Latidos en la ciudad de los muertos

El cementerio de Derio se inauguró en 1902 sobre unos viejos terrenos ferroviarios. Entre sus muros yacen fusilamientos, niños en llamas y el triste eco del monte Oiz y habita una edad de oro artística que imita al Bilbao vivo

Un reportaje de Jon Mujika - Domingo, 9 de Septiembre de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

TICTAC, tictac, late la ciudad de los muertos. Así comienza esta gótica historia. Oigámosla. “Los cementerios siempre han tenido un atractivo para mí. Ellos están bien mantenidos, libres de ambigüedad, lógicos, viriles, y vivos dijo Günter Grass, autor de El tambor de hojalata y premio Nobel de literatura en 1999 y un hombre cuya biografía late junto a las tapias de los camposantos, siempre muy cerca de la muerte. Un viejo poeta nos recordó que los peores cementerios no son los de los hombres muertos, los peores son los cementerios de sueños que tenemos en el corazón y no parece que haya verdad más grande que esa. Y en la ciudad de los muertos, esa por la que ahora pasea esta crónica entre negra y sentimental, late una vida bien fecunda. Como si entre los muros fúnebres se viviese una suerte de resurrección.

El cementerio de Derio se inauguró el 27 de abril de 1902 y la responsabilidad del proyecto se le atribuye a dos nombres: Edesio de Garamendi y Enrique de Epalza. En la actualidad el cementerio se extiende a lo largo de 208.566 metros cuadrados y se calcula que han recibido sepultura en aquella tierra unas 400.000 personas. Entre los fríos números de mármol florecen, es inevitable gritarlo a los cuatro vientos, sobresalientes páginas de la historia. Por ejemplo, allí yace la edad de oro que vivió el arte vasco, una pequeña muestra de su esplendor, con obras de artistas de la talla del escultor bilbaino Quintín de la Torre o el arquitecto José María Basterra entre otros. Intercalados entre sus creaciones destacan suntuosos panteones, capillas o mausoleos de alguno de los personajes más ilustres de la villa, a destacar, el panteón de Doña Casilda de Iturrizar o la capilla de la Familia Ybarra o de la familia Chávarri;sepulcros que contienen desgracias (el sobrecogedor mausoleo que nos traslada el hondo impacto que causó en la sociedad bilbaina de 1912 la catástrofe del Circo del Ensanche, un trágico suceso que tuvo lugar el 24 de noviembre de aquel año, cuando se produjo una falsa alarma de incendio durante una proyección de cine organizada para premiar a los alumnos más destacados de las escuelas de la villa. Fallecieron en la precipitada huida que se produjo a causa del pánico cuarenta y cuatro personas, en su mayor parte niños, cuyos nombres figuran en las inscripciones dispuestas sobre el murete que delimita el recinto o un pequeño rincón que acoge los restos de 74 de las víctimas del accidente aéreo más drástico de la historia de Euskadi. En él, 148 personas fallecieron cuando el Boeing 727 en el que viajaban se estrelló en una de las laderas del monte Oiz en 1985 tras colisionar con una de las antenas que se encuentran en su cumbre...), los extramuros que acogían a los no cristianos o los muros de fusilamiento, donde se pasaportó a los enemigos de uno y otro bando en la terrible Guerra civil. Tras la llegada a Vizcaya de las tropas rebeldes en junio de 1937, se empezaron a suceder fusilamientos en masa, tras unos juicios sumarísimos, sin defensa, eran llevados al paredón del cementerio. Se estima que fueron fusiladas más de quinientos milicianos y ciudadanos. Unas 490 ejecuciones, según en Archivo municipal. Los 5 primeros ejecutados serían el 25 de junio de 1937 (6 días después de la entrada en Bilbao) y los últimos el 11 de marzo de 1943. El mayor contingente es de los detenidos en Santander. Por lo general los ejecutados fueron arrojados a fosas comunes. La prensa publicaba diariamente el nombre de los ejecutados, con la congoja que todo aquello conllevaba.

Los más avisados visitantes del cementerio de Derio, heredero del viejo cementerio de San Francisco y del destartalado cementerio de Mallona y levantados en tierras conocidas como Vista Alegre que evitaban filtraciones a los cursos subterráneos de agua y que fueron donadas al Ayuntamiento por la Sociedad del ferrocarril de Bilbao a Lezama, lo han comentado más de una vez: la ciudad de los muertos reproduce la ciudad de los vivos. ¿Cómo explicarlo? Si se conviene, por ejemplo, que durante años la plaza Moyua ha sido el epicentro de Bilbao, habrá que aclarar que en ese dédalo de calles que dan forma al camposanto de Derio destaca la plaza de la Virgen de Begoña, un claro que se abre en el corazón del cementerio. La inmensa mayoría de capillas y mausoleos que rodean la citada plaza están dedicados a las familias que tuvieron un papel fundamental en la industrialización de Bizkaia. Y entre ellos sobresale, por su altura -es el mayor edificio del camposanto...- la capilla Chávarri, que aunque no se conoce con exactitud su creador y fecha de creación, se cree que pudo ser obra del arquitecto Mario Camiña, hacia el año 1904. Mirémoslo con perspectiva: el actual edificio del gobierno civil que se encampana en Moyua fue hogar de la familia Chávarri, la misma cuya estructura destaca en la plaza central de cementerio.

Hecha la comparación, hay otras historias que campean por esas tierras sagradas. La cripta del cementerio de Bilbao es uno de los primeros espacios que nos encontramos al visitarlo. Y es que, su ubicación frente a la entrada, a los pies de la capilla, hace imposible no fijarnos en ella. Esta cripta acoge los restos de 321 personas que murieron durante diferentes episodios violentos de Bilbao. Las antiguas casas del capellán y del enterrador albergan hoy en día el archivo y las oficinas respectivamente, sin perder su distinción arquitectónica. Una placa con versos de Garcia Lorca y Rafael Alberti hace honor a la memoria de los milicianos fusilados y junto a la manzana 19, encontramos un fragmento del muro originario del cementerio, junto a él, aparecen los nombres de 19 personas que fueron fusiladas en este cementerio durante la guerra civil por los partidarios del bando republicano. Lágrimas, recuerdos imborrables y otros miles que se han difuminado en la bruma de los tiempos;sangre de todos los colores e incluso filmaciones de películas o videoclips. Todo un ajuar de acciones y sensaciones se entremezclan en un espacio mágico que alberga un sinfin de historias que nos hicieron lo que hoy somos. Lo dicho en los comienzos, se escuchan latidos de vida en la ciudad de los muertos.