El sacacorchos

Prisa a la hora de salir

Jon Mujika

Por Jon Mujika - Martes, 4 de Septiembre de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

VEÁMOSLO como una carámbola de billar francés: la bola blanca del sexto sentido para detectar a los manoslargas sale lanzada para chocarse con la bola roja de los arquitectosdel trile y el mangoneo, de la gente con la habilidad para la práctica del simpa,una estafa que vive su pimavera en pleno verano, cuando la hostelería espera hacer su agosto. Es cierto que también existe el pecado de la distracción -hay vecinosque se van sin pasar por caja entre conversaciones y algunos otros que pierden la cuenta de lo consumido cuando se dispara la cuenta o cuando la bebida les nubla la vista para las matemáticas...- y que hay algunos abusos desde el otro lado de la barra, donde algunos comerciantes dispensan con la convicción de que todo el monte es orégano. Pero descontados ambos casos: los distraidos y los descendientes del mercader de Venecia (midan bien si deciden ir al citado destino italiano: hay turistas que alquilan una góndola o una escafandra para echar una cabezada de tanto visitante colonizador como hay...), hay una realidad innegable: la premeditación y alevosía de los que llevan prisa a la hora de salir del bar en un regate propio de un delantero brasileño.

Son pescadores de ganancia, esos que aprovechan el río revuelto de las barras rebosantes, ya les digo. Algunos actúan con tanta habilidad que se diría que pertenecen a las bellas artes de la picaresca. Es curioso pero vivimos en la única tierra del redondo mundo en la que el término pícarotiene una acepción positiva, así que no conformémonos con señalar a aquel que se fue con la paga y sin pagar porque es posible que sea uno de los nuestros. Escribo esto y de inmediato salta una voz: ¡oiga, de los míos no! Mejor sería no levantar sus alfombras porque no es todo un paisaje despejado. Hemos vivido tan de cerca ese capitalismo de amigotes y compadres en francachelas, ese pregón de sálvese quien pueda de la última factura que pensar que no nos contagió la epidemia es pura ingenuidad.

Secciones