de la mejor etapa del Tour.

Landa es un loco maravilloso que hizo enloquecer al Tour. Por eso le ama la cuneta, harta del ciclismo de ábaco y calculadora que tanta caja hace. Landa no estará en el podio. Da igual. Se la jugó porque quería pisar la Luna. Apostó por él. A ciegas. Todo corazón. Así se adentró en un viaje extraordinario hacia lo imposible, donde reposan los incunables, las mejores historias, esas que trascienden de los resultados para instalarse en el imaginario colectivo. Las leyendas se recuerdan de memoria. No son necesarios los anuarios. Landa quiso ser parte del Tour de los recuerdos, el que deja postales que no caben en el podio porque en realidad son más grandes. Landa honró al Tour con lo mejor de su repertorio frente a los colosos de los Pirineos, que reverenciaron al alavés a su paso. Quiso conmocionar la Grande Boucle. La agitó entre la exaltación de la afición vasca, otra vez de peregrinaje. Un hombre contra el mundo. ¿Por qué no?

Desde el Tourmalet

Apagó la cabeza y solo dejó que sonara el latido de su corazón. Tambores de guerra. Fue llamado al combate por sus adentros, por esa voz que le susurra que no se esté quieto, que hay que vivir para contarlo. Landa entiende el ciclismo desde la emoción y un escalofrío recorrió la carrera cuando en el Tourmalet se lanzó a la aventura con lo puesto. Restaban 100 kilómetros hasta meta. ¡Qué más da! Es un ciclista a la antigua. Corre a dos tintas: blanco o negro. Todo o nada. No necesitaba demasiado equipaje, como aquellos que salen a por tabaco y nunca vuelven. Landa no estaba dispuesto a regresar. Se negó a seguir en el redil del Sky, que manejaba el paso de la carrera con música de vals y coreografía del Bolshoi. Landa es rock&roll. Un trallazo. Un espíritu libre. Un verso suelto con dinamita en las piernas. Así que estalló en el Tourmalet. Compartió cordada con Bardet, Zakarin y Majka, que se apuntaron a una misión suicida. Por delante transitaban los fugados, que contaban con el beneplácito de Thomas. Landa subió a hombros a sus compañeros en el Tourmalet, una cumbre eterna. Thomas respiraba tranquilo entre sus pretorianos. Froome, al que se le alejó el podio, era uno de ellos. Alrededor del galés se reunieron Roglic, Dumoulin, Kruijswijk, Martin, Bernal, Quintana…

En el repaso de la penitenciaría faltaba Landa, que había emprendido una huida maravillosa a través del rastro de muchos campeones que abrillantaron su nombre en el Tourmalet, la montaña icónica del Tour. El alavés caminó sobre esa memoria con paso firme. Ciclista alado. No miró atrás. Landa corre sin retrovisor. Al de Murgia, puro fuego, le crepitaban las piernas. Más leña al fuego. Bajo el sol de aluminio, con la humedad barnizando el esfuerzo, Landa brillaba como el oro. Alcanzó la cumbre con una renta de 2:25 sobre el grupo de líder, que optó por las matemáticas. Nadie se movió en el Tourmalet, el respiradero de Landa. “Buscábamos el triunfo de etapa y el podio, porque la general sabíamos que estaba más complicada”, expuso el alavés.

Landa estaba dispuesto a voltear el Tour con la colaboración excepcional de Andrey Amador, su mejor socio, que se dejó caer del grupo formado por Jungels, Barguil, Alaphilippe, Kangert, Mikel Nieve y Gorka Izagirre. El calor de Landa era templanza en el Sky, que jugó con las rentas. Tamborileó los dedos el equipo británico como si el asunto no fuera con ellos. El asalto de Landa, que tuvo más de tres minutos de ventaja, se deslizó a la barriada de Roglic y Dumoulin, que vieron cómo en el valle, el alavés se colocaba segundo en la general después de que Castroviejo desgañitara sus fuerzas. El sueño de Landa tenía aspecto de pesadilla para los intereses del Lotto NL y el Sunweb. En el Lotto no querían jugársela a la lotería ni que el vasco cantara bingo. Por eso, una vez unido el grupo de Landa y el de Gorka Izagirre, con Amador despidiéndose tras una trabajo brutal, Robert Gesink alzó la voz. Alto y claro. El holandés, que ha renovado tres años más con su equipo, pedaleó a bocados. Así se comió la mitad de la ventaja que disponía el murgiarra, que no se plegaba.

El salto de Roglic

La fatiga, empero, comenzó a colarse en el armazón de Landa y los fugados cuando encararon el Aubisque, el epílogo montañoso del Tour. Kruijswijk, alfil de Roglic, se disparó entonces en la montaña asesina. Fue el banderazo de salida a los empellones entre los favoritos. Quintana, atrapado en las consecuencias de la caída del jueves, capituló. Dumoulin y Roglic revolotearon, dispuestos a clavar el aguijón en Thomas, con la piel de kevlar. El galés luce músculo amarillo. Froome se apuró. Bernal mimó al británico. Fue su nanny. El potencial del joven colombiano asusta. Le llaman La Bestia y probablemente sea el apodo con más sentido que se recuerde. Roglic, que también es un tipo duro, soltó un par de estacazos que Dumoulin y Thomas cauterizaron mientras Froome se movía más que nunca, incómodo, con la lengua fuera. Lejos de sí mismo.

Landa, por delante, aún tuvo arrestos para atacar antes de que, a una brazada de la cumbre del Aubisque, abrigado por la niebla fría, se arremolinara junto a los favoritos. Extinguida la revolución, en el descenso, Froome conectó del todo. Las figuras fantasmales se deslizaron con el riesgo pegado en cada poro de la piel. Fue una bajada trazada por la pintura resbaladiza de la incertidumbre. En el abismo, frente al vértigo, cayó en cascada el vuelo rasante de Primoz Roglic, que no teme a la velocidad. Tampoco al peligro. El exsaltador de esquí nació para volar. El esloveno trazó como un kamikaze enamorado de la adrenalina y tomó unos metros para aterrizar en Laruns con unos segundos sobre el líder y el resto de nobles de la carrera. Landa había emocionado al Tour de Thomas.

Secciones