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El encuentro

El encuentro

Las Personas se desplazaron en busca de un lugar que les garantizara la supervivencia;más templado y rico en alimentos. Aunque cuando llegaron a esas tierras, los Seres ya estaban allí...

Por Javier Gamboa - Sábado, 8 de Septiembre de 2018 - Actualizado a las 06:01h.

AMANECERES antes de que el ciclo perpetuo de la Madre Toda comenzara a menguar el brillo de la Luz de Vida, el clan de Mrurm descubrió el grupo de intrusos. Primero los habían detectado por la nariz. Ninguna bestia olía así bajo el vientre azul de la Madre Toda. No existía alimaña que hediera de ese modo. Se desplazaban sigilosos por la tierra libre, bordeando el arroyo chico que nutría las praderas. Parecían temerosos. Lo indudable era que, a pesar de su pequeño tamaño, caminaban sobre dos patas. Susurraban con voces agudas. Y sujetaban herramientas desconocidas. Mrurm recomendó prudencia.

“Desconfía de los Seres”, había advertido su madre, la Sabia Rurn, a Mrurm. Las chamanes del clan de las Personas de la Piedra de Agua oyeron siempre las historias acerca de los Seres. La leyenda del Ser que devoraba fuego. La del Ser que embrujaba a los peces del río. La historia del Ser que adormecía a las bestias con una azagaya mojada. Siempre creyeron que se trataba de versos de tiempos remotos que guardaban la memoria de unos Seres desaparecidos. Pero ya no eran solo cuentos para relatar en las noches frías al abrigo de la Gran Roca Pintada. Ahora estaban allí, caminando a dos patas entre la alta hierba, ante sus ojos asombrados.

Los Seres se agrupaban colina abajo. Mrurm conocía tanto el acecho al reno y al bisonte, que estaba segura, por la distancia y la dirección del viento, de que no habrían sentido su presencia. El clan aguardaría allí, tras las matas de brezo, el próximo movimiento de los Seres. Eso fue lo que Mrurm ordenó. Los pequeños se acurrucaron en los brazos de los hombres sin dientes. El resto permaneció en un calma tensa. Silencio, ordenó la chamán con la simple mirada. Calculó que el viento soplaría en la misma dirección durante el resto del viaje de la Luz de Vida por la panza azul de la Madre Toda.

A Mrurm le costaba recordar cuándo había comenzado el último peregrinar del clan. Las jornadas se parecían unas a otras. Los ciclos de la Luz de Vida y la Luz Muerta se sucedían iguales. Desde el inicio del camino, algunas buenas compañeras, como la hermana de madre Turm, habían perdido el espíritu. Lo mismo aconteció a dos varones temerarios que fueron arrollados por una manada de ciervos. Del propio cuerpo de Mrurm y de los de las otras hermanas habían llegado a la luz de la Madre Toda cinco pequeños, de los que tres no consiguieron dar siquiera un paso. Son muchos los que jamás consiguen ponerse en pie y se abandonan a la Luz Muerta;rebosantes de futuro, emprenden el tránsito al refugio donde aguardan los antepasados.

Siguiendo la postrera instrucción de la Sabia Rurn, el clan quedó en manos de Mrurm. La Sabia, envuelta en su piel de bisonte, se abandonó sentada bajo un gran árbol seco y cubierto de musgo. Sus pies decidieron parar. Y su espíritu estaba de acuerdo. “Ya posees el conocimiento de todas nosotras, Mrurm. Mientras la Piedra de Agua lo cubra todo, no te detengas. Con la Luz de Vida a vuestra espalda, avanza hacia la dirección que indican los golpes en tu pecho. Alcanzaréis el lugar en el que la Piedra de Agua se retira del suelo. En el que no cae Piedra de Agua de lo alto. Ni siquiera Pluma de Agua. En ese lugar el frío no lo cubre todo. Veréis raíces y frutos, muflones, renos y corzos, la nutria en el río y la avutarda en el aire, el ganso en el lago…”. Rurn tomó aire con la boca muy abierta. “Pero temed. Temed la gran crecida, temed al león, al oso, al lobo, a la serpiente, al pozo sin fondo ni orilla. Y a los Seres. Donde la Piedra de Agua desaparece, la maldición son los Seres. Eso dice la memoria del clan”, musitó la Sabia.

“Y así ha ocurrido”, caviló Mrurm. La dirección de los golpes del pecho, con la Luz de Vida a la espalda, les había sacado del frío sin tiempo. Tras las privaciones, trampearon conejos, gozaron de la miel y devoraron los tuétanos de los Huesos Vivos que crecen en la ribera del agua salada. Hallaron el abrigo de roca, pintaron los nombres de los antepasados, cavaron los fosos para cazar durante las migraciones del reno y el bisonte. Y bailaron en torno al fuego.

Cuando la Luz de Vida anunciaba su retirada, Mrurm tomó su azagaya y se puso en pie. Un solo sonido bastó para que el clan permaneciera inmóvil. Mrurm había decidido que no habría una nueva era de peregrinación para los suyos. Descendió la colina a largos y lentos trancos. Quería que los Seres la vieran. Que supieran que no tenía miedo pero que tampoco suponía una amenaza.

Uno de los Seres, una hembra menuda y con el cuerpo pelado que amamantaba a un pequeño rollizo, se incorporó. Dejó su criatura en manos de un Ser encorvado y caminó hacia Mrurm. El Ser y la Persona se encontraron al pie de la colina. Mrurm doblaba el tamaño del Ser, que le pareció débil, enfermizo y con la voz molestamente aguda y compleja. Sin embargo, comprendió la determinación que brillaba en su mirada.

El Ser le ofreció un pez ahumado que compartir. Mrurm añadió un puñado de castañas. Con gestos, dibujos sobre la tierra seca y las músicas de sus gargantas, consiguieron entenderse. Fueron pacientes. Los Seres huían de una guerra donde se pone la Luz de Vida. Conocían la piedra blanca que seca la carne, el secreto de la azagaya que duerme bestias y el modo de prolongar la conservación de la fruta. Los Seres, le comunicó la chamán Huirdibilssa, que así dijo llamarse, “vamos de paso, no cazaremos ni recolectaremos en la tierra del clan de las Personas de la Piedra de Agua”.

Las dos chamanes acordaron, antes de levantarse, intercambiar dos varones maduros que fueran capaces de transmitir los conocimientos de cada clan al otro. “Los varones son menos valiosos que nosotras, dadoras de vida y conservadoras de memoria”, pensó Mrurm.

Mucho después, Mrurm sería conocida como la Guía. Una noche, bajo un árbol cubierto de musgo, se dejó llevar con sus antepasados sin sospechar que era la chamán del último clan Neardenthal. Y que cada rincón bajo la panza azul de la Madre Toda pertenecía a los Seres.

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