Una tierra de poetas, pese a todo

El Paseo de los Caños, donde compitieron un ángel y un demonio a correr y que cayó muerto un rey moro, fue refugio de Unamuno y ruta de canalización de aguas potables y ahora ofrece una versión de aguas salvajes de la ría

Un reportaje de Jon Mujika - Domingo, 29 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:01h.

EL paisaje sorprende incluso a los bilbainos de pura cepa. No en vano, la ría que se desliza por la ciudad con serenidad y templanza como si fuese una gigantesca anaconda de agua que coge, a estas alturas, la velocidad del rayo y reconvierte su cauce en un recorrido de aguas bravas, como si fuese un circuito de karts, propio del deporte de aventuras. Pero más allá de la estampa, retocada por mil y una obras y cirugías, conviene ir a los orígenes, a las fuentes. Cuando en 1300 se fundó la villa de Bilbao y comenzaron a levantarse las murallas, esta dejó de ser autosuficiente. Aunque durante mucho tiempo se mantuvieron huertas y corrales en el Casco Viejo, el concejo municipal tuvo que asegurar el suministro de algo tan básico como es el agua. Así que para ello, hace más de 400 años, se construyó un sistema de caños acueductos que partían de los manantiales cercanos y, pasando por el Pontón, quedaban ocultos bajo losas de arenisca en un bucólico paisaje haciendo posible la traída de agua hasta el albergue de Ibeni, situado en la calle Ronda. Aquella vía enlosada pronto se comenzaría a utilizar como lugar de recreo, naciendo así el Paseo de los Caños. He ahí la tosca verdad.

Hay más datos, claro. Incluso se sabe que en 1759 se colocaron unas tuberías de plomo proyectadas por el ingeniero prusiano Maximiliano Stam que significaron una revolucionaria innovación. Desgraciadamente todas las obras que realizaba el Concejo eran repetidamente arruinadas por las frecuentes inundaciones y avenidas de aguas y, por ello, en 1785 se decidió acometer las definitivas y sólidas obras desde el Pontón hasta la Alberca situada en la ya citada esquina de Zabalbide y Ronda. Con el fin de proteger aquellos caños llegaron a imponer curiosas normas, entre ellas la de prohibir a las monjas de la Encarnación plantar parrales de vino o frutales pues sus raíces dañaban las cañerías.

Poco tiene que ver el actual Paseo de los Caños, que vivió tiempos de tinieblas cuando varios de los integrantes de aquella generación perdida de los ochenta, arrastrada por las avenidas de la droga, eligieron los rincones y recovecos del tránsito para pincharse, con el que aún guardan en su memoria muchos mayores. Ya no existe la isla de San Cristóbal, aquella que durante siglos albergó tantas y tan diversas actividades, como la pesca de las angulas o la captación de aguas de la ría. Junto con la isla también desaparecieron los misteriosos jardines de los Caños, sus puertas, sus verjas y sus paseantes. Las losas del paseo quedaron enterradas bajo senderos de barro y piedra. Y hasta el cauce de la ría fue alterado tras las inundaciones de 1983, acercando el paseo en su último tramo hasta la propia ribera.

El camino, que nace en Atxuri va a morir, si es que los caminos mueren y no quedan atrapados en un bucle de ida y vuelta, junto al edificio de la Panadería Municipal del Pontón, único elemento que ha sobrevivido del conjunto industrial que el Ayuntamiento de Bilbao proyectó construir a mediados del siglo XVIII. La obra no se realizó hasta 1794, cuando se designó al arquitecto de la Academia de San Fernando, Alejo de Miranda, para llevar a cabo su diseño y ejecución. Hoy en día es sede de la Ikastola Abusu.

Entremos en este paraje de la mano de Miguel de Unamuno, el viejo escritor que refrescaba sus imaginaciones por aquellos lares, tal y como recuerda en “un folletito insignificante y sin verdadero valor alguno”. Su portada, en cubierta amarillenta, reza así: Guía de Bilbao y conductor del viajero en Vizcaya, Bilbao. Imprenta de Adolfo Depont, editor, 1846. Sobre aquella guía del siglo XIX que desmenuzó el letrudo pueden leerse sus reflexiones que dicen así: “También los Caños, allá en nuestras mocedades, tenían su leyenda infantil. A su entrada estaban las huellas del Ángel y del Demonio que habían apostado, no se sabe con qué propósito, a quién saltaba más y no lejos de las manchas negras, de sangre, claro está!, de un rey moro que murió allí en una terrible batalla, acaso despeñado de los peñascos salvajes de donde caía “el espinoso ramaje de mil plantas parásitas, y el enmarañado tejido de las madreselvas silvestres”. No sabemos si ese rey sería el hijo o el padre de aquel otro de quien nos dijo un día en Arrigorriaga un aldeano al vernos contemplar aquel viejo sepulcro: “¿Qué, miráis eso? Ahí está enterraoun rey moro que le mataron en la francesada”. Esto debió de ocurrir con la famosa batalla de Arrigorriaga o Padura, que así se llamaba el lugar antes de que con la sangre que corrió se convirtieran en mina de rojo hierro aquellos cerros pedregosos. Mas en cuanto a las manchas de sangre del rey moro muerto en la batalla de los Caños no faltaba maligno espíritu infantil depravado antes de tiempo por el corrosivo escepticismo crítico -¡era ya más que promediado el siglo de las luces!- que sostuviere que no eran sino manchones de… brea. “Qué ganas de estropearnos la poesía de la vida!”.

La poesía de la vida. Es sabido que las aguas, que provenían de los manantiales de la zona (agua potable) y del cauce del río y la ría (que era agua no potable), se conducían por separado hasta la villa. Las primeras servían para el consumo y las segundas, para el aseo y limpieza. ¿Cómo encajar estos datos propios, qué sé yo, de un ingeniero hidráulico con unos versos? No parece fácil a no ser que uno se asome al balcón y compruebe que, aún hoy, por allí pasean parejas enamoradas que van y vienen por un camino que une el puente de la Peña con el barrio de Atxuri por la orilla derecha de la ría.

Gracias a ellos y también a esas leyendas de ángeles y diablos, de piedras negras manchadas de sangre de un rey moro. No es extraño que frecuentasen aquel paseo gentes de espíritu solitario, triste y silencioso y que hasta sus mismas vestiduras resultasen más oscuras y severas. Las impresionantes ruinas del edificio de El Pontón que se observan en su extremo más alejado recuerdan a un castillo de gigantes, a nada que uno pajaree con su imaginación entre las gaviotas y otras aves acuáticas que frecuentan la zona. Ya ves, Miguel. No han podido con la poesía, no han encontrado un arma que la tumbe. Lo que tú pedías.