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Cony Carranza: “El tren me hace sentir más libre”

En los momentos más vulnerables de su vida, los inicios de su migración, esta salvadoreña asocia sus buenos recuerdos al tren a Santurtzi, que, según ella, le ha ayudado a tejer ilusiones

Por Concha Lago - Miércoles, 8 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

EL tren me ha permitido tejer ilusiones. Aquí he tenido oportunidad de leer, de disfrutar, pasear, de encontrarme miradas de aceptación, de indiferencia, pero también he podido conversar con muchas personas y siempre me ha parecido un espacio de libertad. Ves la luz, el paisaje, el entorno y me conecta con la historia”, describe Cony Carranza que llegó desde El Salvador a Bilbao hace quince años. Esta santurtziarra de adopción coge el cercanías de Renfe y respira felicidad en cada tramo de vía. “Si me preguntan cómo quiero viajar, siempre responderé: En tren”. “En estos vagones me fui familiarizando con la ría porque viví ocho años en Santurtzi”, afirma esta maestra y socióloga, reconvertida en educadora social.

Le maravilla el recorrido a la altura de Olabeaga. “En el viaje soy capaz de ver las zonas más bonitas pero también las más vulnerables, aunque todo el entorno de la ría me parece fascinante”, confirma. “¿Por qué el tren? Porque lo asocio a los buenos recuerdos. Lo he disfrutado y lo disfruto muchísimo. Tanto que las primeras tarjetas que enviaba a mi sobrina eran contando que cuando viniera, se iba a montar en este tren”, asegura. Y es que en su país de origen, las redes ferroviarias son prácticamente inexistentes, imposibles de sostener por la crisis y la guerra civil.

Como mujer migrante, confiesa que en estos vagones también ha llorado. “En el tren he tenido la oportunidad de cuestionarme, de hacer renuncias, de aceptar noes en historias amorosas, en ofertas de trabajos que no fueron posibles. Y aún hoy, cuando me quiero sentir más libre, viajo en tren”, sentencia. Y eso que en invierno, se estremecía de frío cuando llegaba a la estación y no quería abandonar la calidez del vagón.

Cony Carranza, que viajó -cómo no, en tren- a Karran-tza para conocer la procedencia de su apellido, revela que también ha sentido cómo la gente marcaba distancias y “me hacía llegar que no formaba parte de esta comunidad”, se lamenta. “Pero el tren está diseñado como un espacio confortable que te permite cierta intimidad. En el Metro va todo más deprisa”, asegura esta educadora que trabaja en Getxo con mujeres migradas y autóctonas. “En Bilbao llevo un grupo de saharauis y trabajo en temas de empoderamiento, con el fin de entretejer complicidades entre nosotras y saber que nos une mucho más de lo que no separa”, explica.

Qué lejos queda este tren cómodo y entrañable de otro tren que se le viene a la cabeza. “Le llamanla Bestia. Sale de México y llega a la frontera de Estados Unidos. Va lleno de centroamericanos que viajan fuera, colgados, en condiciones infrahumanas. Y hay señoras que, con palos y hatillos, les proporcionan comida y bebida porque se enteraron de un chaval que perdió una pierna, un brazo o de muchos que perdieron la vida. ¡Es increíble cómo en medio de tanto dolor e injusticia, puede haber gente con ese corazón!”.