Leer en verano

Por Gabriel Mª Otalora - Domingo, 19 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

QUE me perdonen las personas que trabajan en hostelería o quienes, desgraciadamente, no pueden disfrutar en este tiempo de vacaciones, pero la estación veraniega es un tiempo de menor intensidad para la mayoría de nosotros. Se respira otro ritmo, afortunadamente, y todavía quedan semanas por delante. Es el tiempo propicio para rescatar lecturas e ilusionarse con autores a los que teníamos pendientes de disfrutar con sus textos porque la sesudez del resto del año nos lo impide.

La lectura es un hábito que se educa y ayuda a pensar, pero también a viajar y soñar. Fue Jorge Luis Borges el que dijo que el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación, un sueño dirigido;y todos tenemos acceso a los libros y a los sueños. Cuando el niño todavía no sabe leer, tenemos el eterno recurso de los cuentos y cómics con los que empezar a familiarizarle con la lectura a través de formatos especiales, colores y dibujos que le ayudan a que pueda experimentar el aprendizaje sin que esté reñido con el disfrute, sabiendo que los posos de la lectura conforman algunas actitudes.

Me hace ilusión cuando me entero de que la venta de la literatura infantil en papel crece, compitiendo con la oferta sobreestimulante de los Ipads e Ipods, videoconsolas, ordenadores, móviles con aplicaciones y mensajes capaces de engancharnos a todos. Y con la omnipresente televisión que emboba una barbaridad. El soporte digital -ebook incluido- amenaza con desplazar al papel. Todo ello dificulta el atractivo de la lectura en los más pequeños y en quienes han dejado de serlo.

Yo también soy padre y entiendo perfectamente que los hijos se familiaricen con las nuevas tecnologías. Pero no comparto que esto suponga un aval para romper con la cultura de la lectura. La adaptación no es cosa nueva: Sócrates ya veía en la palabra escrita un peligro para la oratoria y la memoria. A medida que se extendía su hábito, la vista perdía facultades. Pese a todo, la actividad de leer ha supuesto un enorme avance y un reto para el cerebro gracias a que la lectura de textos impresos permite concentrarse más, “ver” y sentir, recordar mejor lo que se ha leído. Algunas investigaciones apuntan a que el papel tiene ventajas como las referencias visuales y el uso de ilustraciones, que ayuda a recordar lo leído. Además, se recicla ecológicamente. Pero parece contrastado que el soporte digital facilita la lectura a niños con dislexia además de que permite jugar con el tamaño de las letras a las personas con deficiencias en la vista. El único reparo que encuentro al libro en papel es que el tamaño sí importa a medida que crece el volumen de nuestra biblioteca.

La lectura como cultura debiera potenciarse con más entusiasmo y persistencia como fuente que es de saber y gozar ¿A quién no le seduce la idea de introducirse en una realidad paralela que amplíe nuestras posibilidades y aumente nuestro bienestar? No olvidemos que el hábito de leer satisface una profunda querencia psicológica que ha jugado un papel clave en la evolución: la necesidad de pertenecer a un grupo, cosa que ocurre cada vez que somos llevados a otra realidad y con un lenguaje distinto al contexto que nos rodea.

Es cierto que en verano leemos en un contexto más tranquilo y aparentemente con mayor superficialidad, pero en el fondo, la actitud interior cambia poco: buscamos lo mismo todo el año, solo que en estas fechas contamos con más tiempo para abrirnos a la lectura de temas que nos reconforten con alternativas constructivas, alegres, emocionantes, sorprendentes, ingeniosas... El verano es tiempo propicio para soñar más, y como no dejamos de pensar ni leyendo, deberíamos aprovechar para hacernos preguntas sobre los temas que nos gustan e interesan. Al fin y al cabo, un libro es una forma de creatividad también para el lector.

Parece difícil no encontrar el que nos llene, sabiendo que tiempo tenemos para lo que queremos, y con tantos libros y tan variados que ofrecen sus historias y conocimientos. Leer para vivir, en expresión de Flaubert, en lo que resta de verano, a gusto con nosotros mismos, en silencio. Qué gozada.

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