cociertos de aste nagusia

Un ciclón alegre e incruento llamado La Pegatina

La Pegatina jaleó al público con la consigna de que no estuvieran quietos. (J.M.M.)

Los catalanes arrasaron con su música frenética y mestiza durante dos horas de baile y sudor

Andrés Portero - Sábado, 25 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

Bilbao - Son ya 15 años y más de 1.100 conciertos en alrededor de 30 países. Pues a La Pegatina le da igual, siguen con esa alegría del neófito y una marcha y un fondo físico difíciles de encontrar más allá de la adolescencia. El ciclón que desplegaron en Abandoibarra ante más de 10.000 fans fue avasallador aunque incruento. Bueno, no tanto, porque sí dejó víctimas sudorosas y cansadas tras dos horas de fiesta mestiza a la que también se apuntó Xabi Solano.

Romain Renard, el punkie francés del grupo ataviado con falda escocesa sin nada debajo, salió al escenario con su acordeón, bailando y lanzando sus puños como un púgil. ¡Uff! Lo de La Pegatina sigue yendo en serio desde la primera canción. ¿Quién dijo que un concierto debe ir en crescendo, creando clima hasta la explosión final? El tsunami de los catalanes, con explosión de confeti incluida, arrasó desde el arranque con Heridas de guerra, con los metales orgullosos y Adriá Salas, el vocalista principal, cantando eso de “lloré tanto que me gasté”, con la banda dándose un garbeo por México.

¿Gastarse? De eso nada. Adriá cedió el micro a Rubén Serra, el especialista rumbero, y el ska-reggae de Y volaracalambró Abandoibarra hasta la ría. Casi se volaba ya. Y la alegría de vivir, saltar, sudar y gozar se advertía tanto arriba como debajo del escenario, con la chavalería (y bastante gente madura) desaforada ante el puñetazo de Miranda, empalmada con Fiesta, de The Pogues, en uno de sus múltiples guiños, como las morcillas del teatro, a The White Stripes, el Quizás, quizás, el mundo indie y hasta la melodía de la serieEl coche fantástico.

La consigna estaba clara: prohibido permanecer quieto. Ayudó El curandero, con sus ritmos latinos, y un La voisineque el acordeonista llevó por terrenos rockistas y rapeados. Como niños, con la sonrisa puesta, se impuso un descanso;precioso, por cierto, con La ciudad de los gatos negros, rumbera y con reconocimiento al gran Gato Pérez y sus felinos nocturnos pardos. No fue el único, ya que el octeto, para evitar lipotimias, dejó más tarde otro lento maravilloso: Y se fue (“como pescado en el mar... por la ría de Bilbao”, en la letra modificada), con cajón flamenco.

Ruido, ruido Adriá, incansable a pesar de su tripita, lideró a un grupo que, hoy por hoy, es lo más parecido a la Radio Bemba de Manu Chao sobre un escenario. No son d’aquí, en catalán, hizo bailar hasta a quienes estaban trabajando en Abandoibarra, con el uniforme de la DYA y el de los bomberos o tomando notas. Con una sonrisa infantil, pidieron palmas para Olivia (¡cómo si hiciera falta!), el acordeón lideró un Stand &fight de corazón folk, celta y punk con el que se desplegaron ikurriñas y una bandera arcoiris, y Adriá dedicó Mama a los padres, a quien pidió que dejaran crecer libres a sus hijos.

Al grito animoso de “ruido, ruido, Bilbao” y echando en falta a Rozalén en Algo está pasando, La Pegatina buscó “el pogo más grande de Aste Nagusia” con Gat rumbero. Lo rozó también con Non é facile, y la fiesta se cobró su momento reivindicativo a la hora de interpretar Ahora o nunca, que titula su último disco y la gira, y Revulsiu, con los puños al alto. Fueron “zas en toda la boca” para quien se opone a que la igualdad entre los sexos sea real y a aquellos que se enfrentan a la libertad de expresión con juicios y encarcelamientos.

Goazen Quizás sobraron algunos juegos con el público, pero los olvidamos con la fotografía que dibujó Alosque, rumba fijada ya en la memoria meciéndose sobre un mar sinfín de luces de móvil. Y la fiesta y la reivindicación subió algún grado más con la aparición de Xabi Solano, colega de los catalanes y líder de Esne Beltza, que montó el pollo con Jai eta dan-tza, su triki vertiginosa y el rescate deIkusi mendizaleak, anunciados siempre con sus “goazen”.

Tras el guiño a Chao en ¿Cómo explicarte?, La Pegatina alternó más crítica (“que os vayáis”, cantaron en Una mirada) con una recta final (era posible, sí) más frenética en el bis. Hubo más confeti, Rubén surfeó entre los brazos del público, se recordó al hijo de Mari Carmen, ese que se va el último de los afterhours, repitieron Gat rumbero y sonó Lloverá. Apenas hubo un amago de sirimiri a mitad de concierto, pero la gente se fue calada. El cielo no se rompió, fue a causa de los litros de sudor que provocó el tsunami de La Pegatina.

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