El resurgir de una ciudad entre el barro

Ramón Barea muestra la imagen del Arriaga anegado ante su fachada actual. (Borja López)

Ramón Barea recuerda las inundaciones de 1983 en plena Aste Nagusia cuando el Teatro Arriaga acabó inundado

Laura Fernández - Domingo, 26 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

RAMÓN Barea (13 de julio de 1949) recuerda ese día perfectamente, a pesar de no haberlo vivido en primera persona. “Ahí está. 26 de agosto de 1983”. Esas son sus primeras palabras al ver la fotografía de un hombre observando el Teatro Arriaga, casi ahogado por las aguas, en las inundaciones que azotaron todo Bizkaia.

Esos días, Barea se encontraba de gira con la compañía Karraka en La Rioja. “Nos tuvimos que desplazar ese día en taxi y estaban contando por la radio lo de las inundaciones. Decían que la ría se había desbordado, que el agua estaba a la altura del puente de La Merced, que el Casco Viejo estaba totalmente anegado y que había entrado el agua en las casas bajas y en las tiendas… El locutor estaba narrando una auténtica catástrofe”, recuerda algo emocionado. Lo primero que se le pasó por la cabeza al escuchar esas palabras es que “todo era una exageración”.

De hecho, asegura Barea, era una crónica que te ponía los pelos de punta. “Al principio no lo podíamos creer. Yo había vivido una anterior inundación en Bilbao, cuando era pequeño. Fue en el Casco Viejo aunque no me enteré muy bien de la gravedad del asunto. Tampoco esa causó tantos estragos como esta última”, cuenta. Barea las rememora con una sensación de “impotencia muy fuerte”.

Pero, por otro lado, reconoce que le conmovió profundamente la solidaridad que también desbordó esos días. “Sentí mucha emoción por esa cantidad de gente que, de manera voluntaria, se puso a limpiar las calles. Por ejemplo, en el Teatro Arriaga hubo una rigada de voluntarios impresionante para quitar el barro que se generó”, cuenta emocionado por las muestras de compañerismo en aquellos días aciagos para su ciudad.

El Arriaga, como el resto de Bilbao, resistió. Como un auténtico héroe enfrentándose a un destino fatal, rígido y resuelto. Parecía que el tiempo implacable anunciaba la victoria del caos sobre el orden. Aun así, el Teatro Arriaga aguantó, herido pero incólume. Resurgió de entre las aguas, el barro y la tristeza gracias a la ayuda de miles de ciudadanos que salieron a las calles de manera voluntaria para intentar devolver la normalidad a la ciudad. Por eso, los bilbainos se pusieron manos a la obra. “En ese momento esa demostración de solidaridad, que salió de la gente, cómo reaccionó ante esa dificultad, fue algo asombroso. Se vio la generosidad de las personas y el voluntariado de todos los que queríamos a Bilbao”.

El actor considera que “en cierto modo, ese era el reflejo de toda una actitud que había en las comparsas o en los grupos sociales de la ciudad, que estaban en un momento de reinventarse ante algunas cosas de Bilbao”.

Al año siguiente de las fatídicas inundaciones de las que hoy se cumplen 35 años, Ramón Barea y la compañía teatral Karraka, de la que formaba parte junto al conocido transformista José Antonio Nielfa, La Otxoa, pusieron en pie un musical “transgresor, irónico y sobre todo catártico”, que se llamó Bilbao, Bilbao.

Su personaje central era la Ría de Bilbao, una manera de reconocer la gran labor que se hizo en la capital vizcaina esos años. “De hecho, se hicieron dos funciones diarias con colas que bajaban por Hurtado de Amézaga que mantuvieron en pie el espectáculo prorrogado muchas veces”, recuerda el reconocido actor teatral.

Un Teatro Arriaga resistente

Sin duda, el Teatro Arriaga es un teatro resistente. Un escenario con una platea que aguanta lo que le pongan, desde el inicio de todas las fiestas de la villa, con Marijaia al frente, inundaciones y aguaduchus, así como una cartelera continua que no para de ofrecer cultura a raudales.

“El Teatro Arriaga, que insistió en seguir existiendo”, cuenta Barea orgulloso. El actor y director de cine bilbaino nunca olvidará ese año. “Es triste ver en esas condiciones a la ciudad en la que te has criado. Pero, de verdad, fue emocionante ver que tantísima gente salió a la calle para ayudar. Para ponerse manos a la obra en plenas fiestas con el fin de sacar todo adelante”, reitera con emoción.

Por ello, tras ese trabajo voluntario que realizaron los ciudadanos de la villa, todos ellos y la ciudad como ente colectivo tenían que hacer las paces con esa ría que les ahogó, con esa catástrofe para reconfortarse y animarse entre todos en silencio con el objetivo de seguir hacia adelante. Y, a día de hoy, en plena celebración del 40 aniversario de Aste Nagusia, se brinda por los buenos momentos pero, sobre todo, por haber sabido resurgir de los malos.

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