La corrida de toros Garapullos

Oleaje en la complicada conquista de los océanos

Adame se luce con el capote sobre el albero negro de Vista Alegre. (José Mari Martínez)

El florido capote de Adame y la estampa de los Torrestrella vieron la luz
Román anduvo con intermitencias y Gonzalo Caballero cayó en tinieblas

Jon Mujika - Martes, 21 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

BILBAO. Es una ancestral ley que bien conocen los viejos lobos de mar: sólo conquistarás nuevos océanos si pierdes de vista la costa. No eran los tres diestros de ayer hombres zafados en mil y un navegaciones, marinos que hayan doblado el estrecho de Magallanes o el cabo de Hornos del toreo;a lo sumo, grumetes u oficiales de primer año. No fueron los Torrestrellas de ayer, una tempestad desatada por los infiernos. Trajeron oleaje el arreón de las mareas vivas entre sus astas, eso sí. No fueron un mar bravío, desatado de clase o entrega pero si que fueron feroces, ágiles y prestos a la acometida.

¿Estaban llamados los tres timoneles de la tarde a sortear con pericia las escolleras y ganar el mar adentro de las faenas sensibles o cuanto menos cabales...? Muchos de ellos no. La arboladura de los Torrestrella, una ola que se agiganta y la mar calma de repente;los vientos del norte que alborotaron, por ejemplo, los comienzos de la primera faena de Román. El toro miraba con unos ojos que... A estribor (por la derecha, hombres y mujeres de tierra adentro....), el toro era una barrabás. Román se expuso. Se plantó con los pies firmes pero con su gallardo gesto apenas pudo enderezar el navío. El toro no se entregaba, lo que ya era malo: lo que querìa era que tú te rindieses, No lo hizo Román y se lanzó tras la espada con saña, saliendo prendido y volteado. Incluso en su postrera hora quiso el animal hacer sangre. Ya en cuarto, el diestro equivó sus lecturas de las cartas de navegación. Apostó de salida por el sur pero allí no soplaba una brizna de viento. Fueron tres tandas de calma chicha hasta que Román puso rumbo al norte de la derecha y encontró, ahí sí, una corriente firme y encadenada. Pero Jardinero ya no era lo que prometía. La batalla naval ya estaba perdida. Se fue hacia otros puertos de refugio sin perder las naves.

¡Qué doloroso trance, cuántas fatigas! A Gonzalo Caballero le vino grande la travesía desde las primeras millas. Barbadura, su primer toro, era pura electricidad, una tormenta de rayos a mar abierto sobre la arena y el hombre sintió com la noche le cayó encima de repente. El bronco torrestrella era una tipo duro, uno de esos que encienden los fósforos rozándolos con sus mejillas. A cada arremetida -era intenso y feroz el animal, no ha de negarse...- a Gonzalo Caballero se le notaban la falta de tablas. Uno diría que entre apuros y apuros incluso clareó la tez blanca. Ahí se vio la ternura. Sí, Caballero estuvo tierno: tanto que el toro estuvo en un tris de comérselo crudo, como un bocado de shusi. Más sereno ante el quinto, bastó una fea colada al natural para que el diestro dudase tras un amanecer de muletazos que habían aprovechado las inercias del toro. En el caos, la desgracia llegó cuando se le salió el hombro al matar para volver, poco despues, con todo enderezado y hacerlo de fea forma y casi sin decoro: en mangas de camisa. Vista Alegre le condenó a galeras.

El galleo por chicuelinas de Luis David Adame, las espectaculares lopecinas, el uso de los vuelos del capote como si lo guiase un águila desató una ola de aleluyas. De repente llegaba el canto del gallo entre cacareos. Todo ocurrió ante Pelolargo, un toro jipi y hermoso de Álvaro Domecq (a la conclusión de la tarde saludó desde el callejón el ganadero...) con franqueza y repetición en su embestidas. Cambiados de espalda para las primeras luces y un hatajo de derechazos frescos que se marchitaron un punto por la izquierda. Luis David le esperó en la muerte al toro. El diestro desplegó de nuevo sus telas (caleserinas ahora cuando antes fueron navarras, todo un ajuar...) en el sexto y se aprestó a la conquista de las aguas. No quiso mirar atrás. Pero Tocón fue un océano defensivo de bella planta. Y ahí se le aguó la fiesta. Se quedó sin horizonte.

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