Tribuna abierta

Foro Social y memoria

Por Joxan Rekondo - Martes, 21 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

sI nos preguntáramos cuál de las demandas de la actual agenda de la paz podría resultarnos más útil de cara al futuro, muchos contestaríamos que lo importante es afianzar una memoria bajo la que pudieran instruirse las nuevas generaciones de vascos. Memoria que habría de ser democrática, ya que en ella deberían tener un lugar de honor las luchas democráticas contra todas las formas de intimidación y terror que han buscado obstruir el proceso político vasco.

La indiferencia por constituir tal memoria sería un fracaso, un signo claro de renuncia colectiva al aprendizaje democrático. De producirse este escenario, lo que se mostraría sería además un estado de resignación social ante la violencia injusta que hemos padecido y una injustificable dejación ante la obligación de reparar los sufrimientos provocados por el sectarismo violento. Desde mi punto de vista, carecería de sentido llamar memoria a algo que no transmite ninguna enseñanza moral ni interpela a la conciencia colectiva de la sociedad.

Creo que el llamado Foro Social Permanente no se mueve en esa dirección. No hace tanto que este colectivo planteó que la clave de la nueva convivencia vasca es el consenso ante una hoja de ruta que integre a presos, víctimas y memoria. En un artículo de sus portavoces más conocidos (Agus Hernán y Teresa Toda), este Foro plantea que la resolución de las dos primeras cuestiones es determinante para la construcción de la memoria, actividad que quedaría para un momento posterior. Chocantemente, sin embargo, se demanda el derecho de todas las víctimas a la verdad, justicia y reparación. Y en lo que se refiere a los presos, se busca el cambio de la política penitenciaria y preparar la reintegración social de los ahora encarcelados a través de un consenso triangular que implicaría a estos junto con los gobiernos y la sociedad civil.

Realmente, la memoria más reciente no espera para constituirse a la resolución de otras cuestiones o a los consensos entre diversos agentes que está muñendo el Foro de Hernán y Toda. Las memorias de la injusticia ya brotan como erupciones dolorosas de la piel social. A la espera de integrarse en un marco de sentido colectivo, las diversas memorias se comienzan a reconocer en torno a la expresión “fue injusto”, que también ha sido usada por el lehendakari Urkullu en el Día Europeo de las Víctimas, y que busca reparar el daño causado mediante una restitución que es, aunque simbólica, indubitable. Ahí se sitúan las conclusiones de Glencree o Eraikiz, que rompen con los clichés que clasificaban el sufrimiento en función de quién lo había provocado.

En la clave de buscar un nuevo suelo convivencial, en este marco no se puede eludir la realidad del conflicto, representada hoy mismo por victimarios encarcelados y víctimas. La relación entre ambos ha sido productiva cuando se ha celebrado bajo los términos de la Justicia Restaurativa, que implica la disposición a subsanar el daño injustamente causado a la víctima.

Ciertamente, la legislación no obliga a los reclusos a acudir a encuentros restaurativos con sus víctimas. Y estas no tienen ningún derecho a intervenir en el itinerario penitenciario que habrán de cumplimentar sus victimarios. Desde este prisma, que el consenso triangular sobre la política carcelaria que propone el Foro Social incluya a gobiernos y representantes de los presos, y que no cuente con el punto de vista de las víctimas, es lo natural.

Pero el Foro Social se equivoca cuando propone el mismo tratamiento para el abordaje de la reintegración social. La aceptación del derecho a la justicia y la reparación del sufrimiento de las víctimas no es compatible con los recibimientos con honores a presos excarcelados. Por la misma razón, la resocialización de los presos vascos que han participado en las acciones de ETA será muy complicada si no se logra que participen en la construcción de una memoria que sea autocrítica. En ese punto, el testimonio de las víctimas puede ser decisivo.

Pese a ello, esa autocrítica que hoy piden la inmensa mayoría de la sociedad vasca y sus representantes no existe en las cínicas palabras de Kubati, responsable de presos del partido Sortu, que afirma que reconocer el daño causado solo es decir lo que has hecho porque “el revolucionario ha de ensuciarse las manos si quiere cambiar el statu quo, y reconocer eso no te quita recursos revolucionarios o ideológicos”. El EPPK está en esta misma línea. Es decir, toda relación posible con las víctimas pasaría, según transmitió Olarra Guridi al propio Foro Social, por marcos en los que se eviten reproches o emplazamientos a la autocrítica. Así se entiende el rechazo frontal de la izquierda abertzale a que el Día Europeo de las Víctimas del Terrorismo se celebrara bajo el lema Fue injusto. ¿Qué dice la hoja de ruta del Foro Social Permanente ante esto?

Es cierto que, en el ámbito de la vida corriente, la mayoría de los vascos quiere recuperar cuanto antes el mejor tono de la convivencia, integradas las víctimas y los presos que progresivamente vayan siendo excarcelados. No obstante, es un error concluir de esto que la mayoría social quiere renunciar a ajustar cuentas con el pasado. Hay hechos, experiencias y comportamientos sectarios que deben integrar nuestra memoria social para que podamos evitar su reaparición en el futuro. No tiene sentido, por lo tanto, hablar de hojas de ruta de paz y convivencia, de cuestiones pendientes, como si estuviéramos ante un expediente carente de requerimientos morales y políticos.

La obligación de los que hemos vivido la época de las violencias injustas es hacer que la verdad de lo ocurrido, con toda su significación moral, penetre en esa memoria, que puede transmitirse con eficacia a través de una estructura narrativa. Por eso, la importancia que los líderes políticos y sociales están concediendo a la llamada batalla del relato es reveladora. En esta línea, importa no arriar la enseña del “fue injusto”. Como en todo proceso en que se dilucida una lucha cultural, se llegará a imponer una memoria social dominante, fruto de una dialéctica social y política incesante. Finalmente, si se busca una verdad sin encubrimientos, al margen de la responsabilidad en la que incurren los perpetradores materiales, la confrontación por el relato debería concluir también con un pronunciamiento muy severo con los legitimadores intelectuales del terror. Analista