Tribuna abierta

¿Por qué España siente que ha perdido?

Por José Ramón Blázquez - Miércoles, 8 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

ESTO no va de fútbol, sino de algo bastante más serio. Es un hecho reconocido que una parte de la sociedad española tiene el sentimiento de haber perdido política y socialmente en la lucha contra ETA, a pesar de que el terrorismo ha sido batido por vía policial y judicial y la organización se ha extinguido. Este sentimiento es más evidente entre un sector de la clase dirigente, intelectual y mediática, cuyos lamentos no dejan de sorprendernos. ¿Qué tiene España que está triste, cuando debería compartir con Euskadi el sosiego tras el fin de la violencia? Fernando Savater, uno de los ilustres plañideros, lo decía hace poco en El País: “Bien pensado, quizá salga más barato luchar un poco más hasta vencer mejor…” Qué extraño concepto, vencer mejor. ¿Qué querían, qué esperaban, qué les ha faltado, qué se supone que hemos hecho mal los ciudadanos vascos para que nos reprochen este epílogo de cincuenta años de violencia?

Algunos quizás lamentan que se les ha acabado el chollo con la disolución de ETA. Habían hecho profesión del antinacionalismo, que no del pacifismo. Ahora, Joseba Arregi solo escribe de teología, gracias a Dios. Quizás en nombre de todos los desconsolados, el profesor Rogelio Alonso ha publicado La derrota del vencedor (Alianza Editorial), cuyas 445 páginas exponen con una sinceridad que se agradece la tristeza y frustración española por un final que, él y otros muchos, consideran inmerecido. Este es su exorcismo para liberarlos de la falsedad histórica que al parecer tiene poseída a la mayoría social vasca.

La posverdad inventada De entrada, el profesor Alonso -¿o sumo sacerdote?- se reviste de dogmatismo al afirmar que su libro “demuestra que se está intentando cerrar el periodo marcado por el terrorismo de ETA asumiéndose desde amplios estamentos políticos, académicos y periodísticos un revisionismo histórico que deforma lo sucedido revistiendo de verdad única y establecida interpretaciones erróneas de la realidad”. Obviamente, la verdad y la realidad solo están al alcance del autor y lo demás es herejía. El título lo toma de un artículo de otro de la cofradía del dolor, el catedrático de Filosofía Moral de la UPV Aurelio Arteta, publicado en El País, en 2014, que se cierra con este aserto: “¿A quién beneficia esta ingenuidad de suponer que todo el problema vasco se agotaba en el ejercicio del terror y que, acabado este, ya no hay problemas? Al que siempre ha favorecido: al creyente en la causa nacionalista, no al defensor de la democrática”.

Para no quedarse solo en su infundada amargura, Alonso cultiva un método muy sencillo, el recurso de la hemeroteca y los entrecomillados que en su mayoría corresponden a escritos de los que comparten sus mismas tesis y que completa, para golpear y manipular, con breve notas de autores contrarios, entre ellos un artículo mío, publicado en DEIA, en 2003, a propósito del espíritu de Ermua, fantasma del que nunca más se supo. El libro es una mera recopilación de prensa hecha por un documentalista muy ideologizado y sectario. No se aprecia ninguna aportación nueva basada en elementos objetivos. El PNV es la diana principal de sus reproches, al que atribuye el haber favorecido el nacimiento de ETA, el aprovechamiento político de la violencia, promover el olvido de las víctimas y contribuir a la distorsión del relato. Dice, literalmente: “El nacionalismo no es condición suficiente, pero sin duda sí necesaria, para la aparición y mantenimiento del terrorismo etarra”. Una idea que machaca hasta el oprobio. El penoso libro de Andoni Unzalu Ideas o creencias. Conversaciones con un nacionalista (Editorial Catarata), se afana en la misma cantinela: “El nacionalismo ha otorgado a los militantes de ETA un halo heroico que ha hecho fortuna entre mucha gente que, aunque no esté de acuerdo con el terrorismo, le concede una especie de valor moral.”

El dolor de la victoria contra el terror, que no siente ni reconoce, lleva a Alonso a reprochar de tibieza a medio mundo, hasta el PP de Rajoy y el PSOE. Tampoco Fernando Aramburu y su Patria se libran de la ira de don Rogelio por su contenida narrativa y mencionar solo en una ocasión en la novela, expresamente, al PNV. Como si las novelas, buenas o malas, tuvieran la misión de crear realidad y no fueran, como mucho, reflexiones morales sobre lo humano. Añade a su lista de tibios y cómplices de la no-derrota de ETA a Elkarri y Lokarri, a Daniel Innerarity, a Zapatero y Rubalcaba, al PP de Rajoy por no esforzarse hasta lo imposible por la ilegalización vitalicia de la izquierda abertzale…

Alonso se pone la bata de médico y, como tantos otros, se permite hacer el diagnóstico de que Euskadi es una sociedad enferma, dicho por él, infectado intelectualmente por el prejuicio y emocionalmente por el rencor. En su alucinación, Alonso se cree investido para hablar en nombre de los muertos, “porque se merecen que se escriba la verdad, incómoda en ocasiones, con rigor académico, con honradez y honestidad, sin servidumbres partidistas”. Semejante arrogancia da miedo.

La obsesión del relato El profesor Alonso profesa una gran preocupación por el relato de lo sucedido en Euskadi desde 1968 hasta hoy. Cree que la verdad no debe ser la suma de muchas historias, el testimonio de la gente, una narrativa trasversal con todos los enfoques políticos, no. Tiene que ser el suyo, el de los buenos frente a los malos, el de los españoles frente a los vascos malos españoles. El cuento de la Guardia Civil y la furia.¿Cómo podría consolarse la España decepcionada?

Esa España resentida hubiera querido que el final de ETA trajera consigo la derrota política del nacionalismo, en primer término, el radical. La España triste anhelaba su ilegalización eterna, como los partidos nazis y fascistas están proscritos en Alemania e Italia. Querrían la aniquilación deloque llaman el brazo político de ETA. También les hubiera consolado la humillación pública de sus votantes, su vergüenza y escarnio. Se sentirían ganadores si existiera un clamor contra el silencio y que nadie tuviera dudas, como un dogma sagrado, que la sociedad vasca fue cobarde y que en su mayoría miró para otro lado mientras el terrorismo mataba sin piedad. Hubiera querido que Euskadi se postrara ante el Estado, pidiendo perdón y declarándose culpable del pecado de omisión. También reclaman al PNV el reconocimiento de su patrocinio ideológico de ETA, así como su derrota electoral y el gobierno durante décadas para las fuerzas constitucionalistas a fin de revertir el adoctrinamiento nacionalista.

En suma, querrían un 155 de limpieza de Euskadi para una españolización integral de los rebeldes y un largo sometimiento hasta el fin de los ideales abertzales. ¿Qué fue de aquel proyecto de ley, impulsado por Basagoiti, de otorgar voto en Euskadi a quienes, presuntamente huidos por la presión del terrorismo, estaban ahora empadronados en España?

Nada de esto ha ocurrido y Alonso se entristece en nombre de la España inconforme con la paz alcanzada y que sangra por esa herida. La izquierda abertzale gobierna en muchos municipios, está presente en el Gobierno de Nafarroa, es el segundo partido en votos en la CAV y junto con el PNV constituye el 60% del Parlamento Vasco. La tragedia y sus secuelas van pasando al olvido, respetuosamente. Se hacen pactos trasversales en todas las instituciones, lo que se considera normal. Hay más Euskadi y menos España. Todo esto es la causa de su sentimiento de derrota tras el fin de ETA. A Rogelio Alonso y quienes se ven representados en su opinión solo les queda el frente de las cárceles para cobrarse algún consolador triunfo. ¡Nada de trasladarlos a Euskadi, ni hablar de transferir la competencia de prisiones al Gobierno vasco! Lo de Altsasu y las bárbaras condenas a un puñado de jóvenes por un altercado menor son parte de ese último precio, en diferido, por la venganza no obtenida. Quizás ahora los profesionales del recuerdo obligatorio como Alonso viajen a Catalunya, con sus trastos de odio, a ver qué pueden ganar allí que han perdido aquí.