Una cicatriz en la memoria del comercio

Tres comerciantes del casco viejo relatan a deia sus recuerdos del horror vivido aquellos días de 1983

Un reportaje de Aner Gondra - Domingo, 26 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

EL Casco Viejo todavía guarda cicatrices en sus paredes por las inundaciones de 1983. Son muchas las placas que recuerdan hasta qué altura llegaron las aguas aquella jornada negra. Otras cicatrices también palpitan en el recuerdo de algunos comerciantes que, a pesar del desastre y del paso de los años, siguen con sus negocios activos.

Es el caso de Imanol Beristain, que sigue regentando la tienda de electricidad que abrieron sus padres en 1941 en Artekale. Entonces él tenía 32 años y decidió acercarse al puerto de Plentzia a poner a salvo un barquito que tenía allí amarrado. El barco se hundió y a él tuvieron que sacarlo del agua con una cuerda. “Estoy vivo de milagro”, relata.

A la mañana siguiente no se creía lo que la radio contaba que estaba pasando en Bilbao. A su regreso, el panorama era dantesco: “Cuando pudimos entrar, los televisores estaban flotando y enganchados a las lámparas del techo. El agua cubrió la tienda y metro y medio más del piso que tenemos encima, todavía está la marca en la pared”. Imanol asegura que aquella marea era mucho más que agua y barro: “Aquello llevaba químicos de todo tipo. Las lámparas aparecieron con los cromados comidos por ácidos. Aquello no era agua y barro, traía muchas más cosas”.

Al de pocos días Beristain abrió sus puertas para despachar a los clientes en el piso de arriba: “En poco tiempo ya estábamos despachando de una manera precaria en el piso de arriba para atender las cosas más urgentes de la gente”. Fue su manera de corresponder al movimiento de solidaridad que afloró esos días. “Fue una entrega total por parte de todos. No solo gente del bario, también gente que no había visto en mi vida y que venía de otros barrios y de otras localidades”, relata Imanol con un nudo en la garganta.

Otro comerciante que se llevó un susto serio aquel día es Javier Fernández, de la tienda La Tijera de Somera. Él tenía 18 años y la tienda, entonces regentada por sus padres, estaba cerrada por vacaciones. Con sus padres de viaje, él se acercó al local con dos amigos para levantar el género que podía mojarse con el agua que empezaba a llegar a la altura de los tobillos. Fue entonces cuando una oleada los sorprendió inundando la tienda hasta el techo al instante. Los tres jóvenes se refugiaron en el piso de arriba, al que se accedía por una trampilla de la trastienda: “Si no llegamos a tener el piso, yo no sé si me hubiese ahogado, pero ellos dos casi seguro, porque no conocían el local, estábamos a oscuras y con toda esa marea de agua, barro y cosas… Fue una pasada”.

Desnudos y con unos plásticos para cubrirse, los tres jóvenes permanecieron atrapados más de 24 horas. Por la ventana vieron pasar la riada arrastrando de todo, “incluso un ataúd”.

“Al bajar el agua todavía nos cubría hasta la cadera y estaba todo lleno de barro”, recuerda Javier, “las cuchillas de afeitar estaban pegadas al techo. Tardamos unos nueve meses en abrir el negocio, porque había que secar la madera del edificio”.

“Encontramos el caos”

María Ángeles Torre nació en Artekale, donde desde 1930 está la Droguería Juan Torre, que inauguró su padre. El día de la fatídica inundación estaba con su familia en Sopelana y le fue imposible acceder a Bilbao hasta dos días después. “El domingo pudimos llegar de mala manera”, recuerda, “en el Casco Viejo nos encontramos el caos. Todo era barro, porquería, bidones, coches…”.

María Ángeles da gracias a que todo sucedió en un festivo: “En Bilbao no hubo más que un muerto, pero si llega a ser un día de trabajo aquí hubiesen muerto muchísimos más, porque la marea subió de repente. Y una de ellas hubiese sido yo, porque habría estado tratando de salvar el género y no sé nadar”.

Entre toda aquella desgracia, esta bilbaina destaca la solidaridad que afloró en la villa. “Hubo mucha unión y ayuda”, apunta, “todos los vecinos querían ayudarte”. Pero para salir a flote hubo otras instituciones que también arrimaron el hombro: “Nos quedamos sin nada de género y, para empezar a trabajar, tuvimos algo de ayuda de las casas. Comprabas un pedido y te daban otro. De esa forma pudimos empezar. Y el Gobierno vasco nos dio el 20% de lo que era la obra”.

El desastre fue tal que no pudieron abrir la tienda hasta enero. “Fue terrible”. María Ángeles todavía recuerda que el mostrador de la tienda, una pieza enorme de mármol, apareció incrustado en el escaparate. Su marido necesitó la ayuda de tres hombres para moverlo.

La riada le dejó marcada. El sonido de la lluvia siempre despierta viejos temores: “Ni sé la de veces que he salido de casa a las dos de la mañana lloviendo para ver cómo está la ría”.