Historias de... dantzaris

La fiesta en sus pies.

Cuando nació Beti Jai Alai, hace 50 años, ellos -no Mikel, a tí no te meto- ni habían nacido. Pero estos dantzaris llevan el grupo metido en su ADN y siempre nos ponen en danza

Por Concha Lago Fotografía Borja López - Domingo, 19 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

HAY quien nace con un don innato y estos chavales -y no tan chavales- lo hicieron para encontrarse con la danza y la cultura euskaldun y no separarse de ellas. Pero aunque la tradición tire fuerte, ellos siempre ponen la fiesta en danza porque “ser jaranero y jaiero es condición imprescindible para ser dantzari del Beti Jai Alai”, explica Alfonso Larrazabal, 20 años de baile en sus pies. “Para estar en el grupo tiene que gustarte la salsilla, el ambiente y todo lo que rodea a la fiesta”, corrobora Eneko Ibarrondo, 40 años de nada, y 36 en el grupo. “Es que era muy pequeñito cuando empecé”, se excusa. Ellos son los veteranos y llevan la batuta de las explicaciones. “Estamos en esto porque nos gusta, nos lo han inculcado desde pequeños y sobre todo porque queremos que perduren las tradiciones”, añaden.

Amaia Arranz reconoce que sus aitas no bailaban “pero siempre se han sentido muy identificados con la cultura euskaldun y por eso me metieron en dantza. Además aquí el ambiente es inmejorable”, asegura tras ocho años en el Jai Alai. Ella tiene 25, justo la mitad de los que ha cumplido este grupo surgido en Basurto y que se ha convertido, a través de la danza y la música, en todo un referente de la tradición euskaldun. Porque en este caso la tradición es lo moderno, tal y como evidencia Alain de Gainza que, pese a llevar solo tres años en el mundillo, lo siente como su segunda familia. “Es increíble el buen ambiente que hay aquí”, señala. Por eso, en lugar de dedicarse a los videojuegos hace dantza, igual que Imanol Santiugarte, otro amante del folclore que este año ya cumple doce bailando. Y es que el Beti Jai Alai es uno de los decanos del panorama cultural vasco y el referente ineludible cuando hablamos de la celebración del 15 de agosto. Para ellos, tan importante como la enseñanza de las danzas vascas ha sido la labor de investigación sobre piezas que estaban perdidas, con el objetivo de reflejarlas de manera fidedigna. Por eso, están particularmente satisfechos de haber dado cuerpo a la ezpata-dantza de Begoña. En un día como el de la Asunción, donde se convierten en el centro de todas las miradas, los nervios no deben aparecer. Se lo preguntamos a la benjamina, Izaro Artetxe, de catorce años. “Eso depende de la persona, hay una que se pone siempre muy nerviosa, pero yo no”. Eso tampoco significa que hayan dormido como lirones. “Bueno es que ahora tocan fiestas de muchos pueblos y nosotros combinamos la devoción por las danzas con nuestra vida familiar y las parrandas personales”, dice Larrazabal, llevando la voz cantante. Se suma a la sección de veteranos de esta formación de cerca de 150 personas, Mikel Atxa, que asiente, vestido de alcalde.

Como el Beti Jai Alai siempre ha sido un punto de encuentro para difundir y dar a conocer la cultura vasca, “organizamos salidas, hacemos comidas y cenas de hermandad y hemos hecho viajes al extranjero como Polonia, Hungria, Cerdeña... Cuando se puede, salimos porque eso crea lazos y nos permite enseñar la cultura de Euskal Herria fuera de nuestras fronteras”. Se muestran además encantados de acudir a todas fiestas populares a las que son invitados. “¿Qué si nos pagan algo? Pues claro, hay unos gastos de mantenimiento, tenemos un local, hay que pagar la ropa, mejorar equipos y hacer una serie de inversiones”, remata Larrazabal.