El asco de nunca acabar

Por Miguel Sánchez-Ostiz - Miércoles, 22 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

POR lo visto Pedro Sánchez y el trampas de Pablo Casado se han reunido en La Moncloa no para hablar del desdiós nacional, sino para sellar su primer pacto de Estado: blindar el aforamiento de los cargos públicos. Lo que es insólito en el sistema democrático europeo, aquí es norma: “En España hay 10.000 aforados, en Francia 21, y en Alemania ninguno”, leo al vuelo en un titular del subversivo Abc.

Solo de esa manera se puede entender que Hernando se jacte de que el mago de los másteres no vaya a ser procesado por el Supremo, que es mucho jactarse y de paso declarara de manera expresa que, aquí, la relación entre el poder político y el judicial es algo más que estrecha, pura afinidad ideológica.

En efecto, enjuiciar al Máster es hacerlo con un sistema corrupto hasta las cachas. El político no está solo. En su paseíllo académico le acompaña, a ritmo del pasodoble Banderita tu eres roja, banderita tu eres gualda, una cuadrilla compuesta por altos y bajos cargos académicos, compinches subalternos y hasta monosabios con muceta de doctores en timbas.

Mientras tanto el juez Llarena impide que nadie examine la legalidad de sus actuaciones -inspiradas en su ideología política- recurriendo a la soberanía nacional hecha fregona muy usada de aguas servidas y pidiendo amparo al CGPJ, que se lo otorga claro, pensando sin duda en esa alta norma de justicia inmanente que es “cuando las barbas del vecino veas pelar pon las tuyas a remojar” y en que la justicia política española es mejor no removerla y sí envolverla en una nube de humo rojigualdo de dignidad y otras ocurrencias. A las barbas corporativas me refiero… ¿Por qué no examinar la estricta legalidad de lo actuado cuando el juez está siendo acusado, de manera reiterada, de prevaricación? Una sociedad democrática avanzada debe permitir juzgar a sus juzgadores sin triquiñuelas corporativas. Ya sé que es mucho pedir, pero por pedir que no quede.

La soberanía nacional hace ya mucho que es un timo para este país que confunde el patriotismo con sus banderas hechas navajas cabriteras.

Que de eso se trata, de banderas que cortan. Asombra ver el imparable aumento de agresiones impunes a independentistas en sus derechos de opinión y expresión pacíficos, y a quienes no lo son, por unos servicios de orden -como se acaba de ver en Barcelona- compuestos a todas luces por matones. Porque matón es no solo el que se presta a pegar por gusto y por dinero, por mucho uniforme que vista, al dictado del que paga, sino también el que hace lo mismo por afinidad ideológica: estamos a un paso de las pardas SA. En la cuestión catalana se buscan y promueven las agresiones por cuenta de los lazos amarillos para obtener una respuesta que justifique una represión en gran escala. ¿Tremendismo el mío? Seguro, y apocalíptico también, por qué no, la hartadumbre lo dicta. En verano estamos, tiempo de vacas, cohetería y zurracapotes.

Un paisaje ensombrecido por hordas de subsaharianos, así dicen, sí, hordas, que huyen de la miseria y de la muerte y prefieren la hostilidad de una sociedad en la que la xenofobia crece, cuando no fallecen en el intento de llegar a lo que consideran un refugio seguro. Nadie dice de qué manera esos subsaharianos contribuyen al enriquecimiento de una sociedad que, de entrada, los explota a conciencia.

Pero ese es un sombrío paisaje al que a cambio pone un vivo colorido un patriotismo nacionalista lumpen que nadie sabe de qué cloaca sale, pero que de su falta de instrucción hace gala;unas redes sociales en las que se festeja de manera impune el asesinato de un edil asturiano de IU, por ser comunista, mientras otros tuiteros son perseguidos por auténticas nimiedades;unos espontáneos del orden nuevo, que es ya muy viejo, que dan rienda suelta a sus fobias e inquinas de manera jubilosa, junto con unos medios de comunicación que ocultan lo que les conviene y sirven en bandeja a los miembros de La Manada solazándose en la playa, pidiendo subsidios oficiales y aunque sea en calidad de monstruos (no siempre) festejados de manera mediática y así absueltos: el delito cometido va quedando cada día más lejos..