La corrida de toros Garapullos

El pesaroso desfile de los veteranos de vietnam

Los toros de Núñez del Cuvillo deshonran la sangre de su ganadería
Enrique Ponce se inventó una faena entre ruinas que estuvo en un tris

Jon Mujika - Miércoles, 22 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

BILBAO. Lo más honrado hubiese sido que abriera el desfile de ayer un toro de Núñez del Cuvillo (casi cualquiera de los seis lidiados en Vista Alegre...) en silla de ruedas, agitando entre lágrimas una banderita de Estados Unidos, como uno de esos veteranos de la guerra de Vietnam que añoran su ayer. Que llorase el toro a pitón partido entre recuerdos de viejos camaradas de camada que cayeron en combate tiempo atrás. Hubiese sido lo justo para que los espectadores supiesen a pies juntillas lo que se avecinaba. La entrada a los infiernos que Dante describió en su Divina comedia estaba coronada por un cartel que decía “¡Abandonad cualquier esperanza!” Y luego cada cual que eligiese: algunos a refrescarse con un gintonic, otros a la siesta de media tarde y otros a la ruelta rusa de la tarde de toros imposible, por ver si alguno de los matasietes presentes, de acreditadas credenciales, era capaz de obrar el milagro de andar sobre las ruinas como sobre las aguas. En un tris estuvo de lograrlo Enrique Ponce. Más tarde les cuento.

Antes es necesario templar la sangre que aún hierve. Pido al cuerpo que no se desate en mis manos, como cantaba el poeta, “una tormenta, sedienta de catástrofes y hambrienta” así que me regodeo en un ilusionismo donde Comilón, el toro que abrió plaza con tan bella armadura, no se viene abajo como un suflé y Enrique Ponce desempolva de los anaqueles de su cabeza, tan sabia que parece griega, uno de esos tratados -Buenas maneras de hacer de lo imposible algo posible, pongamos...- que atesora como un incunable procedente de la Biblioteca de Alejndría. Despierta, muchacho despierta. El hermano sobrero del toro menguante, de nombre Portugués (¡ay, qué malo fue!), dejó tras de sí un reguero de vacíos hasta que se echó al suelo sin ánimo alguno. Ponce lo dio por imposible entonces y se fue tras la espada.

Vio el diestro sol en el cuarto donde los mortales apenas veían nieblas. La arquitectura de Billetera era hermosa, sí. Pero para entonces el encierro parecía atacado por una extraña peste de la antigüedad o el dengue africano, qué se yo. La duda no planeaba: era un despropósito tener fe. Porque José Mari Manzanares se dio de bruces con un toro bello como Apolo y apagado como su estatua. El animal, un pozo de carencias sin fondo, desquició pronto a José Mari, algo similar a lo que viviría después. Y porque Roca Rey, tocado en gracia, aunque estuvo apunto de sacar armonía del destartalado cuvillo llamado Violeta, vio cómo se le cuarteaba el fuelle del instrumento a ratos. Con todo, Andrés, entre la habilidad de las tandas cortas, las ráfagas de temple, las esperas como remedios de refresco para el toro, con un hilito de calidad pero cogido con papel de fumar en sus fuerzas, y un puñado de espléndidos cambios de mano se quedó a un paso de salvar la tarde a unos cuvillos que no lo merecían. No había gloria que cantarles a estos toros de las Tullerías. Al borriquito como tú, tururú, Núñez del Cuartelillo, le dijo el destino.

Lo dicho: cómo creer en Ponce. Aunque lo lidiase de salida no ya con manos de enfermera sino que puso al servicio del noble estilo del toro un hospital entero: el de su competente cuadrilla. A media altura siempre, como si colocase la muleta en el campo dos antes de atacar la cumpre para reponerle de oxígeno al animal y aclimatarle, comenzó el difícil arte de su equilibrio. La templanza y el temple de los muletazos que fluían, los pases de pecho de la arena al cielo, las poncinas de rodillas genuflexas y aquella estocada al volapié, recta como el mástil de un velero fondeado -salió prendido de tanta verdad...- fue lo más hermoso de ess triste desfile de los inválidos, habida cuenta que el castaño Relatero, broche de la tarde para Roca Rey salió a la defensiva y como ido. Qué no habría visto en Vietnam ese toro.