Badar | marruecos - Rashid | ghana

Amigos de todos los colores y razas

Badar, un locuaz marroquí, mira a su amigo Rashid, mucho más reservado.Foto: Ruben Plaza

FichaDÍA. Un miércoles de agostoLUGAR. Donostia
ASOCIACIÓN. Kolore Guztiak

Jorge Napal - Lunes, 10 de Septiembre de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

donostia - La aventura que un día emprendieron Rashid -que se aventuró como polizón en las tripas de un buque mercante que dejó para siempre el Golfo de Guinea- y Badar que se propuso algo similar, pero a 5.000 kilómetros de distancia desde Tetuán- acabó por converger un buen día en Donostia, en Tabakalera, donde coincidieron en unas jornadas interculturales. Dos años han pasado ya desde que se hicieron colegas. Ambos rondan la veintena, estudian, salen de fiesta, juegan a fútbol, ríen, lloran, ligan -“cuando nos dejan”- y sueñan con un futuro. Nada fuera de lo común que no haga ni sienta cualquier otro joven de su edad. Un canto a la vida y a la normalidad tras semanas de sobresalto, con migrantes de tránsito que desean atravesar la frontera.

Hay muchas maneras de poner los pies en el suelo. Rashid y Badar, que tomaron esa decisión hace años, no son sujetos pasivos ni delincuentes, como en ocasiones les han tratado. Sentarse en el autobús y ver cómo la mujer o el hombre de al lado se aferra al bolso o a la cartera es algo que “molesta”, y que han vivido “millones de veces”. Que ellos sepan, su único delito es “ser negro y marroquí”. Si algún lector tiene ocasión de compartir plaza con ellos en algún transporte público, que pruebe. Que charle por unos minutos para descubrir a dos jóvenes con ganas de comerse el mundo, que participan en un sinfín de actividades. “Somos musulmanes, pero no te lo pierdas, que hemos cubierto ya tres etapas del Camino de Santiago, desde Iruñea hasta Los Arcos. Tenemos amigos de todos los colores y de todas las religiones”, sonríen ambos.

Lo mismo se lanzan sin pensarlo a caminos polvorientos con la mochila a las espaldas, que participan en talleres o le pegan patadas al balón con bastante acierto. Pero por encima de todo, son dos jóvenes jatorras que interactúan y congenian con menores de los municipios guipuzcoanos que visitan de la mano de la Asociación Intercultural Kolore Guztiak, que gestiona siete pisos de emancipación para estos chavales de entre 18 y 23 años. “Los niños nos quieren. Ellos son transparentes, y saben quien tiene buen corazón. Con la edad surgen los prejuicios, pero los pequeños saben mejor que nadie vivir sin fronteras mentales. Desde luego que en cuanto me ven se me acercan sin dudarlo”.

Badar da muestras de su incontinencia verbal. Y en la medida que habla y habla se perfila un chico que, pese a sus dificultades, va de cara por la vida, al dictado de su corazón. Quizá sea todo ello lo que encandila a los niños y niñas que, como esponjas, absorben siempre a la gente de bien que les presta atención. En cualquier caso, la delicadeza que muestra con los menores contrasta con la crudeza de su relato. “Uno aprende a vivir a pesar de todas las penalidades. Hacemos cualquier cosa por salir del país. He visto a paisanos tratando de subirse a los cabos de un barco y caer desde muchos metros perdiendo la vida. He visto a otros tratando de escapar en los bajos de un vehículo, e incluso siete compañeros que llegaron en un camión de basura. Haces lo que sea. ¿Alguien se piensa que de haber tenido recursos habría dejado atrás mi tierra y a mi familia? ¿Alguien se cree que me gusta ver cómo la gente se aferra al bolso cuando están a mi lado, pensando que les voy a robar?”, dice, golpeando la mesa.

Rashid, mucho más silencioso, cuenta que su madre falleció hace dos meses, y que su padre lo hizo hace dos años. “Me fui por ellos, por conseguir un dinero, y ya no están...”. “Es la vida”, le dice su compañero, que también ha perdido por el camino a muchos amigos.

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