Tribuna abierta

Ruidos y silencios

Por Ander Gurrutxaga Abad - Jueves, 11 de Octubre de 2018 - Actualizado a las 06:00h.

ES conveniente escuchar el ruido, no solo el que producen los instrumentos y las tecnologías especializadas, sino los que proceden de la extraña confusión de convicciones y opiniones que recorren páginas de periódicos, webs y blogs en Internet, noticias y editoriales vistas o emitidas, tertulias que con mejor o peor fortuna informan a la opinión pública o conversaciones que se forman en lugares y rincones donde se encuentran las personas.

Experiencias y discursos que tienen dos puntos en común: rebosan convicciones y segregan ruido, como si se tratase de la marea que precede al tsunami. Hablar y producir opiniones forma parte de lo que nos hace humanos. Desdecirse, volver a decir, emitir juicios -con criterio o sin él- o emplearse con airadas convicciones no es una virtud sino una necesidad. Si las palabras se descargan, el centro emisor está mejor preparado para volver a decir lo que se tercie.

El silencio o la meditación está en manos de profesionales del silencio. No sé, por cierto, si queda alguna orden religiosa o algún monasterio budista en los que se practique con coherencia después de Internet y las redes sociales, aunque algunos sujetos se sometan -eso sí, durante algunos días- a prácticas terapéuticas que recomiendan el silencio y la meditación para reencontrar el yo auténtico. Como si la opinión y el ruido formasen parte de alguna necesidad interna que impele a ser solo cuando decimos, opinamos o contradecimos. Todo bajo el velo que indica que “no decir” es quedarse fuera, no estar, no pertenecer o no estar vinculado. Se teme al vacío y a no estar porque son los que te acercan a “no ser” en la sociedad del ruido.

El descubrimiento más significativo del ruido es que no hace falta la comunicación directa, mirar a la cara a los interlocutores, ni tan siquiera saber si están al otro lado del aparato que empleas para comunicarte. El teléfono se quedó obsoleto, y eso que dejaba hablar sin comprometerse del todo, pero Facebook, Instagram, WhatsApp y otros canales tecnológicos transforman la vida porque levantan el campo de operaciones donde decir, hacer, decir que vas hacer, exhibir lo que has hecho y enseñar a los otros lo que dices que has hecho se transforma en una forma de vida. Son letras, imágenes, palabras, conversaciones, comunicaciones que se mueven por las autopistas del ruido y cuyo resultado es emitir, opinar, enseñar o contraprogramar. Las nuevas tecnologías dan el impulso -probablemente definitivo- a la sociedad del ruido porque permiten exhibir la contrastada opinión de que el ruido y las convicciones que moviliza es un bien democrático y solo los que se quedan desenganchados, voluntaria o accidentalmenten o a los que la brecha digital les impide estar, quedan fuera de los nuevos escenarios.

El ruido no es un accidente, algo raro o extemporáneo, sino la parte sustancial de nuestra sociedad, no se entiende esta sin la emisión de opiniones emitidas una y otra vez, sin la generación de información y opinión a una velocidad imposible de controlar y sin la comunicación del estado de ánimo. Tantos y tantos mensajes entran y salen por múltiples artilugios, se escuchan en radios, se ven por televisión, prensa, revistas y corren por el espacio salvaje que son las redes sociales. No, no es un accidente ni el ataque de histeria hiperactiva, es parte sustancial de lo que somos.

El ruido tiene un lenguaje plagado de convicciones y lo dicho y emitido choca con el silencio. Se aprende que lo que no se escucha no existe. Aunque no quede claro que lo que se aporta sea sustancioso, no importa, la clasificación y la jerarquía de las aportaciones no tiene patrones fijos, cambia y hoy puedes estar y mañana no regresar. Lo relevante es que entres y salgas a la red porque emites. La tragedia es que dejes de decir y no emitas. Las penurias para la posición y el estatus personal empiezan con el silencio. El silencio es el peor compañero de viaje del que uno se puede rodear en la sociedad del ruido.

Lo sabe bien el político deslenguado que no ignora que lo que importa es decir y lo que no se perdona nunca es que no digas, porque si no dices te quedas fuera, no estás y esto puede ser la primera piedra que pones para construir el estatus de irrelevante. Los contenidos, la oportunidad, el momento de decir y la estrategia de comunicación que diseñe son cosas que no se pueden movilizar-en el caso que ocurra-, transfiriendo silencio. El abecé de la política indica que lo fundamental es hablar, decir, decir que has dicho, repetir, quizá seducir en algún momento. En líneas generales, generar ruido, los contenidos o la explicación del por qué y para qué de lo dicho quedan en tercer o cuarto lugar. Se emite con el convencimiento de que se olvide lo antes afirmado y lo que es fundamental no tiene por qué mantenerse porque ya vendrá a continuación algo que es más importante. Las convicciones son tan relevantes y tienen tantas raíces como el tiempo que dura el interés en ellas y la oportunidad por lo dicho, lo que no obsta para que lo que se diga el día siguiente sea igual de convincente. Lo fundamental no es la coherencia sino producir ruido para ocupar espacio en las redes y los medios de comunicación, estar para que te vean y oigan, no importa tanto el medio, el día o la hora. La democracia del mensaje y la sociedad del ruido lo soportan todo.

Pasan cosas similares en las tertulias que van de aquí para allá, sean iconoclastas, envolventes, críticas, conservadoras o estén formadas por tirios o troyanos. Importa más estar que decir, se recuerda más la imagen que la palabra, aparecer rodeado de notables que salen que responder a cuestiones sobre: ¿qué has dicho? ¿para qué? ¿con qué finalidad? Son formas de estar y de emitir ruido y rechazar el silencio desde el convencimiento de que el ruido se relaciona mejor con la democracia que el silencio y lo peor que puede ocurrir es que quieras tener voz, no encuentres soporte para emitir y no encuentres salida a lo que quieres decir. Estar alejado del ruido si el silencio no es el bien que se busca es una dura prueba en el descenso a los infiernos. Estar y poder decir es clave para expresar convicciones y el ruido es una convicción con la que hay que cargar si se quiere estar, ser oído y escuchado. Otra cosa es asumir las consecuencias que produce el ruido.

Me parece actual el legado que dejó escrito Max Weber: “Tengo la impresión de que en nueve casos de cada diez me enfrento con odres llenos de viento que no sienten realmente lo que están haciendo, sino que se inflaman con sensaciones románticas”. No se trata de creer que el ruido emita fake news y mentiras, el peligro está en la huida de la responsabilidad, como si todo lo que se dice quedase absuelto por que “salen y dicen”. Aprendí hace tiempo en las páginas de Isaiah Berlin que son “felices los que viven bajo una disciplina que aceptan sin hacer preguntas, los que obedecen espontáneamente las órdenes de dirigentes, espirituales o temporales, cuya palabra aceptan sin vacilación como una ley inquebrantable;o los que han llegado por métodos propios a convicciones claras y firmes sobre qué hacer y qué ser que no admiten duda posible”.

Nuestras sociedades están pegadas, y quizá acomodadas, al ruido ensordecedor;el silencio estorba porque se aprende que si quieres ser alguien y estar en sociedad tienes que apuntarte al movimiento que produce la fricción del ruido. El silencio es contraproducente porque nadie lo escucha. Solo se oye el ruido por más que los mensajes no se entiendan, sean paradójicos u olvidadizos. Si quiere triunfar hágase con la máquinas de ruido.