Tribuna abierta

Crisis cambiarias y crisis fiscales

Por Joaquín Arriola - Miércoles, 12 de Septiembre de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

ENTRE 2008 y 2017, las tenencias combinadas de activos de los bancos centrales en estos países se han incrementado en más de 10 billones de dólares, algo así como el PIB español de ocho años. En este mismo periodo, su PIB nominal solo se ha incrementado en 5 billones de dólares. Incluso con estas políticas monetarias increíblemente laxas, las economías avanzadas han mostrado en general un crecimiento balbuceante con esperanzas periódicas de recuperación frustradas por repetidas desaceleraciones.

El caso es que tenemos más de 5 billones de dólares nuevos dedicados a buscar una rentabilidad financiera que solo se puede obtener mediante el aumento constante de los precios de los activos, es decir, mediante precios ficticios alimentados por burbujas.

La generosa creación de dinero nuevo, sea directamente a los gobiernos a cambio de títulos de deuda, como en Estados Unidos o Japón, o mediante la intermediación de los bancos, como en Eurolandia, a través de los cuales los bancos centrales pretendían frenar la mayor depresión de los últimos doscientos años (2009) y frenar una deflación de largo plazo (2010-2014), ha resultado en que en torno a la mitad de ese dinero ha terminado en manos de especuladores en busca de altos rendimientos, quienes los están gastando en generar burbujas por todo el mundo: más allá de las variedades y peculiaridades que adopte la burbuja en uno u otro caso, la inflación de precios de activos como los bienes inmuebles, los valores de renta variable, los bonos u otros tipos de valores de renta fija se debe fundamentalmente a esta causa.

De hecho, y esto es un dato de coyuntura más que relevante, entramos en el año 2018 con casi todas estas burbujas en sus picos más altos desde hace una década, lo que se puede considerar como otra consecuencia del pensamiento económico dominante porque, en cambio, la política fiscal expansionista apenas se utilizó después del primer estímulo inicial y es hoy un anatema en las políticas promovidas por el consenso europeo, que rápidamente acusan de “populista” a cualquier propuesta en este sentido.

Por tanto, no hay que buscar más allá la causa más importante de otro fenómeno al que estamos asistiendo estas semanas, las crisis cambiarias en países como Argentina o Turquía. Se ven reforzadas a niveles dramáticos no por cualquier error de política que hayan cometido los gobiernos -que haberlos, haylos-, sino porque los tipos de cambio son, al menos desde hace cuarenta años, un activo financiero con el que especular como otro cualquiera, desde el punto de vista de los especuladores, por supuesto, no del de la economía real.

Esta crisis pone en cuestión además una parte del pensamiento heredado: se suponía que el mundo en desarrollo era diferente;se suponía que sus economías, al haber estado más tiempo y más profundamente sometidas a la terapia del FMI y asociados, estaban en mejores condiciones para continuar expandiéndose debido a la flexibilidad cambiaria y capacidad de actualización asumidas por los teóricos de la corriente dominante.

La desaceleración del desarrollo Por otro lado, se habló mucho del “desacoplamiento” entre las economías en desarrollo y avanzadas, con China y otros países emergiendo como polos de crecimiento alternativos, pero también esto resultó hasta cierto punto erróneo.

Es cierto que China, aplicando políticas despreciadas en los países desarrollados, con una dirección estatal sustancial de la economía, continuó mostrando un crecimiento rápido, aunque algo desacelerado;y que la India también ha seguido creciendo razonablemente rápido, aunque gran parte de ese crecimiento se deba a aumentos en las finanzas y la administración pública. Ambos países han crecido más de un 6% el año pasado, tres veces más que Estados Unidos o la Eurozona.

Sin embargo, en general, el mundo en desarrollo resultó ser mucho más dependiente del crecimiento de las economías avanzadas y, en el último decenio, su expansión económica también se desaceleró. Los conjuntos de los países subdesarrollados han pasado de crecer por encima del 8% hace diez años -tres puntos por encima de la media mundial- al 4,5% en los últimos tres años, solo un punto por encima de la media mundial.

Ese crecimiento, además, posee una distribución muy desigual y se centra cada vez más en Asia porque en América Latina y África están en una situación de virtual estancamiento, con tasas de crecimiento similares a las europeas;sometidos a un reajuste de políticos y de políticas para hacerlas más parecidas a las que estamos acostumbrados por estos pagos: el estancamiento, lejos de reducirse, tiende a establecerse como la norma a largo plazo.

Y es en este contexto que las apuestas del capital financiero, engordado con las políticas de expansión monetaria de los países desarrollados, apuesta ahora contra las divisas de Turquía o Argentina, y más pronto que tarde veremos que también contra el real brasileño y probablemente antes de los 100 días de gobierno de AMLO en México, también contra el peso mexicano, y contra otras monedas, para intentar realizar beneficios rápidos con operaciones cortas bajistas contra dichas divisas (es decir, vendiendo dichas monedas a futuro, sin tenerlas y a un precio inferior al actual, en espera de comprarlas a un precio aún más bajo cuando haya que entregarlas).

Al acudir al FMI, Argentina no ha hecho sino agravar la hemorragia, pues las políticas de liberalización de cuentas que promueve este organismo consisten en financiar y facilitar la fuga de capitales, que se suma al déficit comercial. Y la otra medida estrella, la devaluación, no puede ser una herramienta eficaz en países dolarizados como los latinoamericanos cuyas monedas se estabilizaron a finales de los años 90 precisamente con la garantía de sus reservas de dólares.

El modelo de política macroeconómica que promueve el FMI, y la propia UE de modo aún más rigorista, se centra en la consolidación fiscal, cualesquiera que sean las circunstancias, y en políticas tributarias regresivas;se basa en la demanda de exportaciones como principal motor del crecimiento;y, por lo tanto, suprime las políticas de apoyo a los ingresos salariales y la demanda interna. En conjunto, estos factores generan resultados que no permiten que los mercados nacionales se expandan como podrían, lo que desincentiva la inversión. Y en el incierto clima mundial imperante, cuando el propio comercio se ha convertido en otro campo de batalla, esas preocupaciones se agravan para los potenciales inversores, que prefieren hacer apuestas más o menos fáciles y rápidas en los mercados financieros en lugar de realizar inversiones productivas a largo plazo con consecuencias desconocidas.

Una política alternativa pasaría por entender que el principal problema a la estabilidad y el crecimiento proviene del sector externo. La deuda externa y la crisis fiscal ya no son el principal problema de América latina o África;aunque pueden volver a serlo de seguir las recomendaciones interesadas. En América latina y en otras regiones, solo una buena regulación de la apertura a las importaciones y la recuperación de la demanda interna mejorarán realmente la solvencia fiscal mediante la recuperación de la recaudación fiscal. La regulación externa debería complementarse con la reintroducción o el aumento de los impuestos sobre la renta en los sectores más concentrados y con mayores ganancias, a fin de distribuir los costos del ajuste de manera más equitativa. Y, sobre todo, deben imponerse regulaciones financieras para impedir la libre entrada y salida de capital especulativo.

Será interesante observar si le va mejor a Argentina con el modelo estándar de políticas, o quizá a Turquía, si se atreve con el alternativo.