Jordi Millán Director de La Cubana

“Cantamos y bailamos pero no sabemos hacer ni una cosa ni la otra”

La Cubana representa ‘Adiós, Arturo’ en el Teatro Arriaga hasta el próximo 9 de septiembre, un espectáculo que promete ser “un canto a la vida”

Una entrevista de A. Atxutegi - Jueves, 30 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

La Cubana en estado puro. La compañía catalana ha repetido un año más estas pasadas fiestas con Adiós, Arturo, una obra en la que vuelven a reírse de las convenciones sociales. “No nos reímos de la muerte, sino de las parafernalias que la rodean. Es un canto a la vida”, afirma su director, Jordi Millán.

¿Cómo se ríe uno de la muerte?

-De la misma forma que uno se ríe de la vida. Pero nosotros no nos reímos de la muerte, todo lo contrario.

¿Cómo es eso?

-Más que de la muerte, nos reímos de la parafernalia de los funerales, los duelos, los velatorios... Todos hemos vivido momentos jodidos y no queríamos cosas que al espectador le pudieran doler. La Cubana siempre hacemos el mismo teatro: el de la vida, de las cosas cotidianas. ¡Si nos repetimos más que el ajo! Este es un canto a la vida, una celebración de la muerte.

¿De la muerte?

-Todo lo que hayas vivido, tengas 20, 30, 80 o 101 años, como el protagonista, merece ser celebrado.

¿Qué va a encontrar el público en ‘Adiós, Arturo’?

-A La Cubana, con los mismos ingredientes: la música, el humor, el color, la sorpresa... Es un espectáculo con la risa asegurada.

¿Siguen buscando la complicidad del público?

-¡Claro! El público es nuestro guionista;nos inspiramos en las cosas que hacen en la calle y nos gusta que se dé cuenta de que son los protagonistas. Sin el espectador, como guionista y como público, eso que llaman teatro, que es un arte efímero, no existiría.

¿La vida es puro teatro?

-Sí. Todos adoptamos parafernalias sin darnos cuenta: cada uno a nivel particular, las familias, en el trabajo... Los políticos, ¡imagínese! Sin teatro no sería política. Y ojo, yo quiero que existan los políticos y que hagan teatro, pero bien hecho. El teatro nunca estará en crisis.

¿Por qué?

-Mientras exista el ser humano habrá teatro;quizá no vengamos a un lugar como el Arriaga pero lo veremos de otra forma. Cuando vamos en el metro y escuchamos una conversación, lo recibimos como una película o un teatro.

Razón no le falta. Sombreros, bocadillos de mortadela... ¿Con qué nos sorprenden esta vez?

-¡Nos encanta jugar con el público! Para nosotros el teatro siempre ha sido un juego de niños: explicamos una historia y otorgamos un papel a cada uno. Nos gusta hablar con el público de tú a tú, como si fuera una vecina de la escalera.

El programa marca las 20.00 como hora de inicio. ¿Ni un minuto antes?

-¡Eso solo pasó una vez! [En Cómeme el coco, negro] Pero, ¿sabe? Fue un espectáculo que marcó mucho y conseguimos que la gente sea muy puntual. Por si acaso.

Tienen hasta un loro. ¿No les dan miedo los animalistas?

-Cuando se me ocurrió esta historia, fui a Pacma, les expliqué el proyecto y les pedí qué se podía hacer, qué no... Tiene todo un grupo de veterinarios alrededor, un cuidador, un espacio... ¡Vive mejor que cualquiera de los actores! En el fondo, es un homenaje a los animales;muchas veces son más persona que una persona.

Han vuelto a vivir las fiestas.

-Sí, hay un cariño especial. Hemos vivido todas las épocas de Bilbao: en fiestas y no fiestas, cuando no era tan bonita... Perdón, borre eso.

¿Lo de bonita?

-Sí;cuando no era tan turística. Entrabas por la autopista y veías ese humo, ese ambiente gris... ¡Madre mía! Al segundo día no sabías por qué pero te gustaba y al tercero te enamorabas, te podía la ciudad. Ahora es amor a primera vista.

¿Se permiten licencias en fiestas?

-¡Por supuesto! Siempre. En Bilbao y donde coincidamos en fiestas. Nos lanzamos sin pensarlo. Hemos estado en San Fermín, así que hemos venido entrenados.

¿Y dónde les podemos encontrar?

-Nos gusta mucho salir a comer pero el programa es muy variado y hay fiesta en cualquier esquina.

Dijo en una entrevista que nunca harían un funeral. ¿Esto suena a despedida?

-¡No! Nunca pensamos en profesionalizarnos cuando empezamos con La Cubana;de hecho, todos teníamos nuestra profesión. En 1983, nos llamaron de toda España para hacer Cubana’s Delikatessen y lo hicimos como un juego: liarnos la manta a la cabeza y vivir la aventura de irnos de gira ese verano. Pero el verano se convirtió en dos años y medio, luego vino otro espectáculo, y otro... Nunca nos hemos planteado un final porque esa historia es siempre un volver a empezar. La Cubana se terminará cuando el público no venga pero teatro haremos toda la vida.

Empezaron a hacer teatro musical mucho antes de que el género se pusiera de moda.

-No es un musical;siempre cantamos y bailamos, pero no sabemos hacer ni una cosa ni la otra. Utilizamos el arte del disimulo. Ahora parece que si no tienes un musical no eres nadie;el Arriaga nos abre las puertas hasta el 9 de septiembre porque somos La Cubana pero para fiestas lo normal es traer un musical, que es lo que se lleva.