Tribuna abierta

Casarse en Alghero

Por Ibon Cabo Itoiz - Jueves, 2 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

EN Europa, las personas que se identifican con posturas federalistas, dentro de sus propios estados de referencia, indican que construir una comunidad política definida como nación puede ser diferente de trabajar en pos de una nación cultural. Ninguna de estas personas niega que la lengua sea un elemento vertebrador fundamental desde la perspectiva de la nación cultural. Sin embargo, ¿existe uniformidad en la aplicación política de los derechos lingüísticos recogidos en la carta europea de las lenguas? Todas las personas interesadas en este tema sabemos que no, pero lo importante, no es si quiera el análisis jurídico existente, sino la intencionalidad política que hay detrás de algunas actitudes y discursos.

Alghero es una localidad de Cerdeña donde el catalán es lengua hablada desde que en 1354 Pedro III de Aragón repobló la localidad con habitantes del Penedés y Tarragona tras expulsar a los genoveses. Coloquialmente se la conocía como la Barceloneta, por ser el catalán lengua oficial hasta 1713, cuando los Borbones concedieron la isla al reino de Saboya a cambio de que se retiraran del conflicto sucesorio. Actualmente el 50% de la ciudad conoce el idioma y el 33% lo habla habitualmente. L’Alger (en catalán) vive una época de reverdecimiento cultural del catalán donde artistas como Claudia Carbuzza graban discos en este idioma a través de políticas de recuperación del alguerés (así se conoce al dialecto del catalán allí hablado). A pesar de esto, el alguerés pertenece solamente a las generaciones más avanzadas en edad y si bien existe simpatía, el sardo y, especialmente, el italiano le están ganando la partida al alguerés puesto que su enseñanza allí es voluntaria.

Según el Tribunal Constitucional español (1986), “una lengua es oficial independientemente de su realidad y peso como fenómeno social, cuando es reconocida por los poderes públicos como medio habitual de comunicación entre ellos y en su relación con los sujetos privados”. Es decir, donde existen dos lenguas, la oficialidad y el reconocimiento de ambas es forzosa (en teoría). Eso no es óbice para que la política lingüística pueda orientarse hacia el principio de personalidad o se aplique una fundamentada en la territorialidad de los derechos lingüísticos. La primera garantiza al individuo el pleno ejercicio de todos sus derechos pero de manera individual, mientras que la segunda limita el uso a ciertos territorios o comarcas donde esta se habla.

En el Estado español se pretende que en los territorios monolingües (castellanoparlantes) rija el principio de territorialidad, mientras que en territorios bilingües lo haga el de personalidad. De esta manera indirecta, se limita el desarrollo del euskera, el catalán y el gallego a todo el territorio español e incluso se limita su uso en zonas donde siendo culturalmente originario ya no se habla (por ejemplo en la Ribera en Nafarroa). El catalán se desarrolla con normalidad en aquellos territorios donde es oficial (Illes Balears, País Valençia y Catalunya) y sufre en el alto Aragón, Catalunya Nord y L’algher. El euskera se desarrolla en la CAV y Nafarroa norte y centro y sufre en Iparralde y la Ribera. El gallego se desarrolla con normalidad en su comunidad y sufre en Asturias y León. Y así podríamos seguir con otros idiomas de la unión como el bable, el frisio…

A pesar de esto, en la Carta Europea de las Lenguas Regionales o Minoritarias (1992) se afirma y se apuesta por la implantación y desarrollo de estas, ya que “contribuyen al mantenimiento y desarrollo de las tradiciones y riquezas culturales de Europa”, dotándoles de la definición de “derecho imprescriptible”. Los estados firmantes se afanaron en garantizar bastantes derechos a las minorías lingüísticas (enseñanza, especialmente en la primaria;justicia, radios y medios de comunicación, intercambios transfronterizos….). Este tipo de medidas influye en la definición de espacios transfronterizos y en negociaciones importantes como por ejemplo el caso reciente del Brexit y el retrazado de la frontera irlandesa. Los partidos socialdemócratas y de izquierdas han hecho del federalismo y de la interculturalidad dos baluartes sobre los que tejen sus discursos apoyados en esta Carta Europea.

La excepción hecha a todo este movimiento cultural europeo antisupremacista y en pro de la pluralidad lingüística es la situación del euskera en el vetusto reino de Nafarroa. La Lingua Navarrorum (Están locos estos romanos, pensaría Pablo Casado, del PP) se contrae en su uso en la parte norte y central y está literalmente prohibida en el ámbito educativo público en la Ribera y en el sur. En este tipo de políticas, colabora activamente el PSN de Nafarroa, convirtiendo la Carta Europea de las Lenguas en un tebeo de Mortadelo, donde la lengua es más un disfraz en el discurso que un deseo de implantación real.

Así pues la social democracia en el estado español está más cerca de casarse con la pluralidad lingüística de L’alguer que de asumir que, el verdadero federalismo, hace parte de la casa común a todas aquellas realidades interculturales que pertenecen a un Estado, especialmente la lengua. Si no asumen que las lenguas son de todos, ¿cómo van a asumir que existen diferentes naciones culturales en un mismo Estado? En esta localidad de Sardinia, uno se puede casar en catalán, en esa boda escuchar canciones en ese mismo idioma y que las lecturas se hagan también en él. Sin embargo, estudiarlo es voluntario y su desarrollo está a la baja por la supremacía de otras lenguas mayoritarias. ¿Buscan los partidos federalistas este tipo de realidad nacional cultural, donde los idiomas minoritarios sean una reliquia o parte del turismo esporádico de extranjeros en alegre compañía?

La posibilidad de casarse en Alghero es un modelo circunstancial de excentricidad que no asume como propia la diversidad cultural. Alejar al euskera de Nafarroa es inventarse una historia donde el gas borbónico de las guerras de sucesión es el principal adormecedor cultural y el nexo de unión de todos los españoles. El reto de futuro es pues, asumir que ser federal es un reto a nivel cultural estructural y no personal. Lo contrario sería vilipendiar los objetivos de la Carta Europea de las Lenguas y transformarla en un gag de Ibáñez. La Europa plural choca de nuevo con la España liberal y no parece que en este sentido vayamos a ir mejor con el nuevo gobierno.* Analista