Historias de... deportistas

Un guerrero sin descanso

Ion Areitio (Foto: Rodríguez)

Ion Areitio, reciente campeón de Europa de biketrial, compagina los entrenamientos con su trabajo en un polideportivo y con las tareas del caserío familiar en Hondarribia

Por Néstor Rodríguez Fotografía Rodríguez - Viernes, 10 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

EL despertador suena a las seis y media de la mañana. Ion Areitio se reconoce dormilón -“me gusta dormir ocho horas”-, pero toca tarea. El reciente campeón de Europa de biketrial tiene otro largo día por delante. El título conquistado el pasado 22 de julio en Suiza supuso una satisfacción y la confirmación no solo de que su preparación va por el camino adecuado, sino que ha dado un paso adelante, pero los labores no perdonan. Porque este hondarribiarra compagina los entrenamientos con su trabajo en el polideportivo de Lesaka y con el cuidado del caserío familiar, Mugarrieta, una labor esta última exigente y que le consume mucho tiempo. “Antes lo llevaba mi abuelo, pero tuvo una enfermedad. Tendría 65 años o así y estaba como un chaval de 35, en pleno apogeo físico, no lo paraba nadie. Tenía 120 cabezas de ganado y de la noche a la mañana se quedó en una silla de ruedas. Así que entre mi madre y sus hermanos se hicieron cargo, esto estaba aquí y había que moverlo”, cuenta el hondarribiarra. Ahora, a sus 26 años, lleva las riendas del caserío y se multiplica para cubrir todas las facetas de su vida. A las 6.30 se pone en marcha, revisa que esté todo en orden en el caserío y se dirige al polideportivo de Lesaka, donde trabaja por las mañanas como monitor y dando clases de spinning -durante el invierno realiza estas labores por la tarde-. Al acabar vuelve a casa, donde come y descansa un rato para coger fuerzas.

A las 15.30 se pone con las tareas del caserío. Areitio suelta a los bueyes de arrastre, “un capricho”. Cuenta: “Quería tener bueyes de arrastre, así que compré dos y los cuido. Se podría decir que son mis mascotas”, se ríe. Luego le toca limpiar una de las cuadras con el tractor y reponer los comederos. “Ahora mismo tenemos 65 cabezas de terneros, además de pollos, gallinas, conejos y cuatro perros”, cuenta. Después toca cortar la hierba. “Físicamente es exigente. Desde hace un tiempo tengo el pulsómetro puesto cuando trabajo -explica-, y hay días que gasto más aquí en el caserío que luego entrenando con la bici de trial”. Hacia las cinco y media de la tarde ya ha terminado sus quehaceres en el caserío. Se quita el pantalón y la camiseta viejos y se pone la ropa de trial: el maillot, el pantalón corto y unas zapatillas nuevas que le ha enviado su patrocinador y que quiere probar. El rato de la merienda, un par de lonchas de jamón con una tostada y una pera, da para recordar sus inicios -“en 1998, con apenas 6 años me apunté a una prueba de trial en Irun, me picó el gusanillo y hasta hoy”-. Desde que se proclamara campeón del mundo en categoría junior en 2010, siempre ha estado entre los mejores. Solo una lesión en la muñeca izquierda, que le hizo pasarse 2015 en blanco y le hizo temer incluso por su futuro deportivo, frenó una trayectoria en la élite mundial. Pero faltaba ese paso que dio hace unas semanas: subirse a lo más alto del podio.

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