lA MÚSICA DE LA NOCHE

Deseos y pasiones compartidas

El grupo de Francis Díez se alió con la banda de música de Bilbao en un concierto al que le sobró control y le faltó provocación

Andrés Portero - Martes, 21 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

BILBAO. Los deseos no deben reprimirse, sino vivirlos y agotarlos. Lo dijo Henry Miller y lo ha corroborado Doctor Deseo en más de tres décadas de canciones ligadas íntimamente a Bilbao. ¿Y qué hay más bilbaino que su Banda Municipal, “la mejor del mundo”, según el vocalista del grupo? Con estos mimbres, la asociación entre ambas formaciones parecía cantada. Aste Nagusia propició el encuentro, seguido por unas frías nueve mil personas y al que le sobró control y le faltó corazón y provocación. Tu noche con la Banda y el deseo, una velada ansiada por Francis y prevista como “mágica y especial”, se quedó a medias. La Banda de Bilbao, que ya había acompañado a Kepa Junquera, Oskorri, Sole Jiménez, Serafín Zubiri o Urko, puso todo de su parte, pero unos arreglos solo perceptibles en las introducciones y las fugas restaron emoción a una cita en la que la novedad, la exigencia, los nervios y el deseo de control para evitar el error sumaron tanto como la emoción, la pasión y el corazón.

El público, entre respetuoso y frío, tampoco contribuyó a elevar el tono de la velada. Variopinto y más maduro que el que acude habitualmente a sus conciertos, recibió indiferente sendos tributos de la banda a Leonard Bernstein y Serge Gainsbourg. El escenario, que estaba superpoblado como la primera línea de playa en una ola de calor, se agitó con la salida del grupo.

Liga al muslo

Dos rombos cabareteros palpitantes de luz, al modo de los que advertían del contenido subido de tono de las películas en el franquismo, presidían el escenario, de cuyo micrófono (con boa roja en su pie) se adueñó rápido Francis, con su sombrero, la liga al muslo, gafas y guante negro de encaje recortado en los dedos. No pudo tener mejor introducción que el explícito Je t’aime, moi non plus, y mejor continuidad que Una mirada distinta, anuncio de lo que se avecinaba al aportar nuevos aires a sus reconocibles canciones.

En dos versiones Francis proponía “respirar y transformar”, y Txanpi, al frente de su demoledora batería, le dio pista en Pequeños héroes, la primera canción en la que el sexteto hizo de sí mismo, sin ayuda de la banda. Le siguió la rockera Olas y naufragios y la sexual De chocolate y vainilla, un tributo explícito a la mujer y a su curiosidad en la que se confirmó el papel principal del enloquecido saxofón de Joe González, cada vez más protagonista, y de unos coros stonianos.

“Nómadas de lo prohibido, buscando placer en cada esquina de tu piel”, cantaba Francis, cerveza en mano y dibujando el paraíso con la punta de su lengua ante la cara de palo del flautista de la banda situado tras él. Adiós, nuevamente con la banda reforzando su ritmo de vals, trajo uno de los momentos más emocionantes de la noche. “Va por ti”, le dedicó a su aita fallecido, a punto de romperse, ya boa al cuello. La Banda de Bilbao ofreció una de sus aportaciones más destacadas en Cuánto frío hace en Saturno, con una magnífica introducción compartida con Joe. “!Qué buenos son, los mejores del mundo!”, alabó el vocalista antes de que los maestros volvieran a hacerse notar en los arreglos épicos de Que amanece de nuevo, enriquecida con la garganta de María. Girando y girando en la noche, la cuota euskaldun de Nire monstrua y la urgencia de Busco en tus labios nos dejaron al grupo más reconocible y kamikaze.

El final compartido llegó con la aclamada Corazón de tango (cambió el verso “tú, mi droga más dura” por “tú, me la pones dura”) y los arreglos cinemáticos de De nuevo en tus brazos, reivindicando a Bilbao, hasta en la muerte.

Francis, con el carmín y la purpurina ya corridos y reivindicando la fragilidad y la ternura, supo imprimir verdad a Abrázame (literal y vocalmente con María) y a La chica del batzoki, con aires de rock, pasodoble y una cita a Módulos. De regalo, otra declaración de principios con Soñar, desear y atreverse. Ellos solos, sin partituras, quemándose para renacer y sin la dictadura del pentagrama y las partituras. Sin bridas, solo corazón.