la corrida de toros Garapullos

Tímidos rayos de luz y los estragos del amor ciego


Vista Alegre despide de forma cortés a Juan José Padilla como al héroe que fueEl Juli y Manzanares firman dos faenas de casi pero sin calar en la gente

Jon Mujika - Jueves, 23 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

bilbao. No hay verdad más grande que esa que dice que el amor es ciego;que ve rosas donde no hay más que espinas y pasión más desatada que la nacida en las fuentes de la necesidad. Vista Alegre, con los labios resecos y cuarteados y sedienta (los tres toros de Domingo Hernández lidiados por delante fueron mazapán en agosto, intragables...), celebró con una borrachera de aplausos, con el jaleo propio de una cena de fin de curso, la actuación de Juan José Padilla en el día de su adiós.

Juan José, hombre de buena voluntad, hizo ante Poderoso lo que pudo o supo. Juan José, hombre de buena voluntad que ha besado a la muerte, no sé, diecisiete veces a lo largo de su vida, merodeó por la cara del toro con un discurso pobre en la riqueza de palabras , más feo que Picio en la estética pero eficaz para calar en el pueblo que ya estaba harto, supongo, de que esperar a que llegue la primavera del toro. Dos largas cambiadas para recibirle con alboroto al cuarto, que flaquea y embiste con poco celo y noblón aunque se deja hacer. Fue sacando de él, con un vendaval de muletazos (unos templados y otros no...) y la habilidad del trile en medio de la calle -¿donde está la bolita, dónde está?...-, lo poco que el toro tenía en el billetero y cuando éste se paró, invocó a la mujer barbuda, al hombre elefante y a todos los personajes estrafalarios de la feria de los recursos. Rodillazos y desplantes, revueltas y el chaleco desabrochado y, eso sí, un estocada al ralentí, cadenciosa y mortal de necesidad. La oreja que el Bilbao de las barbas largas y la exigencias serias jamás hubiese dado cayó en su zurrón, festejada como botín pirata, con bandera adornada con un par de tibias y una calavera al aire. Si fue como despedida y pago a las emociones vertidas en los tendidos de Vista Alegre a lo largo de los años, bienvenida sea la recompensa y acábese aquí el reproche. Si fue por lo visto, ahí va mi plegaria al réquiem por la afición perdida.

(Un intervalo en el hilo de la crónica: Una corriente fría e inquietante cala en los huesos al mirar al frente. El Bilbao que pregona su calidad del santuario del toro bravo entra en barrena (la corrida de ayer, excepción hecha de Bochinchero, el castaño que cerraba la tarde, fue un nuevo saldo en el mercado de bravuras...). Y el Bilbao que sabe y entiende, ese que juzga con equidistancia y buen pulso, se deja llevar por la marea cuando escucha cantos de sirena o el discurso populista).

Viendo el alboroto y el despendole, apareció la estampa de El Juli frente a Rizado, el quinto toro, recordaba a Budha. Todo fue serenidad y meditación, con la muleta suave y cadenciosa y midiendo cada pase en la distancia como un maestro sastre hace números para ajustar una bocamanga. Era El Juli por maestrías, con pocos adornos y extridencias pero mucha academia. Una ciencia que nace del menos es más, también por la condición del toro, que va pero no aporta. Pese a los último muletazos, un punto más embraguetados, dio la sensación de que a Julián le venía pequeño el toro y flotó en el aire una ausencia. ¿La de la pasión, quizás?

Pasiones levanta, eso sí, José Mari Manzanares. A media tarde, cuando salió el tercero, Vista Alegre ya cantaba ese María de la O de los bostezos. La faena, embarrada con los tornillazos del juego, se le fue en esfuerzos a Manzanares a quien le esperaba en la puerta de salida -¡vive Dios que existen aún!- un buen toro: Bochinchero. El toro embestía con exigencia una y otra vez y Manzanares alcanzó a moverse a su compás mediada la faena y metiéndose en su terreno, cuando logró hacer de los latigazos del toro, incansable, muletazos de larga distancia. Había un buen regusto que se amargó con los limones de la espada, demasiado ácida para dar dulce muerte.