Símbolos de resistencia palestina

Por Igor Barrenetxea - Lunes, 10 de Septiembre de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

TRAS las humillaciones, vejaciones, ignominias y persecución, los palestinos se aferran como pueden a la esperanza de ver su tierra liberada… es difícil saber qué significa eso, aunque los israelíes lo tienen claro. No hay más Palestina que Israel. Y quien no es judío no es israelí, y quien no es israelí es un ciudadano de segunda, sin los mismos derechos que el conjunto de la sociedad. Los árabes y los cristianos son tratados como ciudadanos de segunda, en otras palabras, son discriminados. Pero desde la figura emblemática de Arafat en la ONU llevando su rama de olivo y su pistola han pasado demasiadas décadas sin que los palestinos no parecieran ser una caterva de organizaciones corruptas (Al Fatah) o terroristas (Hamás y la Yihad islámica), sin nadie que les devuelva una pizca de ilusión, salvo ciertas equívocas Intifadas (como la de los cuchillos) que lejos de haber impulsado el diálogo han permitido que el Israel más ultraconservador marque las directrices del Israel plural, imponiendo su fiereza y obligando a los palestinos, una vez más, a pelear con uñas y dientes por la dignidad arrebatada. Y entre las brumas de la intolerancia, la violencia y el radicalismo musulmán ha surgido un nuevo referente.

A finales del año pasado, una adolescente plantó cara a un soldado israelí al que abofeteó crudamente. Fue un 15 de diciembre. La escena fue grabada por su madre y subida a Internet, por lo que pronto se hizo viral, pero también fue una humillación para Israel que, rápidamente, sometió a un juicio militar a la joven y a su madre, y fueron condenadas a ocho meses de prisión. Este verano, en agosto, expiró su reclusión. Así, recién cumplidos los 17 años, Ahed Tamini se ha convertido en un símbolo cívico de la resistencia contra Israel. Para el Tel Aviv de Netanyahu no deja de ser una agitadora, sin darse cuenta de que la democracia israelí se ha pervertido, rechazando o negando la igualdad de los que viven bajo su manto y mostrando una total insensibilidad para quienes reivindican al pueblo palestino.

El hecho de que la Justicia se haya militarizado y que una bofetada sea considerada como un delito tan grave, nos muestra el nivel de fascistización al que se ha llegado. De hecho, Ahed fue acusada de 12 delitos y solo gracias a un acuerdo con la fiscalía y la presión internacional, la condena resultó más leve… a pesar de todo, fue condenada por asalto y por incitación a la violencia. Las circunstancias que rodearon su acto, acababan de ver como su primo Mohamed, de 15 años, recibía un impacto de una bala de caucho que le desfiguró la cara, o que tuviera tan solo 16 años, no importaron. Israel se muestra implacable, como si todo palestino, independientemente de la edad, fuera una amenaza a su seguridad. No se dan cuenta las autoridades de que respondiendo y actuando de esta forma indiscriminada, no solo se logra la animadversión de la población palestina, sino que más jóvenes se sumen a la rebelión y son fácilmente captados por grupos radicales, alimentando más esta sed de venganzas. Tales jóvenes ven como sus familias son maltratadas y en su ceguera juvenil se embarcan en esta batalla contra los israelíes, sufriendo las consecuencias y dando pie a que Israel actúe de forma más dura si cabe, como si fuese una guerra. Así que al verse amenazados por unos niños no dudan, incluso, en disparar con fuego real, generando, precisamente, una espiral de violencia y rencores que solo acabará con la destrucción del pueblo palestino, con el dolor y sufrimiento de miles de personas por parte de ambos bandos.

En unas declaraciones tras salir de la prisión, Ahed dejaba muy claro su punto de vista, ella no era una “agitadora profesional”, sino que sus actos y reacciones han venido motivados estrechamente por el contexto tan opresivo y oprobioso con el que vive cada día. Porque como ella señalaba, “a nadie le gusta ir a la cárcel”, pero si “hay un soldado dentro de mi casa, o me detienen en un control a cada paso que doy”, no podría quedarse quieta ni en silencio. “¿Quién puede vivir así?”, a lo que concluía reflexivamente: “No me dejaban vivir una vida normal. Por eso elegí la resistencia a la ocupación”. La joven ya había protagonizado otros actos semejantes, con 12 años, cuando intentó que su hermano no fuera detenido por las tropas israelíes. Su propia familia ha estado siempre muy implicada en la lucha palestina y varios han muerto en enfrentamientos con Israel. Su propio padre, Bassem, ha sido encarcelado varias veces.

Cabría pensar si Ahed no refleja muy bien la realidad que viven tantos miles de jóvenes palestinos que envueltos por este clima de violencia, humillación y enfrentamientos acaban siendo contagiados por este espíritu de rebeldía. Una rebeldía, en todo caso, que no va más allá de una violencia coloquial, no terrorista, pero que Israel la asume de una manera exagerada. Control, sometimiento y una conciencia llena de prejuicios que asfixia de tal manera la vida de los palestinos que les convierte en enemigos irreconciliables, sin tender puentes entre ellos, refugiándose en un miedo que va más allá de los actos y la amenaza real terrorista de los últimos años. Ahed se ha convertido en un icono porque desvela la indefensión palestina en todos los sentidos, el modo en el que Israel tampoco es capaz de atenuar o de apaciguar la tensión utilizando para ello toda la fuerza coercitiva a su alcance. La pugna de los palestinos por su dignidad se enfrenta a los temores de unos israelíes que eran, precisamente, cualquier intento de acercamiento y de diálogo entre las dos partes, viviendo en un perpetuo paroxismo.

La paz y la convivencia deberían, sin duda, ser las claves prioritarias de todo gobierno ante esta realidad. Y, sin embargo, no solo no se dan, sino que se niega que sea posible. Hoy Israel es responsable de vejar a todo un pueblo, ya no es un pueblo víctima de la Historia, sino que se ha convertido en verdugo. Algún día los israelíes deberán enfrentarse a sus propios demonios, a la indicativa verdad de su incapacidad por haber reconocido a los palestinos como iguales y buscar una manera de poner remedio a tanto sufrimiento. Mientras tanto, toca enfrentarnos al problema y exigir a la ONU que cumpla su cometido en la diplomacia internacional.* Doctor en Historia Contemporánea

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