Berizzo lo quiso dejar muy claro

Eduardo Berizzo da órdenes a sus futbolistas durante el partido entre Athletic y Leganés. (Pablo Viñas)

El tratamiento de choque que aplicó con su elección para el primer partido refleja afán por cortar con el pasado

Un reportaje de José L. Artetxe - Miércoles, 22 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

aUNQUE cuente con el firme amparo del público, el estreno de un equipo en competición no deja de ser un trance que tiende a agrandar la naturaleza imprevisible del fútbol. Por ello resulta apropiado que el análisis posterior sea prudente y generoso. No procede recurrir a la lupa, instrumento maligno creado para deformar cuanto enfoca. Da igual que la cosa salga a pedir de boca o que manden los claroscuros, es pronto para ponerse trascendente en la crítica porque se corre el riesgo de incurrir en pecado, ya sea por exceso (euforia) o por defecto (decepción). Es muy pronto aún, máxime si como el lunes la obra nace marcada por unos condicionantes que suponen una ruptura radical con el pasado reciente.

El primer ensayo sin red a que se sometió el Athletic demostró que el entrenador no se anda en chiquitas. Efectuó su apuesta como si le interesara que el mensaje calase enseguida, tanto en el vestuario como en la calle. La convocatoria de Eduardo Berizzo dio más que hablar desde el mediodía hasta el inicio del partido que cualquier lista elaborada por sus predecesores en el último lustro. Para hallar algo siquiera similar sería preciso remontarse al ciclo de Marcelo Bielsa, no a la jornada de su presentación, sino al día en que ya lo tuvo claro y sacó el bloque con que el Athletic reconquistó el corazón de su gente. Esto sucedió después de varios encuentros presididos por el signo negativo de los marcadores.

El criterio de Berizzo en la hora de los descartes solo cabe interpretarse como un salto cualitativo respecto a lo ya conocido. La propia inercia del equipo reclamaba un desmarque radical del pasado reciente. Se trataba de una convicción compartida por Ibaigane, de ahí el relevo en el banquillo y los refuerzos acometidos, y la afición;en fin, de una idea muy extendida a partir de la paulatina vulgarización del juego del equipo, que habría tocado fondo en la campaña anterior. En este sentido, el paso dado por el nuevo jefe responde a la lógica: no se hubiera entendido que permaneciese ajeno a la necesidad de sacudir las entrañas de un grupo incapaz de funcionar conforme al potencial que se le adjudicaba desde fuera o que se atribuía a sí mismo.

Otra cuestión, a despejar con el discurrir del campeonato, es si Berizzo acierta a enderezar el rumbo con sus decisiones, o sea, si da con la tecla gracias al reparto de responsabilidades que propone. Pero al menos, de saque se aprecia un tratamiento de choque, premisa sin la cual se antojaba imposible aspirar a la reacción que revierta la tendencia a la baja. Por si cupiese alguna duda en torno a la bondad de la receta del argentino, ahí queda la fallida experiencia de José Ángel Ziganda, quien en vez de agitar el cotarro optó por introducir retoques en una estructura maleada y recibió como premio una flojísima respuesta de la plantilla.

DESCONCIERTO Menor impacto entre la concurrencia causó el once titular, porque puesto arriba puesto abajo era el anunciado a tenor de lo visto en los amistosos. En todo caso, pareció que quienes acusaban la selección realizada por Berizzo eran precisamente los hombres escogidos para recibir al molesto Leganés. El desafío les vino grande a la mayoría, así se entienden los apuros habidos y que el inesperado desenlace fuese una moneda al aire que cayó del lado conveniente.

Y por supuesto se entiende que después de amagar con una breve (media hora escasa) exposición de un afán redentor que hizo creer a la grada que estaba asistiendo a una mutación en toda regla, a la postre los protagonistas tuvieran que recurrir a las clásicas bazas del inconformismo y el sudor porque aún están muy verdes para desplegar convincentemente el catálogo de recursos apuntado en el comienzo. Hubo un montón de errores individuales, muy repartidos. Tampoco colectivamente el Athletic fue regular, la precisión y el dinamismo derivaron pronto en precipitación y en un correr que con frecuencia era un reconocimiento explícito de culpabilidad: amor propio para subsanar pifias. Y hubo una deficiente ocupación de espacios según avanzaba el cronómetro, así como descoordinación entre líneas, en definitiva el desconcierto propiciado por una reunión de tipos que llevan juntos muy poco tiempo. Salvo la banda derecha, con De Marcos y Susaeta, o la línea más adelantada, en el resto de las zonas no había más que caras nuevas, varias sin contraste en la categoría. Vamos, que objetivamente el estreno se las traía.

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