17-VIII-17, los atentados que nunca debieron ocurrir

Por José Luis Úriz - Viernes, 17 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

EL 17 de agosto de 2017 se produjo el atentado de Las Ramblas de Barcelona. Consecuencia del mismo se produjeron 17 fallecidos, quince en el mismo instante, más otra persona herida que falleció diez días después y a quien el terrorista robó su coche para la huida. 17, una cifra maldita, día 17, del año 17 con 17 muertos.

Posteriormente en Cambrils siguió la orgía asesina la madrugada del día siguiente. Dos fechas negras para Catalunya y España que dejaron familias quebradas, las de los asesinados, pero también las de los asesinos. Porque a veces en el fragor del impacto y la indignación olvidamos injustamente este hecho.

¿Cómo quedaron después de conocer lo que sus allegados hicieron a esas gentes? Probablemente doblemente doloridas, con la vergüenza y el dolor. A veces se escribe la parte de la historia de quienes fueron víctimas inocentes, lógico, pero olvidamos situarnos también en el lugar de los próximos a los victimarios. Creo que este podría ser un ejercicio muy sano para los sentimientos y el análisis. Una catarsis sanadora socialmente.

Conviene también recordar que estos hechos se produjeron en plena confrontación entre el Gobierno central y la Generalitat, que trajo como consecuencia la batalla dialéctica posterior sobre las responsabilidades en las que pudiera haber incurrido cada cual.

Aquellos rifirrafes resultaron lamentables, como lo son los que a pocos días del primer aniversario se vuelven a reproducir.

¿Hubo responsabilidad y/o negligencia? Parece evidente que sí. ¿De quién o quiénes? El levantamiento del secreto del sumario deja al aire las vergüenzas de las policías de ambos lados, de los servicios de información o, lo que resultaría aún más grave, que la falta de conexión, de colaboración pudieran haber sido, por no haberlo evitado, los causantes de aquel atroz crimen.

Resulta evidente que la responsabilidad final es siempre de los asesinos, de los terroristas, pero no se puede, no se debe esconder la cabeza debajo del ala, o como en el rugby echar la pelota a seguir, que sea otro el que la recepcione ante tu propia incompetencia para hacerlo.

¿Sirve para algo echarse la culpa uno a otro? ¿Devolverá la vida a esas 17 personas conocer quién falló? Indudablemente no, pero sería bueno que ambas partes se pudieran al menos poner de acuerdo para evitar un nuevo caso en el futuro. Que aprendieran que colaborar no solo es un deber, sino que es una obligación que deben a las sociedades que dicen proteger.

Ahora llega este aniversario y nuevamente afloran los errores políticos que afectan a los humanos, en especial a las víctimas. Que si el rey no es bienvenido, que si el homenaje a quien entonces dirigía los Mossos d’Esquadra, que si Òmnium, ANC, CUP dicen o dejan de decir... Bla, bla, bla.

Produce pena y al mismo tiempo asco esta ceremonia de la confusión, ese intento asqueroso de intentar pescar en río revuelto. Lo que debería ser un acto de homenaje, de apoyo, de solidaridad con las víctimas corre el peligro de convertirse en una continuación de las reyertas palaciegas.

Aún queda tiempo para recuperar el sentido común, que cada vez más resulta ser el menos común de los sentidos. De aparcar para el día después esas cuitas mediocres, de tener generosidad y estar a la altura de lo que la inmensa mayoría de la sociedad demanda.

Quizás sería bueno que volvieran a escuchar y ver, aquella alocución memorable que la periodista ahora defenestrada Gemma Nierga, pronunció precisamente en Barcelona después de la histórica manifestación de repulsa ante el asesinato de Ernest Lluch a manos de ETA.

“Estoy convencida de que Ernest, hasta con la persona que lo mató, habría intentado dialogar. Ustedes que pueden, dialoguen, por favor”

Sánchez, Torra, Gobierno del Estado, Generalitat: dialoguen y eviten ese día cualquier signo de tensión y desavenencia. Se lo deben a las víctimas, a la sociedad catalana y española, nos lo deben.

En temas de seguridad ciudadana, en temas de terrorismo no caben bajezas, no se necesitan peleas barriobajeras. Se necesita aparcar las diferencias y buscar la colaboración, las acciones conjuntas que garanticen la máxima eficacia, el máximo de seguridad para la ciudadanía.

Lamentablemente se observa demasiado relumbrón. Entre las ausencias, aunque no haya aclarado las razones, la sensatez de un Iñigo Urkullu ejemplar en cada movimiento. Ojalá el Gobierno Central y la Generalitat le sigan los pasos y al menos en este tema fundamental sepan dar la talla ese día, evitando que de nuevo se dé una imagen deplorable.

Quienes hace un año fallecieron ese día, su memoria, sus allegados y ambas sociedades se lo merecen.

Veremos…

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