OPINIÓN

La cárcel concordatoria de Zamora

Por Juan Mari Zulaika - Lunes, 13 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

EL año 1968 fue histórico también en Euskadi. La resistencia a la dictadura arreció sobremanera en la última década del franquismo: pujante movimiento obrero, sonadas huelgas, represión generalizada. El clero vasco no faltó a esta cita, protagonizando múltiples actuaciones, como encerronas con huelga de hambre. Volvía a estar en el punto de mira del dictador Franco.

En mayo de 1960, 339 sacerdotes suscribieron un importante documento contra la falta de libertades y las torturas del régimen. Una manifestación de sotanas negras recorrió las calles de Bilbao en 1967 en solidaridad con la huelga de Bandas. Proliferaron las protestas. El Aberri Eguna en Donostia y un 1 de Mayo fuera de serie ocasionaron la detención de varios sacerdotes junto a numerosos civiles. La campaña de misas por la muerte de Etxebarrieta supuso otra movilización impresionante por todos los pueblos. En la de Eibar, dos sacerdotes sufrieron malos tratos y su ingreso en Martutene, pasando del Concordato. Por otro lado, el peregrinaje de visitas al sacerdote recluido en el monasterio de Dueñas hizo fracasar la única modalidad de prisión que permitía el Concordato, por lo que el Gobierno se vio obligado a buscar otra salida a la masa de curas conflictivos. Se incrementaron los procesos y las multas que se pagaban con cárcel.

El 22 de julio abrió en Zamora la Cárcel Concordataria para sacerdotes, caso único en el mundo. El objetivo era evitar juntarlos con el resto de presos políticos y reprimirlos con igual o mayor saña. No les importó retorcer las bases del Concordato. La Iglesia se plegó al dictador una vez más. Ese año ingresaron en ella catorce, hasta alcanzar la cifra de 53 en tres años.

Los sacerdotes, llamados rojo-separatistas, fueron presos discriminados de un Concordato que repudiaban, víctimas de la complicidad entre la dictadura y la Iglesia. Con alguna modificación, en 1979 a cuenta de la Constitución, todavía hoy rige ese Concordato del nacional catolicismo que Franco selló con el Vaticano en 1951, emulando los de la Alemania nazi y el de la Italia fascista. A cambio de privilegios, Franco se aseguró el vasallaje de la Iglesia, reservándose el derecho a designar obispos y jerarquía.

Los presos de la Concordataria la combatieron desde el principio, exigiendo el traslado a cárceles con presos políticos civiles. Hubo quien se secularizó por esta razón. Nada extraño que sus últimos seis moradores en 1973, le prendieran fuego en protesta, aunque les acarreara meses de celda. La abandonaron en 1975. Hoy, la Concordataria se encuentra en ruinas, pero no así el Concordato que contradice los principios de un Estado laico, manteniendo aliada a la Iglesia.

No fue una cárcel de privilegio, sino una de las peores de la época. Aunque en odioso apartheid, los curas de Zamora tuvimos el honor de formar parte del amplio conjunto de combatientes represaliados, o sea, presos políticos. Extrañamente, este colectivo no ha tenido aún el reconocimiento del actual Gobierno vasco. Sus decretos por la Paz y la Convivencia silencian este capítulo de la represión. ¡Incomprensible!

La detención empezaba en los cuarteles, donde la tortura campaba a sus anchas. También los sacerdotes la sufrieron, como ilustra el libro Abadeek ere Torturatuak. La cifra de veinte podría duplicarse o triplicarse. Tampoco los tribunales fueron más benignos. De los 53 sacerdotes presos de Zamora, 21 sufrieron juicios sumarísimos, como el de Burgos y diez, los tribunales de Orden Público. Una huelga de hambre se penó con diez y doce años de cárcel;una hoja clandestina, con diez años;la simple pertenencia a ETA, con cincuenta años. Cualquiera que fuese el motivo se te acusaba de rebelión militar, como todavía hoy la justicia española en el caso de los independentistas catalanes, o de terrorismo a los jóvenes de Altsasu.

Indignados por la impunidad que ampara los crímenes del franquismo, veinte de los sacerdotes represaliados han suscrito con la ayuda de la Asociación Goldatu, junto a centenares de víctimas, la Querella Argentina incoada por la juez María Servini de Cubría en la Corte Suprema de Buenos Aires contra dichos crímenes. La transición española ha sido un fraude;ha servido para mantener un bipartidismo refractario a cualquier cambio y exculpar los delitos del Régimen.

Han mantenido los tres pilares -el Concordato, la monarquía y la Ley de la Amnistía como punto final-, preconstitucionales los tres, pero ligados a la Constitución nacida entre sables. El nuevo Gobierno socialista alardea de diálogo y lanza atractivas propuestas en todas direcciones, a la vez que los declara intocables. Los considera como la garantía de la legalidad constitucional, en el fondo, de la unidad española, que es la suprema aspiración de la España que perdió las colonias. Pero, ¿qué diálogo cabe esperar de quienes encarcelan y suspenden de función a los consellers democráticamente elegidos del Parlament catalán? Testigos de la engañosa transición, no toleramos más la corrupción general, la progresiva involución y la justicia intervenida por el poder ejecutivo y represivo del bipartidismo cómplice. ¡Ya vale!

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