Sed de sangre y hambre de gloria

Volapié de Juan Leal, tirándose con la verdad por delante, del que salió herido en el muslo derecho. Fotos: Oskar González

Juan Leal juega la vida en una estocada morrocotuda a un peligroso Miura al que cortó una oreja
Un buen sobrero de Domecq alivió las fatigas de unos miuras de otra época

Jon Mujika - Lunes, 27 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

la corrida de ayer

bilbao - La emoción más antigua de la humanidad es el miedo. Y el miedo más antiguo de los miedos es el miedo a lo desconocido. El desasosiego, la turbación y la inquietud, el temor en estado puro, sopló como una gélida corriente ayer entre los tendidos de Vista Alegre. Bastó con que los toros de Miura, con tanta leyenda como arrastran a sus espaldas, llegasen a Bilbao con sed de sangre -ya en los corrales hubo refriegas e incluso una puerta de toriles saltó hecha añicos en el apartado...- para encontrarse, cara a cara, con tres hombres con hambre de gloria para que se uniesen el fuego y la gasolina de las emociones, ese miedo que escalofría y a uno le hace taparse los ojos con las manos a la vez que abres una rendija entre los dedos para ver cuanto sucede.

Así eran los toros del siglo XIX, decían los nostálgicos informados. Hablaban las viejas crónicas de lidias a degüello de las que salir con vida ya era uno de los honores. Los prehistóricos toros de Miura, dicen las gentes del toro. A esa estirpe pertenecieron la inmensa mayoría de los lidiados ayer, desde el cárdeno claro que abrió la tarde con una sombra negra que le cubría la cabeza como capuchón de verdugo hasta Torrijo,el sobrero corrido que la abrochó, un toro de siete sentidos que buscaba presa a troche y moche. Y entre ambos, sin dudarlos, tercero bis y cuarto, dos feroces tigres de Bengala de aviesas intenciones. Fue ante ellos cuando estalló la balsa de las aguas de la emoción, inundándolo todo.

El francés Juan Leal, Juan sin miedo en la tarde, arrancó su faena con una temeridad: postrarse de hinojos y así, arrodillado, citarle a Escogidodesde la boca de riego a las tablas que corneaba. El toro le ve y se arranca entre murmullos. Un muletazo, dos y al tercero, poniéndose en pie ante el voraz animal, el toro le prende. Un aguacero de dentelladas, de guadañas que plateaban y dejaron el chaleco de Juan hecho jirones. ¡Cómo osas, atrevido! Desde entonces, desde que olió la sangre y aún antes, cuando la intuyó durante la lidia, el toro era un dechado de dificultades. A Juan no le tembló el pulso pero sí se le encendió en corazón en llamas. Leal, recuperado el aliento y ya en pie, templa los naturales que recorta el toro con su viaje corto, lanzando, al segundo muletazo de cada serie, aquellas dentelladas secas y calientes de las que hablaba el poeta. El ¡uy1 y el ¡ay! se corean en los tendidos. Lleva veneno el toro y Juan no lo teme. Torea en las cercanías y por la gloria y traza circulares a golpe de valor seco, para volver al natural, otro trágala. Juan huele el perfume del terror que impregna los tendidos y el terror y busca en esa fragancia la corona de laurel, Cuadrado para la muerte, Leal se lanzó tras el volapié con tanta verdad que quedó prendido de forma espeluznante del pitón. Parecía atravesado y al caer un reguero de sangre cae por su pierna con los presentes sobrecogidos. Con el torniquete que le hizo Chacón en la pierna derecha parecía un gladiador herido en la arena con su enemigo a los pies y esperando el veredicto del César. Una oreja y a enfermería, con la oreja prieta en la mano. La había arrancado.

Con la cara por las nubes e intenciones infernales le aguardaba Lanudoa Chacón, el diestro que había demostrado solvencias ante el áspero primero. El gaditano, entre una balasera de cabezazos y miradas feroces, de parones y amagos, logró momentos vibrantes con oficio de maestría. El valor y la firmeza calaban con un hombre en el quirófano y Vista Alegre, entre escalofríos, pidió una oreja para el sentido común cuando ya había vivido las secuelas de las locuras de Juan. Era la hora de Octavio el templado.

En verdad, quien sí tuvo en sus manos el reloj de los triunfos grandes fue Pepe Moral. Pastoso,un sobrero de Domecq, embestía como los ángeles y Pepe fue leyéndole el paso con naturales elegantes, muletazos a la Cary Grant. Vista Alegre volvía al siglo XXI del toreo pero la espada empañó todo en una tarde que sobrevoló el miedo.

Premios y distinciones

Secciones