Tribuna abierta

Italia, al pasado;España, ¿al futuro?

Por Joaquín Arriola - Lunes, 30 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

CUANDO en 1833 las leyes fabriles inglesas prohibieron explotar más de doce horas diarias a niños de 13 años, el alma liberal el doctor Andrew Ure, uno de los más reputados miembros de la Royal Society y autor de un monumental Diccionario de las Artesanías, las Manufacturas y las Minas, censuraba la medida calificándola de retroceso a la Edad Oscura, a los tiempos más tenebrosos de la Edad Media.

Casi 200 años después, no parece que hayan cambiado algunas opiniones. El reciente decreto dignidad del gobierno italiano, que intenta reducir la temporalidad y la precariedad, es una marcha atrás para la patronal de la industria italiana, que vuelve más inciertas e imprevisibles las reglas con las que operan las empresas italianas. Para la patronal del comercio, el decreto es un “retorno al pasado”, una “forma de inútil y dañosa rigidez” que servirá como un “freno a la inversión y al desarrollo” del turismo y los servicios.

De “zambullida en el pasado” lo califica el director del principal diario económico de Italia, como “un punto de arranque más antihistórico que histórico”. Roberto Petrini, prestigioso economista autor de libros como Proceso a los economistas, Contrahistoria de la moneda, El declive de Italia o Ya basta, lo ha calificado de “cañonazo populista” y el jurista Giampiero Farlasca, bien conectado con ministerios y empresas, considera las medias “inútilmente punitivas”. Por supuesto, casi todos los partidos del arco parlamentario, incluidos los socios de gobierno del Movimiento 5 Estrellas, promotor de las medidas, coinciden con el diagnóstico del PD: “Pésimo debut, disminuirá el empleo”;“dejemos la dignidad en paz” reclama el exjefe de gobierno Paolo Gentilone, ignorando quizá que la internacional sindical a la que pertenecen casi todas las grandes centrales sindicales europeas lleva años con una campaña en defensa del trabajo digno.

¿Y qué es lo que ha hecho el decreto que ha concitado tanta alarma y rechazo en las fuerzas vivas italianas? En lo que se refiere al trabajo temporal, ha reducido el límite máximo de los contratos de 36 a 24 meses, aumentando el coste de las contribuciones sociales en un 0,5% cada vez que se renueve un contrato, pasa los límites de las indemnizaciones por despido improcedente de 2-24 meses a 6-36 mensualidades. Y para los contratos de más de doce meses o cuando se renueven, se exige que haya alguna causa objetiva para acogerse a esta modalidad contractual, como picos temporales o estacionales de producción.

Como vemos, nada extravagante ni radical. Pero las protestas concitadas no dejan de tener cierto aire a lo mismo que criticaba el buen doctor escocés: toda mejora en los derechos de los trabajadores es, por definición, un retroceso al más oscuro pasado, cuando triunfaba la esclavitud frente a la libertad, y que reaparecía, en palabras de Andrew Ure, cuando la clase obrera inscribía ”la esclavitud de las leyes fabriles” en las banderas que levantaba contra el capital, mientras que este lucharía en cambio virilmente por “la plena libertad de trabajo”.

Claro que la reacción se puede entender si por ejemplo, los empresarios y políticos italianos tienen la situación de España como referencia. Porque si en la última década el empleo temporal en Italia ha aumentado hasta el 16% del empleo total, en España ha disminuido cuatro puntos… hasta el 26%. Solamente Montenegro, que no forma parte de la UE, tiene un nivel de temporalidad tan elevado como España, que es casi el doble de la media europea (14%)

Cuando el economista Roberto Petrini reconoce que con estas medidas del decreto dignidad, “el primer efecto es un aumento del coste de los contratos a tiempo determinado”, también parece estar pensando en España, donde la elevadísima precariedad (perdón, quise decir flexibilidad) del empleo ha permitido que en esta década los ingresos de asalariados y autónomos hayan perdido 2,5 puntos de participación en el PIB, mientras que en Italia solo han retrocedido medio punto.

Que en el mismo periodo el conjunto de los trabajadores europeos hayan aumentado en medio punto su participación (en Francia han ganado los mismos puntos que han perdido en España;en Gran Bretaña, los mismos que ha perdido Italia;Alemania, 2,2 puntos) no importa al parecer a los creadores de opinión pública italianos, pero ¿y a los españoles?

No parece que ningún creador de opinión, es decir ningún partido político, instituto de análisis o medio de comunicación considere a la temporalidad como el primer problema a solventar en la economía española. La patronal ya ha dado su veredicto: acepta incrementar los salarios más bajos, a cambio de frenar potenciales incrementos de la presión fiscal sobre los beneficios, lo que significa que los aumentos salariales negociados serán sin duda inferiores a la recaudación tributaria que supondría un incremento en la tributación. Los sindicatos, por su parte, han priorizado los salarios y la recuperación de su papel en la negociación colectiva, es decir, han priorizado a sus bases cotizantes y a sus estructuras, frente a esa cuarta parte de los trabajadores temporales ajenos a la cultura sindical reinante.

Poco se repite que lo que determina la demanda de trabajo no es el coste salarial, sino la relación entre el coste salarial y la ganancia. Si las perspectivas de beneficio son buenas, las empresas aumentarán plantilla;si son malas, terminarán despidiendo a trabajadores. Solo en contextos de amplia volatilidad de las ganancias pudiera tener sentido que los contratos fueran flexibles (perdón, quise decir precarios) y facilitar así el ajuste de plantillas a bajo coste. Francia tiene actualmente 800.000 empleos a tiempo completo más de los que había en 2008, justo antes del gran batacazo, y lo ha hecho mejorando la parte salarial en el valor añadido;Italia tiene 700.000 menos, y apenas se ha movido esa participación. España, el país en el que más se han deteriorado las condiciones laborales y salariales de toda la UE, aun faltan 1,1 millones de empleos a tiempo completo para tener los mismos que en dicho año.

Si se hiciera una encuesta entre los trabajadores temporales, estoy seguro que nueve de cada diez preferirían la esclavitud del sometimiento a la regulación laboral a la libertad que promete la flexibilidad. El otro probable 10%, serán los que se han tragado el cuento, que ahora se disfraza de nuevos calificativos, como “autonomía”, “trabajo freelance”, “antijerarquía”, “economía colaborativa”, “gig economía”, “smartcontracts” y toda suerte de neologismos de marchamo TIC que no son sino la vieja libertad del trabajo de la que hablaba Ure: sin límites, sin reglas, sin derechos tutelados. El futuro neoliberal prometido lo conocimos hace 200 años. Lo que pasa es que no lo recordamos.

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