Editorial

Diáspora y migraciones

El lehendakari ha elegido un día significativo para atreverse a hacer pedagogía sobre la migración y tratar de orientar los debates que suscita liberándolos de discursos manipulados e interesados

Domingo, 9 de Septiembre de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

LA celebración del primer Día de la Diáspora ha permitido al lehendakari, Iñigo Urkullu, hacer un ejercicio de memoria y de pedagogía social dirigido a la sociedad vasca en relación al fenómeno de las migraciones. Lo hizo de un modo valiente porque puso voz a un debate incómodo en un entorno en el que faltan voces que enfoquen el asunto desapasionadamente y sin intereses espurios que ofrecen más ruido que respuestas. El pueblo vasco, orgulloso de su diáspora lo está porque sistemáticamente ha sido un pueblo emigrante capaz de instalarse en ámbitos socioculturales diferentes. Ha sabido impregnarse de ellos y enriquecerlos con su propia aportación. Este punto de partida debería permitir desterrar las más obscenas de las argumentaciones xenófobas que se disfrazan de discurso populista en nuestro propio debate sobre migración. Para empezar, sería muy oportuno que se aplicara bisturí al maremagnum de casuísticas. La lógica preocupación por la seguridad no justifica el señalamiento colectivo de los extranjeros como presuntos delincuentes. Igualmente, las naturales dudas sobre la sostenibilidad del sistema vasco de bienestar no admite sostener la mentira del fraude en las ayudas o la voluntad de “vivir de las subvenciones” que se atribuye nuevamente a los recién llegados. En el otro extremo, tampoco la loable aportación de los colectivos sociales que acogen a quienes llegan o pasan por Euskadi en precarias condiciones puede dar lugar a dar la espalda a las limitaciones reales de las instituciones y de los recursos públicos. Es preciso identificar claramente los escenarios de la migración. El asilo es un derecho. Hay amplios colectivos de personas que llegan huyendo de situaciones de persecución y merecen un tratamiento específico. Los vascos deberíamos recordar ese pasado. En segundo lugar, la emigración económica también es una realidad que de nuevo tuvo su momento histórico en este país. Obviamente, la acogida de ese perfil de migrante no puede ser descontrolada. Europa aún no ha acabado de superar el éxodo hacia las urbes industriales que creó auténticos cinturones de miseria en el siglo pasado. Reproducir el modelo no es una virtud. Por ello, es preciso desmitificar la migración huyendo del buenismo y negando sus dificultades, como es imperioso combatir su estigmatización. Migrar es un impulso humano y un factor de desarrollo.