Tiempos de represión

Por Koldo Mediavilla - Sábado, 11 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

MUCHAS veces, saber escuchar es más aleccionador que cualquier conversación. Sobre todo cuando quien habla tiene cosas interesantísimas que decir y lo hace ordenadamente y con indudable amenidad. Una de esas experiencias irrepetibles la viví a primeros de semana cuando una noche, buscando el fresco tras una jornada de bochorno, apareció una mujer menuda, nacida en el año 32 del pasado siglo que me demostró de forma clarividente lo que algunos denominan “memoria histórica”.

Alicia, que así se llama la prodigiosa relatora, llegó con dificultad hasta el banco en el que reposábamos una cuadrilla. Encorvada como la vida retorcida que le ha tocado protagonizar pero con un cutis que para sí quisieran muchas mozuelas, entró enseguida en conversación. Educadamente, supo identificarme y centrar mis antepasados en la crónica pretérita de un pueblo que fue mucho antaño y que hoy languidece hacia una despoblación irrefrenable.

Reconocer al personal por direcciones o por apellidos siempre resultó dificultoso en aquel lugar. Más sencillo era centrar los personajes por los apodos con que popularmente eran sentidos. Y es que prácticamente toda la población obedecía a esa cita tribal de apelativos que se heredan de padres a hijos y que difícilmente se conoce mentor. También el colectivo (los hijos-as del pueblo) contó con un sobrenombre que no supe de su origen hasta aquel atardecer;era el llamativo calificativo de matacristos.

Ahí empezó la lección histórica. “Hace muchos, muchos años… -parecía el inicio de un cuento-, el pueblo, que no la iglesia, decidió levantar una ermita en la que venerar al Santo Cristo. Se construyó con piedras de sillería y las vigas que sujetaban la techumbre estaban cuidadosamente labradas. La obra permitió una sobria y hermosa construcción a la que solamente le faltaba la imaginería. Entonces, la corporación municipal, o una representación de ella, se desplazó a la capital en búsqueda de una talla del Todopoderoso que adorar. Encontraron dos. Una correspondía a un Cristo crucificado. Otra representaba a Cristo resucitado. La representación municipal se dividió en las preferencias. Un Cristo muerto o un Cristo vivo. El primer edil rompió el empate. “Mejor un Cristo vivo porque para matarlo ya habrá tiempo”.

A partir de esa anécdota, los habitantes de aquella serranía se quedarían con el sobrenombre de matacristos.

Conocí personalmente aquella ermita. Ya en decadencia, porque lo que era patrimonio del pueblo pasó a ser de la iglesia y su abandono provocó la ruina y el expolio. Como la mayoría de los elementos arquitectónicos o antropológicos que existían en aquellas tierras. Las vigas y las piedras fueron vendidas por un cura que llegó de la mano del “glorioso alzamiento”. Incluso la talla del Cristo estuvo temporalmente desaparecida hasta que la inquietud de la feligresía la hiciera reaparecer en el baptisterio de la parroquia.

El cura fue, sin duda alguna, un actor de primera magnitud en aquellos años de posguerra. “Llegaron los años de la represión. Aquí no hubo guerra. Tras la sublevación caímos en zona nacional y se obligó a los jóvenes muchachos a alistarse en el ejército de Franco. Quienes se resistieron tuvieron que echarse al monte. Tres mozos pretendieron llegar hasta Madrid pero fueron interceptados y fusilados.” Mandaba la Falange y el cura, un presbítero castrense levantisco, impuso su ley. Y sus intereses. No fueron pocos los que sintieron el azote de su sotana.

Aquella mujer que en su juventud glosara poemas y que muchos tildaron de excéntrica en su senectud, relataba sin ira, pero con resarcimiento discursivo, cómo aquel siervo de Dios había acumulado tierras y fincas para la parroquia. “Cuando alguien se encontraba en la frontera de la muerte, el cura se encerraba a solas con el moribundo. Le ofrecía la extrema unción y posteriormente, tras el fallecimiento notificaba que el difunto, en secreto de confesión que nadie podía corroborar, anunciaba la última voluntad del finado de ceder una o unas fincas a la Iglesia que en contrapartida le dedicaría novenas por las almas del purgatorio”.

Así, con tal simpleza de maquinación, se confiscaban bienes con total impunidad. Quien protestaba, quien se oponía, corría el riesgo de ser detenido y encerrado en el calabozo como aconteció en varios casos. Un proceso extremo llevó a un pío familiar de difunto a plantear el caso al obispado pero fue peor el remedio que la enfermedad puesto que el litigio llevó a aquel hombre a ser declarado como “excomulgado” teniendo que acudir en su defensa hasta la curia romana para recobrar su buen nombre y su condición de católico, que no su patrimonio.

Los “años de la represión” dieron mucho de sí por aquel paraje. Dominación, humillaciones, injusticias, confiscaciones. Su huella sigue soterrada, como las fosas comunes en las que los familiares de los desaparecidos siguen buscando a sus seres queridos.

Algunos pretenden olvidar esa brecha y las heridas abiertas que con templanza, argumentos y sin odio nos contó aquella noche Alicia. No fue precisamente un país de las maravillas el que ella recordó. Y es que, incluso antes de que la guerra finalizara, el 1 de abril de 1939, el infausto gobierno del general Franco emitió desde Burgos una ley denominada de “responsabilidades políticas”.

El citado edicto declaraba “la responsabilidad política de las personas, tanto jurídicas como físicas, que desde primero de octubre de mil novecientos treinta y cuatro y antes de dieciocho de julio de mil novecientos treinta y seis, contribuyeron a crear o a agravar la subversión de todo orden de que se hizo víctima a España y de aquellas otras que, a partir de la segunda de dichas fechas, se hayan opuesto o se opongan al Movimiento Nacional con actos concretos o con pasividad grave”.

Como consecuencia de dicha responsabilidad “quedaban fuera de la ley todos los partidos y agrupaciones políticas y sociales… que integraron el llamado Frente Popular, así como los partidos y agrupaciones aliados a este por el simple hecho de serlo, las organizaciones separatistas y todas aquellas que se hayan opuesto al triunfo del Movimiento Nacional”. Las formaciones declaradas “fuera de la ley” “sufrirán la pérdida absoluta de sus derechos de toda clase y la pérdida total de sus bienes. Esos pasarán íntegramente a ser propiedad del Estado quedando confirmadas las incautaciones llevadas a cabo”.

Resulta cuando menos curioso que los que hoy se declaran amnésicos de dicha realidad sean quienes en mayores casos de corrupción política se han visto envueltos. Los mismos que reclaman endurecer las leyes para penalizar los referéndums “ilegales”. Los que promueven la prisión permanente revisable o amenazan al gobierno con salir a la calle por aplicar la legalidad en materia de política penitenciaria. Es como una amenaza de retorno al pasado.

No es baladí el giro a la derecha que está promoviendo el nuevo presidente del Partido Popular que también amenaza ahora con ilegalizar a las formaciones independentistas. Él -Pablo Casado- acaba de afirmar en relación a la posible exhumación de Franco que los restos del dictador “no merecen convertirse en un debate divisorio” y que “es mejor pensar en lo que tiene que pasar en España dentro de 40 años que no en lo que pasó hace 80”.

Decía al principio de este escrito la importancia de saber escuchar. De respetar las opciones y las ideas de los demás. Percibir las diferencias, los matices para construir un diálogo próspero que ejercite la convivencia.

Todos los indicios apuntan a que la nueva clase dirigente del Partido Popular no está por la labor de progresar por dicho sendero.

Las declaraciones del propio Casado;de su portavoz, Dolores de Monserrat, o de Javier Maroto auguran tiempos de batalla dialéctica y política de difícil conciliación.

Alicia, la octogenaria que motivó mi reflexión, solo pedía una cosa al futuro;que no se volvieran a las peleas, al enfrentamiento de antaño. Que no se olvidara lo ocurrido y que se recuperara la verdad para que nunca más volvieran los “tiempos de represión” y de sufrimiento.