Rojo sobre blanco

Ninguna sorpresa

Por José Luis Artetxe - Miércoles, 8 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

dESEMPOLVAR no es el término más preciso si se trata de recordar las declaraciones realizadas por Kepa Arrizabalaga durante y a la conclusión del interminable proceso que culminó con su renovación. Rubricó su continuidad en el Athletic (hasta 2025) el pasado enero, por lo que no ha habido margen para que el polvo cubra sus palabras. Refrescar sería un verbo más ajustado porque además de que el concepto de frescura en una de sus acepciones más comunes hace referencia a lo reciente, también se utiliza para remarcar la idea de imperturbabilidad, esa actitud ante la vida que Clint Eastwood escenificaba como nadie con un cigarro en los labios.

Arrizabalaga excusó su tardanza (casi año y medio) en aceptar la oferta del Athletic con un argumento ciertamente original, muy profundo: “Me gusta pensar mucho las cosas”. Y se quedó tan pancho. Tampoco se le movía un músculo del rostro mientras despejaba, uno tras otro, todos los balones que le vinculaban a una negociación con el Real Madrid que, según la versión más extendida, no fructificó porque Zidane, conforme con el rendimiento de Keylor Navas, no dio su visto bueno y Florentino Pérez optó por eludir la confrontación pública con su entrenador.

No ha sido necesario esperar demasiado para comprobar que, tal como se intuyó entonces, la falta de sinceridad inspiraba cada afirmación de Arrizabalaga, incluso aquella de que estaba “deseando devolver la confianza” a la afición y “el respeto” al club por el buen trato que había recibido mientras él se dedicaba a marear la perdiz y, por ejemplo, en las dos oportunidades en que el Athletic accedió a satisfacer sus exigencias él respondió elevándolas de nuevo. Simplemente tensaba la cuerda, convencido de que acabaría comiendo el turrón vestido de blanco, pero erró el cálculo, sus maniobras dilatorias fueron vanas.

Quería irse al Madrid y, sin ningún género de dudas, si de él hubiese dependido hoy estaría allí. Tras ahogar su frustración firmando un gran acuerdo en Bilbao, lo ha confirmado a la primera de cambio dejándose seducir por otro tiburón, el Chelsea de Román Abramovich. Lo curioso es que ahora Arrizabalaga no ha tenido que “pensar mucho las cosas”, como su carácter extremadamente reflexivo le reclamaba. ¿Por qué? Pues porque al ser una operación relámpago no ha necesitado disimular que la única certeza en esta historia es un desinterés absoluto por desarrollar su carrera en San Mamés.

Qué queda de las oportunas apelaciones a la familia y al lugar de nacimiento que manejó para proclamar ante el pueblo su identificación con el escudo. Y qué valor posee el hecho objetivo de su ingreso en la entidad con nueve años de edad, otro de los avales que esgrimió para convencer a los más escépticos y, de paso, dejar en mal lugar a la directiva. Si se toma este punto de partida, resulta que Arrizabalaga lleva desde 2004 alimentando la expectativa de que terminaría siendo el guardián del Athletic. Parecía destinado a ser el sucesor natural de Iribar, el nuevo mesías con guantes que marcaría una época. Pero justo en el instante en que asoma la cabeza (medio centenar de partidos) va y pincha el globo.

Se larga a Londres, como pudo irse a Madrid o a cualquier sitio, antes de demostrar siquiera que merecía esa consideración de elegido así como la estima de unos aficionados que en su reaparición en febrero no le pasaron factura alguna por su oscuro y feo proceder. Al revés, saludaron con un cálido aplauso su primera intervención.