Elisa Ibáñez de Garayo Ama de casa, amama de casa y birramama de casa

La durangarra testigo de los poco conocidos bombardeos de Gasteiz

Iban Gorriti - Sábado, 28 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

DURANGO. Decía el poeta que podía escribir los versos más tristes aquella noche. A la familia de Elisa Ibáñez de Garayo les gustaría tener el don de aquel Pablo Neruda para poder escribir las mejores palabras, las selectas, las positivas que lleguen a estar a la altura de la entrega personal de esta amatxo, amama y birramama.

Rodeada de los suyos, la pérdida humana de Eli se lloró el pasado viernes 13 de julio. Tenía 89 años e infinitas ganas y razones para vivir otros 89, pero en ocasiones el cuerpo falla antes de lo que la mente ansía. Pocos días antes de su fallecimiento, narró a los suyos su vida de forma espontánea. Lo hizo en la cocina de su hogar, allí donde la casa era vida hospitalaria y lugar de interminables sonrisas, bromas, partidos de pelota en la tele, cocina inmejorable y de juegos.

Entonces recordó orgullosa que era natural del municipio alavés de Alegria-Dulantzi. “Con siete años, lo recuerdo de maravilla, fui testigo del bombardeo de Vitoria. Desde Alegría, que está muy cerca de la ciudad, vi pasar aviones cazas pequeñitos que luego causaban explosiones muy grandes. No sabíamos quiénes eran”. De hecho, poco se han investigado los bombardeos de Gasteiz, que ejecutó el gobierno republicano sobre objetivos militares de los golpistas.

Elisa fue hija de Nicolás, tratante, y Gloria, ama de casa. El matrimonio tuvo un total de ocho hijas. Ella fue la benjamina. “Cuando mi hermana mayor cumplió 16 años yo tenía tres meses”, sonreía quien insistía en que “nunca pasamos hambre” gracias a las labores de mimar la tierra.

“Solían venir los franquistas a mirar el pajar, por si escondíamos víveres, por si teníamos algo del estraperlo. Llegaban con una vara larga e iban metiendo por diferentes partes de la paja. No encontraron nada, y sí que había escondido: azúcar -que casi no había-, tomate... ¡Tuvimos esa suerte!”, aportaba aunque durante la guerra de 1936 sufrieron más de la cuenta en su familia. Tenía 7 años entonces.

Sin embargo, la generosa, altruista, hospitalaria, tolerante, agradable, alegre, bondadosa, entregada, discreta... Eli, veía lo positivo de aquellos años tristes en los que perdió a su padre siendo él muy joven. Salieron adelante comprando una trilladora, una segadora... y “sin sábados y domingos, solo con tiempo libre para ir a lavar la ropa” se dedicaban a sus tierras, a sus patatas que compraban hasta clientes de fuera del Estado.

Más adelante, conocería a Julián Andrés, natural de Castañares, La Rioja. “Yo lo veía un mozo muy guapo. A mí me gustaba que a diferencia del resto de muchachos del pueblo, a Julián no le gustaba beber alcohol. En el pueblo le conocían muchos como el mejor yerno. Se acabó colocando en la estación del ferrocarril. Estando allí, un amigo le invitó a ir a trabajar a Durango. “¿Por qué no te vienes a Durango?”, le dijo y Julián aceptó.

Unos meses después de contraer matrimonio, la alegre pareja se mudó primero a Mañaria. Un amigo le colocó en la empresa papelera de Iurreta. Julián, fallecido hace casi una década, aún es recordado en Durango como un buen trabajador al que desde Zaragoza fueron a buscarle para ir a trabajar. “Una noche vino a casa y me lo comentó cuando ya vivíamos en Durango. Y lo hablamos entre los dos. Dijimos que para qué... Si ya teníamos esta casa, colegio para nuestros tres hijos, y el dinero suficiente para vivir bien. Ni él ni yo quisimos, ¿qué más podíamos pedir si éramos felices?”, explicó días atrás.

El matrimonio dio a Euskadi tres hijos: Glori, José Mari y Juankar. Elisa -como antes de fallecer también lo hacía Julián- se desvivía por ellos, y aún más por sus nietos Gorka, Ainhoa, Maialen, Jone, Izaro y Nerea, así como por sus biznietos Iara, Aiur, Jurgi y Ekhi.

“Ella nos has dado una buena lección: a sus casi 90 años ha vivido sola por decisión propia, ha tenido una enfermedad que ha llevado con mucha resignación. Era ella quien nos daba ánimos a nosotros para seguir adelante, y hasta los últimos tres días hizo la comida”, reconoce orgullosa su hija Glori quien agrega que no quiere dejar de decirle que “como madre, amama, birramama, amiga, no sabría qué calificativo ponerle, porque todo lo que me viene a la mente me parece pequeño. Allí donde esté, sé que hará feliz y ayudará a todo el mundo”.

Juankar aporta un bertso de otro familiar, el escritor y docente Angel Zelaieta: “Denbora aurrera beti, goiko zeruan be segi;Anbotora gora zoazenean, maitatzen zaitugu, Eli”, es decir, “el tiempo no se detiene. Sigue hasta el cielo más alto. Ahora que vas subiendo por Anboto, te seguimos queriendo Eli”.

A estas palabras quieren sumar sus nietas más jóvenes un “Amama beti gurekin, Izaro, Nerea, Maialen eta Joneren partez”.