la vuelta

Yates enrojece en Les Praeres

El inglés retoma el mando de la general con una victoria ajustada en una llegada inédita en la Vuelta que desvela el debate entre Valverde y Quintana

César Ortuzar - Domingo, 9 de Septiembre de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

bilbao - “Ha sido una putada no conocer la subida. Pensaba que era más dura en la parte final. He aguantado y aguantado pero al final era ya muy difícil”, describió Alejandro Valverde, segundo en la general, que observó el repunte de Simon Yates, de retorno el inglés al trono tras la concesión a Jesús Herrada, que asomó gateando por Les Praeres, una cima inédita, territorio inhóspito, hostil, inexplorado. “No conocía el puerto final, solamente vi un vídeo y luego algunas imágenes. En un inicio he sido conservador, porque no sabía lo duro que se podría poner el puerto. Me lo he tomado con calma y he esperado al mejor momento para arrancar”, expuso Yates sobre su triunfo y la reconquista del liderato. A Herrada, le devoró la Falla de los Lobos antes de adentrarse en Les Praeres, el cementerio de su sueño. A Valverde, el desconocimiento del puerto del que no había anotación en la Vuelta le desenchufó de la victoria según su teoría, pero le mantiene permanentemente conectado a la carrera, que continúa estrujada en un puño, aunque se le han desprendido varios candidatos, que observan con prismáticos el póquer de ases que quedaron en la mesa de Les Praeres. Entre Yates, el líder, y Miguel Ángel López, cuarto, transcurren solo 47 segundos. En el centro se encuentra la bicefalía del Movistar. Valverde, a 20 segundos y Quintana, a 25. Queda por resolver quién manda en la formación española porque el eterno Valverde aguanta y Quintana no rompe del todo. “A veces tienes que disparar una bala y puede salir bien o al aire”, analizó el colombiano a la espera de que en el debate interno por la jefatura del Movistar interceda la mítica subida a los Lagos de Covadonga, otro escenario para desbrozar la general y descifrar el laberinto por el que discurre la Vuelta antes de la semana final.

Detrás de Miguel Ángel López, la mano estrecha de la carrera se abre. Kruijswijk, la percha, se descuelga hasta el 1:24;Urán bordea el minuto y medio de pérdida, y Ion Izagirre, que se dejó algo más de medio minuto, acumula un retraso de 1:40. Enric Mas, estupenda su ascensión al novedoso coloso, sigue los pasos Izagirre. Por detrás, Gallopin y Buchmann, que bordean los dos minutos. Todos ellos se difuminan del primer plano, que ocupa el cuarteto que dio la bienvenida al muro asturiano, otro invento de Javier Guillén, ideólogo de la Vuelta. La propuesta, una ascensión corta, con dinamita en rampas en las que ir a cámara lenta, congregó a una cuneta enfervorecida, recostada en las laderas, celebrando el calvario de los ciclistas, equipados con crampones y piolets para ganarle palmos a la gravedad y a las cuestas, cepos que mordían el entusiasmo de los corredores, otra vez danzando a espasmos sobre las brasas del infierno.

Capturado Kwiatkowski -el último banderín de enganche de una fuga en la que respiraron Cortina, Woods, De Gendt, Roche y Bookwalter - en la garganta de Les Praeres, salivó el pelotón. El Bahrain, enardecido en La Mozqueta, cuando Nibali dispuso su aleta de tiburón para desnudar a Herrada, aceleró la marcha para el encuentro con lo desconocido. Cuanto antes, mejor. Los favoritos pasaron revista con cautela ante un puerto sin pasado. No se podía hacer memoria. Se impuso cierto sosiego hasta que irrumpió la ambición de Kruijswijk, aferrado a la valentía. Sonó el cornetín. Un flashazo. Al ataque. El holandés, cargó sobre sus hombros la montaña con pose de felino. La descarga de Kruijswijk electrocutó al grupo, que padeció el chispazo. A Buchmann, Keldermann e Izagirre les dio calambre. Faltaba demasiado, pero Kruijswijk apostó a todo o nada. Carapaz, el último relevista del Movistar lijaba la distancia, que no era mucha pero tampoco un instante. Valverde, Quintana, Simon Yates, Miguel Ángel López, Enric Mas, Thibaut Pinot y Rigoberto Urán se apresuraban ante unas rampas que congelaban el esfuerzo.

izagirre pierde fuelle El holandés, conmovedor en su entrega, abría la comitiva, una cordada de la que no era parte Izagirrre, que decidió regular y encomendarse a un ritmo que no le dejara vacío. A Buchmann y Gallopin se les secó la garganta. Patas de palo ante la alegría de Kruijswijk y el cálculo del grupo de favoritos. La melodía del holandés no pasó del estribillo. Les Praeres le quitó el aire. La subida era árida. Atornillaba voluntades. Nadie era capaz de desenroscarse y levitar. Anulado el holandés, comenzó el baile de máscaras entre rampas durísimas, constantes, que siseaban entre el 12,5 y el 17,5 % de desnivel. Valverde, Quintana, Simon Yates, Miguel Ángel López, Enric Mas, Pinot, Kruijswijk y Urán trataban de mantener la compostura encerrados en una lengua de asfalto que les burlaba. Les sacaba la lengua. Superado el meridiano de la subida, Quintana gritó libertad.

El colombiano de rostro impenetrable, la cremallera del maillot hasta arriba, el cuello a modo de levita, se apresuró. Miguel Ángel López se agitó. Se puso la capa. Superman. Los dos unidos y Quintana hablando por los codos. Su lenguaje. Pidió relevo en un descanso. Su compatriota se quedó mudo. El resto se rehizo y no tardaron en presentarse en el vis a vis. Fintó Valverde y pegó duro y al mentón Simon Yates, a pecho descubierto, con el maillot abierto para la refriega. Al abordaje. El inglés, rebozado en la determinación, no giró la vista y holló en la cima golpeándose el pecho. Cuatro golpes. Así reclamó el liderato. “Sigo siendo el mismo corredor que en el Giro. La única diferencia es la preparación. La idea ha sido la de ir mejorando a medida que la carrera avanzaba”, dijo el inglés. Simon Yates pone el ritmo de la Vuelta después de enrojecer en Les Praeres.