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¡Ay, Catalunya!

La resistencia de Sánchez ante la incesante presión soberanista fortalecerá las expectativas del PSOE por encima del retrato de su debilidad parlamentaria

Juan Mari Gastaca - Sábado, 28 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

PEDRO Sánchez ha venido para quedarse. El intrépido candidato de las primarias del PSOE no cruzó con éxito el desierto para abandonar a las primeras de cambio por los caprichos de Carles Puigdemont. El presidente del Gobierno llegará a 2020 por encima de la debilitada soledad parlamentaria de su partido, de las embestidas derechistas de Pablo Casado y Albert Rivera, de la orfandad de un Presupuesto creíble y de esa conjura independentista de Catalunya envuelta en el enjambre partidista pergeñado en Waterloo. La ilusa pero comprensible alusión de Isabel Celaá a la resistencia limitada de todo combatiente asediado -símil previsible de Sánchez- ha sido flor de cuatro tertulias y dos titulares forzados. Ha bastado que viniera Macron de visita -vaya desaire al líder de Ciudadanos- para que el presidente disipara las dudas: me quedo.

En un verano tan agitado como el anterior, la política española sigue tan convulsa que no encuentra su razón de ser. Solo los libros de historia serán capaces de metabolizar, más allá del sesgo de su relato, los drásticos cambios experimentados en apenas medio año. En tan corto espacio de tiempo, la Justicia tan denostada por más de una caprichosa sentencia ha sido capaz de propiciar la vía de hundimiento por corrupción del primer partido de España, entregando el Gobierno a quien jamás pensó que lo conseguiría por la vía de los votos en muchos años. Un periodo suficiente, a su vez, para petrificar desde el diálogo de sordos, la exigencia invariable y el imperio de la ley el conflicto territorial más determinante para la armonía de un Estado en las próximas décadas. La pólvora incendiaria válida para dinamitar una legislatura y, porqué no, la siguiente.

Se avecina un otoño turbador cuando todavía seguimos inmersos en un verano perturbado. La inevitable derechización del PP augura una pelea a degüello contra Ciudadanos por liderar desde la intransigencia la oposición. En la escenificación parlamentaria de este zafarrancho, el Gobierno quedará en manos del batallón de la censura y no siempre, que es peor. Ya lo ha comprobado, de hecho, con el desaire de ayer en el debate del techo del déficit presupuestarios que le devuelve a la casilla de salida sin que a partidos como Unidos Podemos les preocupe lo más mínimo el golpe asestado a la capacidad de gasto de las autonomías. Será mucho peor, incluso, cuando la desunida familia del PDeCat escenifique su ruptura revanchista, se apague la voz racional de Carles Campuzano y la combativa Miriam Nogueras recupere el tono desgarrador exhibido en las tertulias y vaya leyendo las consignas del exiliado Puigdemont para comprometer hasta el rincón a Sánchez. El PSOE tampoco enmudecerá frente a los golpes. La exigencia independentista le favorece en cualquier escenario que no consiga de Madrid concesión alguna mas allá del diálogo. Sirva como ejemplo el pragmatismo de Meritxell Batet al aceptar el debate sobre los presos y el referéndum en la próxima comisión bilateral entre los dos gobiernos central y catalán. Las dos partes saben que no habrá acuerdo porque es una entelequia pero su inclusión en el orden del día deja contentas a sus aficiones. Ahora bien, llegará ese día que acabe con la paciencia de Puigdemont y entonces vendrá el rechinar de dientes. Pues bien, será entonces cuando Sánchez, autor del deshielo al que Rajoy jamás se atrevió, alimente sus votos mediante un explícito rechazo de las exigencias soberanistas. Catalunya puede apretar pero nunca va a ahogar.

Hasta entonces es muy posible que las costuras del PP se vayan deshilando mucho más, pero Soraya Sáenz de Santamaría seguirá siendo la gran perdedora. Casado no va a permitir ni un desliz de quienes le han hecho sufrir tanto en campaña. Han sido unas primarias plagadas de continuas zancadillas y ofensas donde todos sabían que la derrota se pagaría muy cara para los generales y la infantería. Después de una pésima campaña, la vicepresidenta besa suelo sin que nadie acuda en su ayuda. Se le acumulan las cuentas pendientes y el sol en política siempre calienta alrededor del poder. Eso sí, cuenta con el batallón de resistentes como ocurre en la CAV donde Iñaki Oyarzábal y Borja Sémper no se han entregado al bando enemigo cuando podrían haberlo hecho en la línea seguida por Marimar Blanco o Carlos Iturgaiz. Pero la guerra del PP está lejos de aquí, empezando por Catalunya donde Casado ha fijado su rehabilitación desde un ideario españolizado, muy consciente de que Andalucía le pilla con el pie cambiado. Todo llegará.