la vuelta remate de la jornada vizcaina del próximo miércoles

Oiz se descubre

Pello Bilbao y Jonathan Lastra recorren con DEIA la ascensión al monte Oiz, la cima inédita de la Vuelta, remate de la jornada vizcaina que parte de Getxo y que se disputa el próximo miércoles

César Ortuzar - Domingo, 9 de Septiembre de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

oiz - “Uff, ¡madre mía!”, resopla con palabras Jonathan Lastra cuando la carretera se retuerce, abandona el asfalto, y se da de bruces, sin transición, con un suelo de hormigón. Es el felpudo que da la bienvenida al monte Oiz, el coloso que se quitará el sombrero el próximo miércoles, cuando la etapa vizcaina de la Vuelta, que parte desde Getxo y recorre la costa, anide en la cumbre que retoza junto al Balcón de Bizkaia. Oiz es el faro que se intuye, la luz que ilumina una subida salvaje, que cuidan los gigantes de la nueva era. Una subida para Quijotes. Los aerogeneradores le dan un aire aún mas duro y extraño a una ascensión que sale del imaginario popular para colarse en carrera. “La Vuelta siempre busca puertos inéditos”, dispone Pello Bilbao. Después de una aproximación desde Munitibar, fina la brea, rápido el ritmo de Pello Bilbao y Jonathan Lastra una curva, un cartel y emerge el infierno como un puñetazo al mentón del orgullo. Una vertical de 4 kilómetros. Un puerto que esconde rampas del 22%. “El nuevo ciclismo. Las cuestas de cabras”, dice Pello Bilbao riendo.

Al gernikarra siempre le atrajo Oiz, el monte que es parte de su vida, de su paisaje, de su mirada, de sus vistas. Enmarcadas por una ventana. “Desde mi casa veo las antenas del monte”, relata el vizcaino en su tercera visita a la cumbre desde que supo que la montaña se cosería al tejido de la Vuelta a España a modo de broche. Para Jonathan Lastra, debutante en la Vuelta, escalar hasta las antenas bajo el zumbido de los gigantes que baten sus brazos metálicos, es un viaje a la Luna. Nunca lo ha pisado antes. Quiere dejar huella. “No me lo imaginaba así. El primer rampón es matador, pero me lo imaginaba más constante”, dice el bilbaino, que dobla el espinazo cuando el hormigón saluda en los últimos días de agosto, antes de partir hacia la Vuelta, otro viaje iniciático para Jonathan Lastra.

En Munitibar luce el sol, pasa la vida entre los paisanos y los ciclistas que paran en la fuente del pueblo para rellenar los botellines. El agua alivia la sed. Pello Bilbao y Jonathan Lastra tienen hambre de Vuelta y tras el saludo y una pequeña charla parten con entusiasmo a palpar Oiz, una montaña desempolvada para la Vuelta y que ha disparado sus visitantes desde que se supiera que sería parte del recorrido. El gernikarra está entusiasmado con la idea de una etapa que recorre el sitio de su recreo, sus carreteras, su biografía. “Cambiaría una etapa del Tour por ganar aquí. Lo tengo muy claro. Sería lo máximo poder levantar los brazos en Oiz entre la afición… buff, sería muy bonito. La llegada perfecta para ganar. Igual no es la mejor para mí, pero por la experiencia de ganar aquí tiene que ser increíble”, advierte Pello Bilbao, que abre huella en Oiz. Para él, el coloso no es nuevo, pero tampoco habitual aunque decore la postal de su hogar. Tan cerca y tan lejos. “No es un puerto que subas para entrenar porque es muy duro. Yo lo he reconocido antes porque sé que es parte de la carrera, pero nunca ha sido parte de los recorridos de los entrenamientos”, analiza el ciclista del Astana, ligero, una pluma teñida de azul celeste.

Ese es el color del cielo. Antes de alcanzar el Paraíso, espera un purgatorio de 5 kilómetros que mezcla hormigón, asfalto viejo, brea nueva con la que se han parcheado las zonas más deterioradas de la subida, un par de pasos canadienses para el ganado, protegidos con planchas de metal, y algunas rampas descomunales en las que se trata de sobrevivir. “Hay una zona en la que es difícil hasta avanzar porque es fácil perder el equilibrio”, sugiere Pello Bilbao. “Yo había visto una foto de eso, pero uff, no creía que era así, tiene demasiada pendiente. He ido por el canal”, desvela Jonathan Lastra. “Yo también. Esa zona es jodidísima. Creo que hay hasta un 22% de desnivel o así. Es lo máximo que tiene la subida”, agrega el gernikarra, que conoce todos los trucos para encarar Oiz. Lastras sube con más atención, también con más sufrimiento. “El primer rampón es brutal, pero pensaba que la subida iba a ser más constante, no tan duro. La primera parte ni tan mal. Creía que iba a ser más duro, pero ese rampón no me lo esperaba. Le daría un 8,5 dureza”, apunta. “Lo que te salva es que puedes respirar porque tienes algunos descansos”, argumenta Pello Bilbao, que equipara la ascensión a la subida a Los Machucos, la montaña cántabra que salió de la chistera de la Vuelta el pasado año. “Es similar. También me recuerda el Muro de Sormano de Lombardia. Tiene la subida inicial de un puerto corriente, asfaltado, y luego bien un giro y un rampón de dos kilómetros”. Lastra no le encuentra un parecido razonable a nada de lo que haya subido. Le viene a la memoria el Monte Jure, que tuvo que reptar en Croacia, una montaña eterna, de hora y media de subida, que le dejó grogui, mareado. “El hecho de que haya algunos descansos, además de permitirte respirar, viene muy bien para la cabeza. Esta clase de subidas son menos deprimentes en carrera que entrenando. Sabes que si tienes que esforzarte en un tramo más duro luego tienes una zona en la que tomar aire, que no todo es una agonía constante. En la parte final, si traes piernas, se pueden hacer diferencias”, describe Lastra.

Oiz no es tan despiadado como Jure porque es más corto, pero es muy intenso. Ambos ciclistas calculan que la subida al monte en carrera estará sobre los 24 minutos de trabajo. “Los puertos se hacen pelota a partir de la media hora, que ya se puede decir que es una ascensión larga”, diserta Lastra, que suelta otro “Uff, ¡madre mía!” cuando gira nuevamente al tramo que encauza la subida hacia los aerogeneradores, el pórtico de la meta. Entre esa curva y la corona de Oiz, no hay descanso. La montaña se pone galla. Quién quiera subirla tendrá que ganársela con el corazón en la boca y la cabeza gacha, con los ojos pegados al asfalto. “La clave es mirar al suelo. Sin levantar la cabeza, para no desesperarte ni desmoralizarte”, apunta Lastra. “Del paisaje no se disfruta cuando subes”, lanza Pello Bilbao.

La subida, abrupta, exigente, obligará a colocar un desarrollo especial “un piñón del 28, fijo”, dice Pello Bilbao, más versado en el Oiz, una ascensión en la que “se puede hacer daño y sacar diferencias”, sugieren ambos. “Es un puerto para subir a ritmo”, desgrana el gernikarra. Para el ciclista del Astana, el hecho de que la montaña sea abierta, sin demasiados giros, otorga una ventaja para las referencias. “Incluso si alguien va un minuto por delante le puedes ver. Eso es importante”. También lo serán los sonidos. El día de la visita solo un cicloturista y sus jadeos se cruzan con Pello Bilbao y Jonathan Lastra además de la cuadrilla que repara el camino y un todoterreno de mantenimiento de las antenas, un nudo de telecomunicaciones de Euskadi. El miércoles se esperan jaleo, ánimos, griteríos y el desembarco de la afición vasca y su apego innegociable con el ciclismo. “Eso será increíble. Los ánimos te ayudan a sacar una fuerza extra”, expone Pello Bilbao. “Aunque vayas reventado, que te animen te da la vida”, argumenta Lastra.

subir a ritmo El hormigón es el punto de inicio y también el final de Oiz. El asfalto es el intermedio, donde se congrega una rampa que da miedo solo de imaginarla. Alcanza el 22% de desnivel. En coche, hay que meter la primera velocidad. Es en esas rampas donde el piñón de 28 dientes cobrará todo su sentido. “No se puede ir a tirones. Coges tu ritmo y para arriba. Ante puertos así, en mi opinión lo importante es conocerse a uno mismo más que a la subida en sí, aunque no está demás tener información extra del puerto”, analiza Pello Bilbao, al que le preocupa la aproximación al puerto, la colocación. “Habrá pelea para entrar bien colocado a Oiz”, desliza. “Llegaremos después de una buena paliza, porque en la etapa no habrá ni un metro llano y para rematar te encuentras esto”, indica Lastra, que sonríe por no hacer una mueca.

En la cumbre, que se gana tras un gran esfuerzo, Pello Bilbao y Jonathan Lastra se abrigan. Sopla viento en la terraza de Oiz, abierta a Bizkaia a modo de centinela. Los aerogeneradores vigilan la escena desde su estatura colosal. Cerca del sol, una mujer aprovecha para ponerse morena. Pello, el primero en hacer cima y Jonathan, recuperan el aliento. Sonríen. Se les nota en la mirada que les emociona Oiz y el encuentro con la afición. “Aunque esté reventado, a Oiz tengo que llegar sí o sí”, expresa Lastra. “Eso no nos lo podemos perder. Si no nos motivamos ese día… apaga y vámonos. Será que estamos muy hundidos y mejor si nos retiramos”, discurre Pello Bilbao con humor. “Aquí va a querer ganar todo el mundo, tendrá ese punto extra. Nosotros, los de la tierra, los primeros, pero además, al ser la primera vez que se sube en carrera, habrá mucha gente que quiera escribir su nombre en Oiz. Además, con la afición que hay aquí, cómo lo vive la gente, es un caramelo para todos”, subraya Bilbao. La cima, puede ser decisiva para la Vuelta, otro aliciente más para descubrir Oiz, que espera para abrazar con su brazos metálicos a la carrera. “Uff, ¡madre mía!”.