Diáspora o vascos en el mundo

Por Josu Legarreta - Viernes, 7 de Septiembre de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

MaÑANA 8 de septiembre celebramos el Día de la Diáspora Vasca, festividad reivindicada por las directivas de los Centros Vascos o Euskal Etxeak de los diversos continentes. El Gobierno Vasco correspondió a su solicitud y aprobó a tal fin la asignación de esta fecha, previo el análisis de las diversas propuestas que se presentaron desde aquellas.

Quedan en el archivo del pasado los debates que al respecto surgieron, porque es absolutamente más importante el reconocimiento de la existencia histórica de la presencia vasca en el ámbito internacional y la celebración anual de homenaje al aporte que desde estas entidades se ha desarrollado durante siglos en la proyección internacional de la imagen positiva de Euskal Herria/Euskadi.

Quizás más de un lector cuestione el propio concepto Diáspora. Y no les falta razón. No soy yo de los que lo defiende, aunque reconozco también que historiadores de renombre internacional se posicionan en su favor. No creo que seamos un Pueblo exiliado que pretenda retornar a su tierra de origen, aunque es innegable también que quienes en su día emigraron o tuvieron que exiliarse vivieran o vivan con verdaderas aspiraciones de retorno.

Sí, hemos sido un pueblo emigrante, aunque en la actualidad tenemos en bastante olvido esta realidad. Las causas han sido diversas. Además de los argumentos clásicos de que se emigró sobre todo como consecuencia de las Guerras Carlistas, los cambios políticos que se dieron con la anulación de los Fueros, el sistema hereditario del mayorazgo o la Guerra Civil española, fueron muchos los vascos que emigraron a América por las crisis sociales que surgieron en Euskal Herria debido a los progresos de tecnologías y de transporte que se dieron en las décadas de la industrialización en las décadas finales del siglo XIX.

Pero no fuimos los únicos: fueron más de 30 millones de europeos los que buscaron un futuro mejor de sus vidas en tierras americanas;sólo de España, entre 1860 y 1945 salieron más de cuatro millones, de los que millón y medio arribaron en Argentina. Buenos Aires era, en palabras de Blasco Ibáñez, el París de habla castellana, donde todo emigrante tenía asegurado el puesto de trabajo y un sueldo diez veces superior al que se pagaba por estos lares.

Celebramos, sí, esta festividad de recuerdo y homenaje a la ciudadanía vasca y descendientes que residieron o residen en cualquier latitud del mundo. Efeméride que es un buen exponente de la sensibilidad institucional respecto al emigrante. En el caso vasco, aunque las Euskal Etxeak están ubicadas en unos 25 países, los estudios que hasta el presente se han realizado nos muestran que los emigrantes vascos actuales residen en más de 100 países. Importante cifra para reflexionar no solo sobre las razones que les motivaron a tomar dicha decisión, sino también por preocuparse por sus formas de vida, por su situación social, porque normalmente conocemos la realidad de las oportunidades de triunfo que la vida les ha proporcionado, pero conocemos relativamente poco la realidad de los menos afortunados y las necesidades que padecen. En cual caso, ¿se puede ser solidario con la realidad histórica de los demás desde el desconocimiento de nuestra propia historia?

Esta constatación me induce a una reflexión de si desde las instituciones públicas existe la misma sensibilidad respecto a los vascos/as que atraviesan situaciones de penuria extrema y la ciudadanía marginal de esos mismos países. Más en concreto: me pregunto, por ejemplo, si en los planteamientos de ayuda de emergencia o de cooperación se ha tenido en cuenta la problemática que padecen los vascos/as residentes en Venezuela.

Sí, hemos sido y somos un Pueblo de emigrantes, y simultáneamente receptores de una inmigración. Más allá de las actitudes políticas, intuyo que los sentimientos de solidaridad con quienes han accedido a Euskadi tendrían mayor arraigo si conociéramos un poco mejor nuestra propia historia de la emigración. A tal fin se redactó en su día, aunque por diversas razones no se desarrolló, el proyecto de la creación de un Museo de la Emigración, un proyecto de recuperación de la Memoria de la historia de la ciudadanía vasca en el ámbito internacional y de la historia de las personas extranjeras en nuestra sociedad. En definitiva, un proyecto vivo de solidaridad, un centro vasco de información, un nuevo Ellis Island, que tanta envidia sana produce al turista que visita New York.