DE QUÉ SE HABLÓ EN ASTE NAGUSIA 1997...

Una canción de amor para la reina

Todo eran preguntas: ¿qué sería de nosotros con aquel museo que iba a marcar el futuro de Bilbao?;qué sería de Lady Di, tan atosigada por los ‘paparazzis’

Un reportaje de Jon Mujika - Martes, 21 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

LAS crónicas de la época hablaban de la nueva sala de Bilborock pero aquel año hubo una banda sonora inevitable, el auténtico trending topic de Aste Nagusia en las radios, en los altavoces de las txosnas, en las cabezas de los protagonistas de las fiestas. En aquel año, durante aquel 1997, nació una melodía compuesta por Kepa Junkera, que bajo el nombre de Badator Marijaia, sonaba como una canción de amor para la reina de las fiestas. Mientras triunfaba el “Mari, Mari, Marijaia dator…” en la calle se hablaba de una princesa, de la princesa del pueblo cuyo cuento de hadas se había roto en mil pedazos. Diana Spencer, Lady Di para la calle, había tocado los corazones de los vecinos de Carnaby Street y de los habitantes, qué sé yo, de Iturribide, y su divorcio del príncipe Carlos de Inglaterra era la comidilla. La historia de una princesa destronada era el pan nuestro de cada día en el patio de vecinos de los chascarrillos. Que si le han visto a él con una aristócrata, que si ella ha llorado en público, que si la reina Elisabeth no puede ni verla… Nadie esperaba que tres o cuatro días después de que se quemase Marijaia en el fin de fiestas Lady Di pasase al álbum de las leyendas de forma tan trágica.

¿Se acuerdan, verdad? Un restaurante en París y los paparazzis esperándole en el exterior. Era la noche del 31 de agosto de 1997 y Diana, princesa de Gales, salió a escape. En la persecución, el piloto perdió el control del automóvil después de acelerar para evadir a los paparazzi en el interior del Puente del Alma de la ciudad del Sena. Junto a ella fallecieron también su compañero, Dodi Al-Fayed, y su chófer Henri Paul. Aquella muerte, aún hoy, sigue llena de misterio. Ya en los primeros días el periódico dominical The People se preguntó ¿muerte o asesinato? por parte de la familia real británica y el Servicio Secreto británico.

Bajemos de la nube cárdena de las desgracias hasta el suelo de las diversiones. Porque aquel año también se habló, y acuérdense cómo y cuánto se habló, de Airbag, el ingenioso esperpento filmado en 1997 por Juanma Bajo Ulloa. La película trajo consigo un mundo descacharrante, algo similar a lo que imaginaban los usuarios de Aste Nagusia cuando veían aquel esqueleto de un cetáceo varado junto a la ría. ¿Cuál? El 18 de octubre de ese mismo 1997 se inauguró el Museo Guggenheim. Con el paso del tiempo sería aquel el año en que cambió la vida de Bilbao. Una gran mayoría de los celebrantes tenían puestas muchas dudas sobre la viabilidad del órdago a mayor lanzado por Bilbao como apuesta de futuro. Miraban aquellas placas de titanio y aquella piedra caliza que tan difícil fue de encontrar (al final se logró en la granadina Huéscar...), piedra de un color similar a la que se utilizó para construir la Universidad de Deusto y pensaban: ¿Hasta dónde nos llevará esto?, ¿merece la pena el esfuerzo?

Ese fue uno de los grandes debates en los espacios festivos, donde aplastaban los contrarios con considerable mayoría. El Bilbao moribundo de la industria había apostado por la cultura para ponerse de nuevo en pie. ¿Era posible algo así? En agosto, cuando ya se veían las formas y el brillo del metal en algunas zonas, quizás los partidarios fuesen un poco más optimistas, no hay que negarlo. Pero nadie, nadie de los disfrutones de aquel año podían pensar lo que luego se nos vino encima con este revolucionario museo. ¿En qué cabeza cabía algo así?

Todo parecía una moneda al aire y Aste Nagusia parecía el sumidero por el que se iban a ir los desahogos mientras el pueblo cantaba a su reina, una monarca más amable que la mismísima Isabel de Inglaterra y más flexible que aquel cetáceo de titanio a cuyo caparazón miraba el pueblo con intriga. No puede decirse que Bilbao fuese una tierra feliz aquellos días cargados con litros y litros de incertidumbre, claro que no. Pero sí que tras una reconversión industrial que había provocado auténticas batallas campales, el haz de luz de la esperanza se colaba por las rendijas. No lo sabíamos a ciencia cierta por aquel entonces, pero a Bilbao le faltaba poco, muy poco, para recuperar su perdida. Digamos que aquella Aste Nagusia fue un ensayo general para la felicidad. No lo sabíamos pero sí.