Las corridas de toros Garapullos

El escalofrío de dejarse la piel jugándose el pellejo

Momento en que ‘Portero’ hirió a Saul Fortes en Vista Alegre. (Juan Lazkano)

La mano izquierda del debutante Álvaro Lorenzo crujió en Vista Alegre Escribano y Fortes se fajaron ante seis ‘vitorinos’ de intensos fuegos

Jon Mujika - Lunes, 20 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

BILBAO. Arrastrando los pies, Manuel Escribano llegó al estribo y se dejó caer, derrengado, para sentarse al arrullo del olivo mientras veía a Platudo hincar la rodilla, el muy cabrón. Como dicen que hizo Mohamad Alí en aquel tremebundo combate frente de Joe Frazier, el duro y legendario Thrilla in Manila, el suspense en estado puro. Tres largas cambiadas, incluida la de portagayola (fue hacia la puerta de toriles como quien busca un café en la Gran Vía, sin darse importancia alguna...) y un hermoso desperezarse a la verónica;un tercio de banderillas con un tercer par propio de la silla eléctrica y el duro cara a cara, casi a puños desnudos, entre el hombre y el toro, entre Paquito lanzándose en pos de la carne y Escribano mirándole a los ojos a la bestia parda del vitorino que le buscaba con bárbara saña. Le volteó el animal hasta hacerle besar la lona de arena. Sin enmienda frente a los cabezazos enloquecidos, Escribano se puso en pie y siguió en la refriega, entregándose en cada muletazo ante los gañafones que llovían a diestro y siniestro. Vista Alegre miraba atónita. Y mientras los tendidos pedían el “déjalo ya” en cada lance se estremecían con el siguiente. Era la emoción que embriaga y te empuja a cerrar un ojo y mantener el otro bien abierto. El borrón de la espada fue el que desarmó al inquebrantable Manuel, a quien Vista Alegre obligó a dar una vuelta al ruedo de plata de ley. Mereció que uno de aquellos poetas de tiempo atrás le compusiese un cantar de gestas.

Cada cual anduvo por la tarde con su poderes y sus circunstancias: algunos vitorinos como el ya citado cuarto y el quinto que hirió a Fortes en otra faena de entrega con un animal que no pasaba, esperándole en la esquina del callejón para hacer sangre, o el gran Soberbio del que más tarde daremos noticia;Escribano, ya dije, hecho un Prometeo que quiso robarle el fuego de la gloria a los tempestuosos dioses-toro (el encierro de Albaserrada tuvo matices de alto interés...);el propio Fortes con su verdad por delante, plantado sin doblegarse pese a rodearse de infiernos y Álvaro Lorenzo, el debutante, con esa extraña condición de torero mitológico, con alma juvenil e intrépida, cabeza de científico de la NASA y mano izquierda de Miguel Ángel para tallar naturales de hermosas parábolas.

Soberbio fue la oveja blanca de un rebaño de ovejas negras. Antes de su aparición -fue el tercero de la tarde...- para alegría de Lorenzo, a Escribano se le fue entre cuidados la honda embestida del toro que abrió plaza, con tan profundo pitón zurdo como fuerzas menguantes. A Patudo le faltaban horas de gimnasio. Fortes se rebozó en la harina de sangre de su primer toro, Milhijas, humillador, sí, pero mal bailarín en el tango de las embestidas. Soberbio, decía. Y ante él la juventud sabia de Álvaro. Con la mano diestra gobernanta, poderosa y los naturales al hilván (ya sin música, en silencio, brotaron los más frescos...), Lorenzo entendió, con temple e inteligencia, la transmisiones y recorridos del toro. La oreja de su presentación tuvo vuelo, vaya que si lo tuvo. Entender a un vitorino, por mucho bueno que traiga, es tarea propia de traductores de Bruselas.

Más complicado aún era la lengua del toro que cerraba plaza. Los secretos de Platudo parecían encriptados, solo al alcance de los hackers más avezados. Álvaro le esperó con santa paciencia, estudiándole cada tranco. Así fue hasta que descubrió que llevaba a cuestas un codicioso pitón izquierdo, aun a trompicones. Gotearon, entonces, como fragancias de Chanel, los naturales. Profundos, arrebatados y coreados por los tendidos, sin música de la banda que los cantase. Quizás porque la banda sonora de la tarde pedía otra partitura, la de aquel corrido mexicano que decía “Ese toro no es de aquí, es del Rancho La Parota, no más ha venido aquí a ver qué macho le brota.” Todos brotaron.

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