Historias de la vida

Una superviviente de la nueva era digital

La kiosquera Begoña Odriozola lleva más de medio siglo vendiendo prensa diaria a los bilbainos en la gran vía

Un reportaje de Yaiza Pozo - Lunes, 6 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

SUS clientes definen a Begoña Odriozola como una mujer luchadora y amante de su trabajo. A las 6.00 horas ya está en su kiosco para que los bilbainos estén siempre bien informados a primera hora de la mañana. Desde hace más de medio siglo, su puesto, ubicado en plena Gran Vía bilbaina, es su segunda casa. Ahí pasa gran parte del día. Este pequeño tenderete ha servido de mirador para percibir los grandes cambios que se han generado en el entorno y en su trabajo por la irrupción de Internet.

Begoña nació en Bilbao aunque se ha criado en Algorta. Allí pasó parte de su infancia hasta que decidió instalarse en el barrio bilbaino de San Ignacio. “Recuerdo una niñez muy bonita y estudié lo esencial”, rememora. Ejerció como peluquera durante un tiempo, pero optó por abandonarlo porque le daban alergia los productos que utilizaba. Sin embargo, su vida le puso en el camino del trabajo de su vida: ser quiosquera. Nunca imaginó que un tenderete tan pequeño le iba a llenar tanto personal como profesionalmente y asegura que su trabajo “es la mejor terapia de todas” ya que se ha sometido a varias operaciones que casi le cuestan la vida.

Todo sucedió por casualidad. “Un señor había ganado este puesto, que ya estaba antes de la guerra, en unas cartas y como no tenía ni idea de llevarlo, lo cogió mi suegra”, dice. Años más tarde cogió ella el testigo y junto a su marido logró levantar aquel negocio a pesar de su poco conocimiento en ventas de prensa. “Por aquel entonces se vendían muchos periódicos, no como ahora, que la tecnología nos lo está quitando todo. La gente hacía cola después de misa los domingos para comprarlos, cosa que ahora ya no se hace”.

Los comienzos los recuerda “muy duros”. Los puestos no tenían la misma estructura de ahora y tampoco estaban tan bien acondicionados. “Lloraba todo el rato porque el viento me lo llevaba todo, pero me considero una mujer muy luchadora y seguí aquí”, explica. Asegura que el tiempo siempre ha sido un obstáculo trabajando a pie de calle. En invierno pasa mucho frío, pero siempre hay remedio. “Te abrigas bien y listo”. Sin embargo, los veranos son más llevaderos puesto que en el lugar en el que trabaja “siempre da la sombra”.

Begoña ha trabajado muchas horas. Sin el apoyo incondicional de su marido hubiese sido imposible levantar el negocio. “Me ha ayudado mucho y además somos muy conocidos, después de tanto tiempo es normal”, asegura. Ahora que su marido ya no está, su hija le ayuda durante la tarde para que pueda descansar. “Ella entra a las 17.00 horas y luego cierra porque sino estar aquí todo el día puede ser muy cansado”.

Quien no sepa quién es Begoña es porque no ha paseado por la Gran Vía bilbaina. Su trabajo le ha permitido conocer a muchas personas “de toda clase” y hacer grandes amistades que de vez en cuando le van a hacer alguna que otra visita para amenizar la tarde. Incluso no olvida a ninguna de sus clientas, ni tan siquiera a aquellas niñas -ahora ya adultas- que estudiaban en el edificio del actual El Corte Inglés que por aquel entonces era un colegio. “Se presentaban madres con sus hijas para comprarles chucherías. Reconozco a muchas de ellas cuando se acercan por aquí ahora y me preguntan: ¿todavía te acuerdas de mí? Han sido muchos años y como para no acordarme”, dice entre risas. A partir de que construyesen El Corte Inglés, confiesa que las ventas en su kiosco mejoraron favorablemente. “Había mejor ambiente, pero lo triste es que desde aquí, estoy percibiendo el cierre de muchas tiendas”, lamenta.

Recuerdos Son muchos los buenos recuerdos que guarda en su memoria, pero también los hay malos. “Me han llegado a poner una jeringuilla en el cuello pidiéndome la caja. También me han llegado a entretener por el costado del kiosco para ver el escaparate y por el otro lado se llevaban todo el dinero de tres días”. Sin embargo, estos contratiempos no le han generado miedo ni se le ha pasado por la mente renunciar a su trabajo. El kiosco de Begoña ha cambiado cuatro veces de imagen y la primera vez no lo olvidará jamás porque se encontraron con una gran sorpresa. “Cuando lo quitamos, nos encontramos en el techo periódicos de antes de la guerra de la falange y no nos lo creíamos. Se conoce que antiguamente los escondían ahí”, asegura.

Ama tanto su profesión que teme que algún día quede en el olvido por la falta de ventas, pero aún así seguirá luchando porque eso no suceda. “Yo seguiré trabajando aquí hasta el día que me muera”, concluye.

La protagonista